Por el cardenal Camillo Ruini - Coliseo
Romano, 2010
(Adaptación)
Señor, Dios Padre omnipotente, tú lo sabes todo, tú
ves la enorme necesidad que tenemos de ti en nuestros corazones. Da a cada uno
de nosotros la humildad de reconocer esta necesidad. Libra nuestra inteligencia
de la pretensión, equivocada y algo ridícula, de poder dominar el misterio que
nos circunda por todas partes. Libra nuestra voluntad de la presunción, un
tanto ingenua e infundada, de poder construir solos nuestra felicidad y el
sentido de nuestra vida. Haz penetrante y sincero nuestro ojo interior, para poder
reconocer, sin hipocresía, el mal que hay dentro de nosotros. Pero danos
también, a la luz de la cruz y de la resurrección de tu único Hijo, la certeza
de que, unidos a él y sostenidos por él, también nosotros podremos vencer el
mal con el bien. Señor Jesús, ayúdanos a caminar con este espíritu detrás de tu
cruz. Amén.
I Jesús es condenado a muerte
¿Por qué Jesús fue condenado a muerte, Él, que
"pasó haciendo el bien"? Esta pregunta nos acompañará a lo largo del
Via Crucis, como nos acompaña durante toda la vida. En los Evangelios
encontramos una respuesta verdadera: los jefes de los judíos quisieron su
muerte porque comprendieron que Jesús se consideraba el Hijo de Dios. Detrás de
esta respuesta se abre un abismo, que los mismos Evangelios y toda la Sagrada
Escritura nos permiten contemplar: Jesús ha muerto por nuestros pecados. Y aún
más profundamente, ha muerto por nosotros, ha muerto porque Dios nos ama, y nos
ama tanto que entregó a su Hijo único, para que el mundo se salve por él.
Debemos, por tanto, mirarnos a nosotros
mismos, al mal y al pecado que habitan
dentro de nosotros y que con excesiva frecuencia fingimos ignorar. Pero aún más,
debemos dirigir la mirada al Dios rico en misericordia que nos ha llamado
amigos. Así, el camino del Via Crucis y todo el camino de la vida se convierte
en un itinerario de penitencia, de dolor y de conversión, pero también de
gratitud, fe y alegría.
II Jesús carga con la cruz
Después de la condena viene la humillación. Lo que los
soldados hacen a Jesús nos parece inhumano: son actos de burla y desprecio en
los que se expresa una oscura ferocidad, sin preocuparse del sufrimiento,
incluso físico, que, sin motivo, se causa a una persona, condenada ya al
suplicio tremendo de la cruz. Sin embargo, miles de páginas de la historia de
la humanidad y de la crónica cotidiana confirman que acciones de este tipo no
son en absoluto extrañas al hombre.
Señor Jesús, también yo soy de los que se han burlado
de ti y te han golpeado. En efecto, tú has dicho: "cada vez que hicisteis
esto con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis". Señor
Jesús, perdóname.
III Jesús cae por primera vez
Los Evangelios no nos hablan de las caídas de Jesús bajo el peso de la cruz, pero esta antigua tradición es muy verosímil: después de todo lo que le había sucedido desde la noche en el huerto de los olivos, sus fuerzas debían estar prácticamente agotadas. Consideremos simplemente el dolor físico que tuvo que soportar. Un dolor enorme y tremendo, un dolor que asusta, y que Jesús no rechazó, para solidarizarse con toda la familia humana. Mientras lo vemos caer bajo el peso de la cruz, le pedimos humildemente el valor de agrandar, con una solidaridad hecha no sólo de palabras, la pequeñez de nuestro corazón.
IV Jesús encuentra a su Madre
María, Madre de Jesús y Madre nuestra, ayúdanos a
experimentar en nuestras almas, hoy y siempre, ese sufrimiento lleno de amor
que te unió a la cruz de tu Hijo.
V El Cireneo ayuda a Jesús a llevar la cruz
Jesús debía estar verdaderamente agotado; por eso los
soldados intentan remediarlo tomando al primer desventurado que encuentran y lo
cargan con la cruz. También en la vida de cada día, la cruz, bajo muchas formas
diversas -como una enfermedad, o un accidente grave, la muerte de una persona
querida, o la pérdida del trabajo- cae sobre nosotros a menudo sin esperarlo. Y
nosotros sólo vemos en ella pérdidas y desgracia. Pero con frecuencia advertimos
que, lo que al comienzo sólo parecía infortunio,
luego se ha revelado como una puerta que se abre a un bien mayor. La cruz no se puede separar de la resurrección.
Sólo creyendo en la resurrección podemos recorrer de manera sensata el camino
de la cruz.
VI La Verónica enjuga el rostro de Jesús
Cuando la Verónica enjugó el rostro de Jesús con un
paño, ese rostro no debía ser ciertamente atractivo: era un rostro desfigurado.
