N° 85: Meditaciones para el Vía Crucis

 






Por el cardenal Camillo Ruini - Coliseo Romano, 2010

(Adaptación)

 

 Oración inicial

Señor, Dios Padre omnipotente, tú lo sabes todo, tú ves la enorme necesidad que tenemos de ti en nuestros corazones. Da a cada uno de nosotros la humildad de reconocer esta necesidad. Libra nuestra inteligencia de la pretensión, equivocada y algo ridícula, de poder dominar el misterio que nos circunda por todas partes. Libra nuestra voluntad de la presunción, un tanto ingenua e infundada, de poder construir solos nuestra felicidad y el sentido de nuestra vida. Haz penetrante y sincero nuestro ojo interior, para poder reconocer, sin hipocresía, el mal que hay dentro de nosotros. Pero danos también, a la luz de la cruz y de la resurrección de tu único Hijo, la certeza de que, unidos a él y sostenidos por él, también nosotros podremos vencer el mal con el bien. Señor Jesús, ayúdanos a caminar con este espíritu detrás de tu cruz. Amén.

 

 

I  Jesús es condenado a muerte

¿Por qué Jesús fue condenado a muerte, Él, que "pasó haciendo el bien"? Esta pregunta nos acompañará a lo largo del Via Crucis, como nos acompaña durante toda la vida. En los Evangelios encontramos una respuesta verdadera: los jefes de los judíos quisieron su muerte porque comprendieron que Jesús se consideraba el Hijo de Dios. Detrás de esta respuesta se abre un abismo, que los mismos Evangelios y toda la Sagrada Escritura nos permiten contemplar: Jesús ha muerto por nuestros pecados. Y aún más profundamente, ha muerto por nosotros, ha muerto porque Dios nos ama, y nos ama tanto que entregó a su Hijo único, para que el mundo se salve por él. Debemos, por tanto, mirarnos  a nosotros mismos,  al mal y al pecado que habitan dentro de nosotros y que con excesiva frecuencia fingimos ignorar. Pero aún más, debemos dirigir la mirada al Dios rico en misericordia que nos ha llamado amigos. Así, el camino del Via Crucis y todo el camino de la vida se convierte en un itinerario de penitencia, de dolor y de conversión, pero también de gratitud, fe y alegría.

 

II  Jesús carga con la cruz

Después de la condena viene la humillación. Lo que los soldados hacen a Jesús nos parece inhumano: son actos de burla y desprecio en los que se expresa una oscura ferocidad, sin preocuparse del sufrimiento, incluso físico, que, sin motivo, se causa a una persona, condenada ya al suplicio tremendo de la cruz. Sin embargo, miles de páginas de la historia de la humanidad y de la crónica cotidiana confirman que acciones de este tipo no son en absoluto extrañas al hombre.

Señor Jesús, también yo soy de los que se han burlado de ti y te han golpeado. En efecto, tú has dicho: "cada vez que hicisteis esto con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis". Señor Jesús, perdóname.

 

III  Jesús cae por primera vez

Los Evangelios no nos hablan de las caídas de Jesús bajo el peso de la cruz, pero esta antigua tradición es muy verosímil: después de todo lo que le había sucedido desde la noche en el huerto de los olivos, sus fuerzas debían estar prácticamente agotadas. Consideremos simplemente el dolor físico que tuvo que soportar. Un dolor enorme y tremendo, un dolor que asusta, y que Jesús no rechazó, para  solidarizarse con toda la familia humana. Mientras lo vemos caer bajo el peso de la cruz, le pedimos humildemente el valor de agrandar, con una solidaridad hecha no sólo de palabras, la pequeñez de nuestro corazón.

 

IV   Jesús encuentra a su Madre

María, Madre de Jesús y Madre nuestra, ayúdanos a experimentar en nuestras almas, hoy y siempre, ese sufrimiento lleno de amor que te unió a la cruz de tu Hijo.

 

V  El Cireneo ayuda a Jesús a llevar la cruz

Jesús debía estar verdaderamente agotado; por eso los soldados intentan remediarlo tomando al primer desventurado que encuentran y lo cargan con la cruz. También en la vida de cada día, la cruz, bajo muchas formas diversas -como una enfermedad, o un accidente grave, la muerte de una persona querida, o la pérdida del trabajo- cae sobre nosotros a menudo sin esperarlo. Y nosotros sólo vemos en ella pérdidas y desgracia. Pero con frecuencia advertimos que,  lo que al comienzo sólo parecía infortunio, luego se ha revelado como una puerta que se abre a un bien mayor. La  cruz no se puede separar de la resurrección. Sólo creyendo en la resurrección podemos recorrer de manera sensata el camino de la cruz.

