(Resumen
de una plática de Fr. Marco Foschiatti op)
“El primer modo de orar consistía en humillarse ante el altar como si Cristo representado en él estuviera real y verdaderamente y no sólo en forma de símbolo. Hacia esto según el pasaje de Judit: "Te agrada siempre la oración de los humildes y mansos" (Jdt 9, 16) ¿No fue por humildad por lo que la cananea (Mt 15, 21-28) y el hijo pródigo fueron oídos? (Lc 15, 11-32). También repetía: "Señor, Yo no soy digno de que entres bajo mi techo" (Mt 8, 8) y añadía: "Humillado en exceso estoy, Señor" (Sal 118, 107). Y así Nuestro Padre, con el cuerpo levantado, inclinaba la cabeza, mirando humildemente a Cristo, su verdadero Señor”.
“Oraba también el bienaventurado Domingo con
frecuencia postrándose en tierra apoyado sobre su cabeza, compungido en su
corazón… “mi alma ha sido hundida hasta
el polvo y mi cuerpo pegado a la tierra” (Sal 43, 26) y también: “Pegada al polvo está mi alma, hazme
vivir según tu palabra” (Sal 118, 25).
“Santo Domingo, ante el altar de la Iglesia o en el Capítulo, fijaba su mirada en el Crucifijo y arrodillándose dos o más veces, lo contemplaba con suma penetración…de rodillas imploraba: "Señor, si tú quieres puedes limpiarme"(Lc 5, 12) o también como San Esteban que de rodillas clamaba en alta voz: "Señor, no tengas en cuenta este pecado" (Hch 7, 60). Aparecía entonces en Santo Domingo una confianza en la misericordia de Dios para consigo mismo, para todos los pecadores y para protección de los frailes jóvenes que él acostumbraba a mandar fuera a predicar. "A Ti, Señor, te invoco, roca mía no seas sordo a mi voz" (Sal 27, 1)”.
“Otras veces entrelazaba las manos, cerrándolas estrechamente a la altura de los ojos, recogiéndose en si mismo; a veces levantaba las manos a la altura de los hombros, como hace el sacerdote cuando celebra la misa, como si quisiera abrir los oídos, para quedarse mejor con alguna palabra que hubiera venido de lo alto”
“Repetía con dulzura y delicadeza palabras sacadas del meollo y riqueza de la Escritura, como si las hubiese sacado de la misma fuente del Salvador.”
“Se veía al Santo Padre Domingo orar con los brazos y las manos extendidas y abiertas en forma de cruz mientras permanecía en pie…"Señor, Dios mío, de día te pido auxilio, de noche grito en tu presencia" y continuaba con el versículo: "…todo el día te estoy invocando, tendiendo las manos hacia ti" (Sal 87, 2-10) y también: “Escucha, Señor, mi oración, presta oídos a mi súplica" y proseguía hasta el versículo que dice: "Señor, escucha mi oración, tú que eres fiel atiende a mi súplica", continuando hasta el versículo que dice: "Extiendo mis brazos hacia ti..., escúchame en seguida, Señor" (Sal 142, 1-6). Sintiéndose movido por inspiración de Dios a la petición de una gracia extraordinaria para si o para los demás se servía de la memoria de la caridad de Cristo y del amor de Dios”.
“Oraba con las manos levantadas sobre su cabeza, bien unidas bien abiertas, como si fuese a recibir algo del cielo; se cree que entonces se le aumentaba la gracia, tal era su arrobamiento. Era arrebatado e impetraba de Dios los dones del Espíritu Santo para la Orden que había fundado, y aquella suavidad dichosa que se encuentra en las bienaventuranzas. Pedía para si y para sus frailes mantenerse devotos y alegres en la más estricta pobreza, en el amargor del llanto, en las grandes persecuciones, en el hambre y sed extrema de justicia, en el ansia de misericordia”
“Se retiraba a un lugar solitario, en la celda o en otro sitio para leer u orar, permaneciendo consigo y con Dios…Se sentaba en serenidad de alma, abría el libro y hecha la señal de la cruz, leía prestando su atención con dulzura, como si oyese hablar al Señor según cuanto dice el salmo: "Voy a escuchar lo que dice el Señor" (Sal 84, 9). Y como si dialogara con un amigo, ahora sediento, ahora sosegado en su voz y en su pensamiento disputaba y luchaba riendo y llorando al mismo tiempo, levantaba o bajaba la vista, hablando nuevamente en voz baja y golpeándose el pecho.”
“Toda su recreación era la de dedicarse a la
meditación y contemplación y mientras caminaba decía a su compañero de viaje:
Está escrito en Oseas: "La llevaré
al desierto y le hablaré al corazón" (Os 2, 14). Algunas veces se
apartaba de su compañero, y caminando delante o quedándose rezagado oraba y en
la meditación se encendía y ardía como fuego abrasador.”