Desfigurado por nosotros, por el cúmulo enorme de la maldad humana. Pero es
también un rostro desfigurado en favor nuestro, que expresa el amor y la
donación de Jesús y es espejo de la misericordia infinita de Dios Padre. En el
rostro sufriente de Jesús vemos, además, otro cúmulo gigantesco: el de los
sufrimientos humanos. Y así, el gesto de piedad de la Verónica se convierte para
nosotros en una provocación, en una exhortación urgente: no volver la cabeza
hacia otra parte, mirar a los que
sufren, ayudar. Que el Via Crucis de hoy nos lleve a realizar gestos concretos de amor
y de solidaridad.
VII Jesús cae por segunda vez
Jesús, agotado físicamente, estaba también herido en su corazón. Pesaba sobre él el rechazo de los que, desde el principio, se habían opuesto obstinadamente a su misión. Pesaba el rechazo que, al final, le había mostrado su pueblo. Pesaba terriblemente la traición de Judas, el abandono de los discípulos en el momento de la prueba suprema. Pesaba la triple negación de Pedro. Sabemos bien que pesaba también sobre él la masa innumerable de nuestros pecados, de las culpas que acompañan a la humanidad a lo largo de los milenios.
VIII Jesús encuentra a las mujeres de Jerusalé
Incluso llevando la cruz, Jesús sigue siendo el hombre
que tiene compasión de las multitudes, que prorrumpe en llanto ante la tumba de
Lázaro, que proclama bienaventurados a los que lloran, porque serán consolados.
Su vida y su palabra, su cruz y su resurrección, es la realidad más importante
de toda la existencia humana, la luz que ilumina nuestro destino.
IX Jesús cae por tercera vez
He aquí el motivo más profundo de las repetidas caídas de Jesús: no sólo los sufrimientos físicos y las traiciones humanas, sino la voluntad del Padre. Esa voluntad misteriosa y humanamente incomprensible por la cual Jesús se hizo pecado por nosotros. Todas las culpas de la humanidad recaen sobre él, realizándose ese misterioso intercambio que hace de nosotros, pecadores, "justicia de Dios". Sí, oh Señor, tú nos has rescatado, nos has librado; con tu cruz nos has hecho justos ante Dios. Nos has unido tan íntimamente contigo, que has hecho de nosotros, en ti, los hijos de Dios, sus familiares y amigos.
X Jesús es despojado de sus vestiduras
Viendo a Jesús desnudo en la cruz, percibimos dentro
de nosotros una necesidad imperiosa: mirar sin velos dentro de nosotros mismos;
despojarnos de la pretensión de parecer mejores de lo que somos, para tratar en
cambio de ser sinceros y transparentes.
Señor Jesús, desnudo en la cruz, ayúdame a estar yo
también desnudo ante ti.
XI Jesús es clavado en la cruz
Clavado en la cruz.
Tortura tremenda a la que se suma el escarnio, la provocación: “A otros
ha salvado y él no se puede salvar...”. Así se mofaban no sólo de su persona,
sino también de su misión de salvación. Pero, en su interior, Jesús experimenta
un sufrimiento incomparablemente mayor, que le hace prorrumpir en un grito: "Dios
mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" Cuántas veces, frente a una
prueba, pensamos que hemos sido olvidados o abandonados por Dios. El Hijo de
Dios, que bebió hasta el fondo su amargo cáliz, y luego resucitó de entre los
muertos, nos dice, en cambio, con todo su ser, con su vida y su muerte, que
debemos fiarnos de Dios.
XII Jesús muere en la cruz
Cuando Jesús muere, el velo del templo de Jerusalén se rasga y la tierra se conmueve, pues la muerte del Hijo de Dios es ciertamente un hecho oscuro y misterioso. Sin embargo, al mismo tiempo es un hecho luminoso, porque aquí resplandece la gloria de Dios, la gloria del Amor omnipotente y misericordioso. Frente a la muerte de Jesús, nuestra respuesta es el silencio de la adoración.
XIII Jesús es bajado de la cruz y entregado a su Madre
La hora de Jesús ya se ha cumplido y los brazos de su
Madre están prontos para acogerlo. Después de haber padecido hasta el final la
soledad de la muerte, Jesús encuentra enseguida -en su cuerpo exánime- al más
fuerte y dulce de sus vínculos humanos: el calor del afecto de su Madre.
Recordando que María, al pie de la cruz, se ha convertido en madre de cada uno
de nosotros, le pedimos que ponga en nuestro corazón los sentimientos que la
unen a Jesús, para que Él ocupe el centro de nuestra vida.
XIV Jesús es colocado en el sepulcro
Con la piedra que cierra la entrada del sepulcro,
parece que todo hubiera acabado realmente. Pero, ¿podía quedar prisionero de la
muerte el Autor de la vida? Efectivamente, aquel sepulcro quedó vacío muy
pronto y jamás se ha podido encontrar una explicación convincente de por qué
quedó vacío, excepto la que dieron María Magdalena, Pedro y los otros
Apóstoles, los testigos de Jesús resucitado de entre los muertos. Ante el
sepulcro de Jesús detengámonos en oración, pidiendo a Dios esos ojos de la fe
que nos permitan unirnos a los testigos de la resurrección. Así, el camino de
la cruz se convertirá también para nosotros en fuente de vida.

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