N° 87: Via Crucis

 

Meditaciones de Mons. Angelo Comastri

 

I     Jesús es condenado a muerte

Señor, ¡qué fácil es condenar! Qué fácil es tirar piedras: las piedras del juicio y la calumnia, las piedras de la indiferencia y del abandono. Señor, tú que has decidido ponerte de parte de los vencidos, de parte de los humillados y condenados, ayúdanos a no convertirnos jamás en verdugos de los hermanos indefensos; ayúdanos a tomar posturas valientes para defender a los débiles; a rechazar el agua de Pilato porque no limpia las manos, sino que las mancha de sangre inocente.


II    Jesús con la cruz a cuestas

Nosotros, neciamente rebeldes, con nuestros absurdos pecados, hemos construido la cruz de nuestra inquietud y de nuestra infelicidad: hemos fabricado nuestro castigo. Pero Dios toma la cruz sobre sus hombros, nuestra cruz, y nos desafía con el poder de su amor.

Señor Jesús, Tú has entrado en la historia humana y has visto que te era hostil, rebelde a Dios, enloquecida a causa de la soberbia, que hace creer al hombre que tiene una estatura tan grande... como su propia sombra. Tú no nos has avasallado, sino que te has dejado doblegar por nosotros, por mí, por cada uno. Cúrame, Jesús, con tu paciencia, sáname con tu humildad, devuélveme a la estatura de criatura: mi estatura de pequeño, infinitamente amado por ti.


III    Jesús cae por primera vez

Según el modo de pensar humano, Dios no puede caer... y sin embargo cae. ¿Por qué? No puede ser un signo de debilidad, sino sólo un signo de amor: un mensaje de amor por nosotros. Al caer bajo el peso de la cruz, Jesús nos recuerda que el pecado pesa, abate, destruye. Hemos perdido el sentido del pecado. Hoy se está difundiendo, con engañosa propaganda, la apología del mal, el deseo  de transgresión, una falaz  libertad que exalta el capricho, el vicio y el egoísmo, presentándolos como conquistas de civilización. Señor Jesús, ábrenos los ojos: haz que veamos el fango que nos quita la paz y la alegría.


IV    Jesús se encuentra con su Madre

El corazón de María permanece fielmente junto al corazón del Hijo: sufre, lleva la cruz, y siente en la propia carne todas las llagas de la carne del Hijo. Señor Jesús, necesitamos a María. Necesitamos su amor auténtico y fiel, que nunca vacila; amor que es refugio seguro.


V    El Cireneo ayuda a Jesús a llevar la cruz

Simón de Cirene,  has escrito uno de los capítulos más hermosos de la historia de la humanidad: tú llevas la cruz de otro, levantas el madero del patíbulo e impides que aplaste a la víctima. Tú nos recuerdas que Cristo nos espera en el camino, en el hospital, en la cárcel, en las periferias de nuestras ciudades. ¿Lo reconoceremos? ¿Lo asistiremos? ¿O moriremos en nuestro egoísmo?


VI    La Verónica enjuga el rostro de Jesús

El rostro de Jesús está empapado de sudor, regado de sangre, cubierto de salivazos insolentes. ¿Quién tendrá valor para acercarse? ¡Una mujer! Una mujer se adelanta y enjuga el Rostro:…. ¡y descubre el Rostro!

¡Cuántas personas sin rostro hay hoy! Cuántas personas desplazadas, al margen de la vida, en el exilio del abandono, en la indiferencia. Bastaría un paso y el mundo podría cambiar. Bastaría un paso y podría volver la paz en la familia. Bastaría un paso y el mendigo ya no estaría solo.  Señor Jesús, ayúdanos a dar ese paso.


