
Hora de Guardia
Boletín de la Asociación Guardia de Honor
Año IV- Nº 35
Año IV- Nº 35
Córdoba, noviembre 2007
El Reino y las Grandes Horas del Señor
Por Mons. Adolfo Tortolo
Hay horas y etapas claves en la Historia de Jesús. Todas ellas están marcadas por la promesa o por la presencia de su Reino.
Al iniciarse concretamente el opus salutis, el misterio de la redención humana, el Arcángel Gabriel le adelanta a María Santísima el futuro del Hijo que virginalmente concebirá en sus seno: “El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y su Reino no tendrá fin”.[1]
En el exordio de su vida pública aparece el Bautista despertando el corazón de los judíos con esta frase categórica: “Convertíos, porque el Reino de los Cielos está cerca”.[2] Y cuando días después aparezca Jesús junto al Jordán, repetirá la misma frase: “Convertíos, porque el Reino de los cielos está cerca”.[3]
En la promulgación de las bienaventuranzas, el Reino de los cielos vuelve a presentarse, esta vez en boca de Cristo, como meta que hay que lograr, como recompensa que se ha de recibir. Y al enseñarnos poco después a orar, pronunciando por primera vez el Padrenuestro, en tres de sus peticiones -sobre todo en una: venga a nosotros tu Reino- reaparece el Reino de Dios como objeto y bien infinito al que las súplicas de los hombres deben tender necesariamente.
A partir de entonces, todo un conjunto doctrinal en la predicación de Jesús estará ceñido al Misterio del Reino, el cual llega a constituir algo así como la verdad totalizante y la última explicación de su venida al mundo. Las parábolas del Reino conforman todo ese conjunto doctrinal, capital inagotable para la Fe y la Vida de todo redimido, presentado con divina sencillez: “Semejante es el Reino del los cielos.....” Y dejando así, sin aclarar, para que el Espíritu Santo descubra más tarde su profundo contenido.
En un momento culminante de la Pasión de Jesús, Pilatos, que decidirá de su vida y de su muerte, le pregunta con énfasis: “¿Tú eres Rey?” Con más énfasis todavía le respondió Jesús: “Tú lo has dicho, Soy Rey y para serlo he venido al mundo. Pero mi Reino no es de este mundo”.[4]
¿Cómo pudo el buen ladrón conocer la existencia del Reino de Cristo, a Quien humildemente suplica quiera otorgárselo? Pero a esa súplica Jesús contesta de inmediato identificando Reino y Paraíso.
En el intervalo que media entre la Resurrección y la Ascensión lleva Jesús una vida misteriosa. Es el mismo y es otro. Aparece y desaparece. Prepara su definitivo retorno al Padre, al mismo tiempo que fortalece el corazón de los apóstoles no sólo para que aprendan a soportar su ausencia visible, sino también para que se dispongan a la próxima misión que deberán cumplir en el mundo. Horas éstas extraordinarias. El tema de estos coloquios es uno sólo: “les habla del Reino de Dios”.[5] En el umbral del cielo se detiene, vuelve sus ojos hacia atrás para decir la última palabra, recalcar la última recomendación. Todo lo demás pasa a un segundo plano. La palabra, la recomendación inefable, es el Reino, ese reino que el Espíritu Santo descubrirá a su Iglesia diez días después, y lo continuará descubriendo hasta el fin del mundo tanto en la Iglesia como en el corazón de los hombres.
[1] Lc 1,33
[2] Mt 3,2
[3] Mt 4,17
[4] Jn 18,33
[5] Hch 1,3
El Reino y las Grandes Horas del Señor
Por Mons. Adolfo Tortolo
Hay horas y etapas claves en la Historia de Jesús. Todas ellas están marcadas por la promesa o por la presencia de su Reino.
Al iniciarse concretamente el opus salutis, el misterio de la redención humana, el Arcángel Gabriel le adelanta a María Santísima el futuro del Hijo que virginalmente concebirá en sus seno: “El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y su Reino no tendrá fin”.[1]
En el exordio de su vida pública aparece el Bautista despertando el corazón de los judíos con esta frase categórica: “Convertíos, porque el Reino de los Cielos está cerca”.[2] Y cuando días después aparezca Jesús junto al Jordán, repetirá la misma frase: “Convertíos, porque el Reino de los cielos está cerca”.[3]
En la promulgación de las bienaventuranzas, el Reino de los cielos vuelve a presentarse, esta vez en boca de Cristo, como meta que hay que lograr, como recompensa que se ha de recibir. Y al enseñarnos poco después a orar, pronunciando por primera vez el Padrenuestro, en tres de sus peticiones -sobre todo en una: venga a nosotros tu Reino- reaparece el Reino de Dios como objeto y bien infinito al que las súplicas de los hombres deben tender necesariamente.
A partir de entonces, todo un conjunto doctrinal en la predicación de Jesús estará ceñido al Misterio del Reino, el cual llega a constituir algo así como la verdad totalizante y la última explicación de su venida al mundo. Las parábolas del Reino conforman todo ese conjunto doctrinal, capital inagotable para la Fe y la Vida de todo redimido, presentado con divina sencillez: “Semejante es el Reino del los cielos.....” Y dejando así, sin aclarar, para que el Espíritu Santo descubra más tarde su profundo contenido.
En un momento culminante de la Pasión de Jesús, Pilatos, que decidirá de su vida y de su muerte, le pregunta con énfasis: “¿Tú eres Rey?” Con más énfasis todavía le respondió Jesús: “Tú lo has dicho, Soy Rey y para serlo he venido al mundo. Pero mi Reino no es de este mundo”.[4]
¿Cómo pudo el buen ladrón conocer la existencia del Reino de Cristo, a Quien humildemente suplica quiera otorgárselo? Pero a esa súplica Jesús contesta de inmediato identificando Reino y Paraíso.
En el intervalo que media entre la Resurrección y la Ascensión lleva Jesús una vida misteriosa. Es el mismo y es otro. Aparece y desaparece. Prepara su definitivo retorno al Padre, al mismo tiempo que fortalece el corazón de los apóstoles no sólo para que aprendan a soportar su ausencia visible, sino también para que se dispongan a la próxima misión que deberán cumplir en el mundo. Horas éstas extraordinarias. El tema de estos coloquios es uno sólo: “les habla del Reino de Dios”.[5] En el umbral del cielo se detiene, vuelve sus ojos hacia atrás para decir la última palabra, recalcar la última recomendación. Todo lo demás pasa a un segundo plano. La palabra, la recomendación inefable, es el Reino, ese reino que el Espíritu Santo descubrirá a su Iglesia diez días después, y lo continuará descubriendo hasta el fin del mundo tanto en la Iglesia como en el corazón de los hombres.
[1] Lc 1,33
[2] Mt 3,2
[3] Mt 4,17
[4] Jn 18,33
[5] Hch 1,3
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