 

VI  La Verónica enjuga el rostro de Jesús

Cuando la Verónica enjugó el rostro de Jesús con un paño, ese rostro no debía ser ciertamente atractivo: era un rostro desfigurado. Desfigurado por nosotros, por el cúmulo enorme de la maldad humana. Pero es también un rostro desfigurado en favor nuestro, que expresa el amor y la donación de Jesús y es espejo de la misericordia infinita de Dios Padre. En el rostro sufriente de Jesús vemos, además, otro cúmulo gigantesco: el de los sufrimientos humanos. Y así, el gesto de piedad de la Verónica se convierte para nosotros en una provocación, en una exhortación urgente: no volver la cabeza hacia otra parte,  mirar a los que sufren, ayudar. Que el Via Crucis de hoy  nos lleve a realizar gestos concretos de amor y de solidaridad.

 

VII   Jesús cae por segunda vez

Jesús, agotado físicamente, estaba también herido en su corazón. Pesaba sobre él el rechazo de los que, desde el principio, se habían opuesto obstinadamente a su misión. Pesaba el rechazo que, al final, le había mostrado su pueblo. Pesaba terriblemente la traición de Judas, el abandono de los discípulos en el momento de la prueba suprema. Pesaba la triple negación de Pedro. Sabemos bien que pesaba también sobre él la masa innumerable de nuestros pecados, de las culpas que acompañan a la humanidad a lo largo de los milenios.

 

VIII   Jesús encuentra a las mujeres de Jerusalé

Incluso llevando la cruz, Jesús sigue siendo el hombre que tiene compasión de las multitudes, que prorrumpe en llanto ante la tumba de Lázaro, que proclama bienaventurados a los que lloran, porque serán consolados. Su vida y su palabra, su cruz y su resurrección, es la realidad más importante de toda la existencia humana, la luz que ilumina nuestro destino.

 

IX   Jesús cae por tercera vez

He aquí el motivo más profundo de las repetidas caídas de Jesús: no sólo los sufrimientos físicos y las traiciones humanas, sino la voluntad del Padre. Esa voluntad misteriosa y humanamente incomprensible por la cual Jesús se hizo pecado por nosotros. Todas las culpas de la humanidad recaen sobre él, realizándose ese misterioso intercambio que hace de nosotros, pecadores, "justicia de Dios". Sí, oh Señor, tú nos has rescatado, nos has librado; con tu cruz nos has hecho justos ante Dios. Nos has unido tan íntimamente contigo, que has hecho de nosotros, en ti, los hijos de Dios, sus familiares y amigos.

 

X  Jesús es despojado de sus vestiduras

Viendo a Jesús desnudo en la cruz, percibimos dentro de nosotros una necesidad imperiosa: mirar sin velos dentro de nosotros mismos; despojarnos de la pretensión de parecer mejores de lo que somos, para tratar en cambio de ser sinceros y transparentes.

Señor Jesús, desnudo en la cruz, ayúdame a estar yo también desnudo ante ti.

 

XI  Jesús es clavado en la cruz

Clavado en la cruz.  Tortura tremenda a la que se suma el escarnio, la provocación: “A otros ha salvado y él no se puede salvar...”. Así se mofaban no sólo de su persona, sino también de su misión de salvación. Pero, en su interior, Jesús experimenta un sufrimiento incomparablemente mayor, que le hace prorrumpir en un grito: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" Cuántas veces, frente a una prueba, pensamos que hemos sido olvidados o abandonados por Dios. El Hijo de Dios, que bebió hasta el fondo su amargo cáliz, y luego resucitó de entre los muertos, nos dice, en cambio, con todo su ser, con su vida y su muerte, que debemos fiarnos de Dios.

 

XII  Jesús muere en la cruz

Cuando Jesús muere, el velo del templo de Jerusalén se rasga y la tierra se conmueve, pues la muerte del Hijo de Dios es ciertamente un hecho oscuro y misterioso. Sin embargo, al mismo tiempo es un hecho luminoso, porque aquí resplandece la gloria de Dios, la gloria del Amor omnipotente y misericordioso. Frente a la muerte de Jesús, nuestra respuesta es el silencio de la adoración.

 

XIII   Jesús es bajado de la cruz y entregado a su Madre

La hora de Jesús ya se ha cumplido y los brazos de su Madre están prontos para acogerlo. Después de haber padecido hasta el final la soledad de la muerte, Jesús encuentra enseguida -en su cuerpo exánime- al más fuerte y dulce de sus vínculos humanos: el calor del afecto de su Madre. Recordando que María, al pie de la cruz, se ha convertido en madre de cada uno de nosotros, le pedimos que ponga en nuestro corazón los sentimientos que la unen a Jesús, para que Él ocupe el centro de nuestra vida.

 

XIV  Jesús es colocado en el sepulcro

Con la piedra que cierra la entrada del sepulcro, parece que todo hubiera acabado realmente. Pero, ¿podía quedar prisionero de la muerte el Autor de la vida? Efectivamente, aquel sepulcro quedó vacío muy pronto y jamás se ha podido encontrar una explicación convincente de por qué quedó vacío, excepto la que dieron María Magdalena, Pedro y los otros Apóstoles, los testigos de Jesús resucitado de entre los muertos. Ante el sepulcro de Jesús detengámonos en oración, pidiendo a Dios esos ojos de la fe que nos permitan unirnos a los testigos de la resurrección. Así, el camino de la cruz se convertirá también para nosotros en fuente de vida.

 

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