VII     Jesús cae por segunda vez

Nuestra arrogancia, nuestra violencia, nuestras injusticias pesan sobre el cuerpo de Cristo. Pesan... y Cristo cae de nuevo para darnos a conocer el peso insoportable de nuestro pecado. Y ¿qué es lo que hiere hoy de modo particular el cuerpo santo de Cristo? Ciertamente la agresión a la familia. Pareciera que hoy se esté dando una especie de anti-Génesis, un anti-designio, un orgullo diabólico que piensa en aniquilar la familia. El hombre parece querer  reinventar la humanidad, modificando la gramática misma de la vida tal como Dios la ha pensado y querido. Es la arrogancia más insensata y la más peligrosa de las aventuras. Que la segunda caída de Cristo nos abra los ojos y nos permita ver el rostro hermoso, auténtico y santo de la familia de la cual todos tenemos necesidad. ¡Señor Jesús, salva a la familia!


VIII    Jesús encuentra a las mujeres de Jerusalén

Señor Jesús,  tú conoces el llanto de las madres. En cada casa ves el recóndito lugar del dolor; sientes el gemido silencioso de tantas madres heridas por los hijos. Deshaz los grumos de dureza que impiden la circulación del amor en las arterias de nuestras familias. Haz que demos  a nuestras madres –en la tierra o en el cielo–la alegría de poder bendecir el día en que nacimos.


IX    Jesús cae por tercera vez

Hoy, en nuestros días, ¿dónde está Jesús caído? En un mundo dividido en dos zonas: una de bienestar y otra de miseria. En una se derrocha, en otra se perece; en una se nada en  abundancia y en la otra se muere de indigencia; en una se desperdicia alimento y en la otra se implora la caridad de un trozo de pan. Señor Jesús, haz que termine este escándalo que divide el mundo, para que la tierra sea una casa en la que todos coman y a todos cobije.


X     El Señor es despojado de sus vestiduras

Los soldados quitan a Jesús la túnica con la violencia de los ladrones e intentan quitarle también el pudor y la dignidad. Y el cuerpo humillado de Cristo se convierte en denuncia de todas las humillaciones del cuerpo humano, creado por Dios como rostro del alma y lenguaje para expresar el  amor. Mas hoy se vende y se compra frecuentemente el cuerpo en las calles, en el teatro, en el cine, en las revistas y hasta en los hogares…. Sobre la pureza se ha impuesto ladinamente un silencio general, un silencio impuro, y se ha difundido incluso la convicción –totalmente embustera– de que la impudicia es espontaneidad saludable. Señor Jesús, danos un corazón puro.


XI     Jesús es clavado en la cruz

Jesús crucificado, Tú nunca nos defraudas. Dejaste que nuestras manos te clavaran cruelmente en la cruz para decirnos que tu amor es verdadero,  sincero, fiel, irrevocable. Eres nuestra única esperanza; nuestra única libertad y única verdad. Jesús crucificado, ¡ten piedad de nosotros, pecadores!


XII      Jesús muere en la cruz

La Cruz no es muerte, sino nacimiento: De la cruz nace la vida nueva de Saulo; de la cruz nace la conversión de Agustín, la pobreza feliz de Francisco de Asís, el heroísmo de Maximiliano Kolbe, la caridad de Teresa de Calcuta, la valentía de Juan Pablo II. ¡Bendita sea la cruz de Cristo!


XIII     Jesús es bajado de la cruz y puesto en brazos su Madre

Las llagas de Cristo arden en el corazón de María. Y abrazando al Hijo, nos abraza a cada uno de nosotros. Pero su desgarrado dolor no es desesperado, porque cree, y  sabe que esta noche oscura prepara una luminosa aurora.


XIV    Jesús es puesto en el sepulcro

La historia no termina en el sepulcro, sino que brota de él: el Viernes Santo no es la última palabra: la última palabra es la Pascua, el triunfo de la Vida, la victoria del Bien sobre el mal. Señor Jesús, Crucificado y Resucitado, mientras caminamos el Via Crucis de nuestras vidas, danos la fe inquebrantable de tu Santa Madre.

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