La oración y la compasión sacerdotal de Santo Domingo:
“Una cosa pedía al Señor insistentemente: que se dignara de darle una verdadera caridad para procurar la salvación de todos los hombres, de igual manera, como el Salvador de todos, Jesucristo nuestro Señor, se ofreció a sí mismo a la Pasión.” (Bto. Jordán de Sajonia).
“El Señor le había concedido la gracia singular de llorar por los pecadores, por los infieles, por los afligidos, a los cuales llevaba en el sagrario íntimo de su compasión” (testigo del proceso de canonización).
“Cuándo cantaba la Misa, derramaba abundantes lágrimas en gran cantidad, sobre todo durante el canon y el padrenuestro, de manera que una lágrima no esperaba a la otra” (fray Bonviso).
“Casi cada día, a menos que fuese impedido por una grave necesidad, predicaba y realizaba una conferencia a los frailes, llorando mucho y haciendo llorar a los otros” (fray Esteban).
“Era frecuente en Domingo el pasar las noches en oración y cerrada la puerta oraba a su Padre” (del proceso de canonización).
“Fray Domingo fue hombre humilde, manso, paciente, benigno, pacífico, modesto, piadoso consolador de los demás, especialmente de sus hermanos” (fray Fulgerio)
“Se mostró siempre y en todas partes como hombre evangélico de palabra y de obra. Trataba siempre de inclinar el ánimo de sus oyentes al Amor de Cristo y al desprecio de este mundo…Estaba siempre pronto a darse a sí mismo totalmente en el cuidado del prójimo y en la compasión de los miserables” (Bto. Jordán)”.
“Dios le había otorgado la gracia de llorar por los pecadores, por los desdichados y por los afligidos; sus calamidades las llevaba consigo en el santuario de su compasión, y el amor que le quemaba por dentro, salía bullendo al exterior en forma de lágrimas” (Bto. Jordán)
“El maestro Domingo decía: Caminad, pensemos en nuestro Salvador; y se le oía gemir y suspirar. Dondequiera que se encontraba, hablaba siempre de Dios o con Dios; a esto exhortaba a los frailes…nunca le vio airado, agitado o turbado, ni por la fatiga del camino, o calor de la pasión, ni por cualquier otra causa. Le contempló siempre alegre en las tribulaciones y paciente en las adversidades”
“Sacerdote santísimo de Dios, confesor admirable… Tú te hiciste una víctima viva, santa y agradable a Dios. Ruega por mí, tú que con tanto celo buscaste la salvación del género humano…Qué podrá Jesucristo, el Amado, negar a quién tanto ama.” (Oración del Beato Jordán)
Oración litánica:
¡Cristo óyenos, Cristo escúchanos!
Señor, Dios nuestro, que concediste a nuestro Padre Santo Domingo que con sus fervientes súplicas te pidiese una “auténtica caridad” que fuera eficaz para dedicarse y procurar la salvación de los hombres; concédenos estar llenos de esta misma solicitud de caridad.
Dios del perdón y de la fidelidad que nos diste a
Santo Domingo a imagen de tu Hijo “manso y humilde de corazón”; te rogamos nos
concedas con su ejemplo e intercesión que “conservemos la humildad y con
alegría vivamos la pobreza voluntaria”.
Dios del amor y de la fidelidad, que has querido encomendar a Santo Domingo y a su Orden al patrocinio de Santa María siempre Virgen; te pedimos nos concedas que así como en la vida presente Ella es para nosotros vida, dulzura y esperanza nuestra, así también nos muestre misericordiosamente ante tu Hijo el último día.
Oremos todos juntos con las palabras del Señor:
Padre nuestro…
Oremos:
Bendito seas, Padre Santo, que nos has elegido como
hijos en Cristo y nos has destinado a ser alabanza de tu gloria en la Casa de
tu hijo Domingo. Te damos gracias por tu amor de tan gran predilección con
nosotros, a la vez que te pedimos por todos nuestros hermanos y hermanas
anhelando caminar siempre en tu Presencia santos e inmaculados por la caridad.
Por el mismo Jesucristo, nuestro Señor. Amén
Bendición:
Dios Padre, que manifestó la benignidad y humanidad de nuestro Salvador en su siervo Domingo, nos haga también a nosotros conformes a la Imagen de su Hijo.
Cantamos la Salve a la Madre de Dios:
Salve, Regina, Mater
misericordiae
Vita, dulcedo, et spes
nostra, Salve.
Ad te clamamus, exsules,
filii evae.
Ad te suspiramus,
gementes et flentes
In hac lacrimarum valle.
Eia ergo, Advocata
nostra,
illos tuos misericordes
oculos
ad nos converte.
Et
Iesum, benedictum fructum ventris tui,
Nobis
post hoc exsilium ostende.
O Clemens, O pia, O
dulcis Virgo Maria.
Ora
pro nobis sancta Dei Genetrix.
Ut digni efficiamur promissionibus Christi.
Amen.

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