HORA DE GUARDIA
Boletín de la Asociación Guardia de Honor
Año V- Nº 44
Córdoba, 15 de junio de 2009
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Frente mundial laicista
por Mons. Francisco Gil Hellín
Arzobispo de Burgos, España
Fuente: Alfa & Omega
Las últimas semanas han sido testigos de un virulento ataque contra el Papa por parte de instituciones internacionales, Gobiernos y medios de comunicación. Estamos, pues, ante la respuesta de un laicismo cada vez más radical, que no da ningún valor a la ética cristiana ni está dispuesto a contar con el cristianismo a la hora de buscar soluciones a los gravísimos problemas que aquejan a nuestra sociedad.
Este laicismo radical se ha ido incubando en Europa en los últimos decenios. El Papa lo denunció cuando todavía era cardenal. Con su agudeza característica señaló, ya entonces, que Europa ha iniciado un derrotero muy peligroso, pues, además de socavar sus raíces cristianas, está dilapidando la herencia de su humanismo. En lugar de escuchar estas sabias observaciones, Europa ha seguido escorándose hacia una ortodoxia laicista cada vez más radical, que algunos califican de cristofobia.
Estados Unidos se había mantenido más o menos ajeno a esta realidad, pero las fuerzas laicistas se han envalentonado cada vez más, intentando marginar a la Iglesia y etiquetar sus enseñanzas sobre el matrimonio y la vida como desfasadas y fanáticas. Cada vez va resultando más claro que la Iglesia y Benedicto XVI se enfrentan a un eje mundial laicista.
El mundo corre el riesgo de abrazar una nueva dictadura: la dictadura del relativismo. Tras la dolorosísima experiencia de las dos formas más recientes del laicismo radical –el socialismo marxista y socialismo nazista–, la Iglesia, lejos de replegarse, ha de salir a la plaza pública y ofertar, sin altanería pero sin complejos, su propuesta sobre el hombre, yendo a las raíces: qué sentido tienen la vida, la muerte y el sufrimiento; el valor y orientación de la actividad humana; su ansia infinita de autotrascenderse y de inmortalizarse; el anhelo de ser amado; sin olvidar que hoy, como siempre, el testimonio de amor y respeto hacia la persona humana, especialmente la más vulnerada, es una aportación irrenunciable para la Iglesia.