N° 88: Via Crucis

 


Nos preparamos para iniciar la meditación del Vía Crucis, acompañando al Señor en su camino de la cruz, y lo hacemos desde la esperanza de la Resurrección, desde el misterio Pascual que es el centro de nuestra fe. Como discípulos del Resucitado, ofrecemos en este caminar nuestra propia vida, también la vida de nuestra comunidad y de la sociedad argentina, especialmente de los jóvenes. Dispongámonos a vivir este recorrido de la cruz con recogimiento.

 

Oración inicial:

Te damos gracias, Padre, porque el misterio de la Pasión de tu Hijo nuevamente nos congrega como comunidad orante. Permite que este santo caminar junto a la cruz nos ayude a ser testigos de los valores de tu Reino, Reino de paz y justicia, de verdad y de amor. Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

 

I     Jesús es condenado a muerte

El pueblo gritó ¡crucifícalo!, Pilato se lavó las manos. El pueblo pidió su sangre, y Pilato dejó que se lo llevaran.

Te condenamos a muerte, Señor. Todos los días te relegamos a un pequeño rincón de la vida porque no hay lugar para Ti entre los dioses de este tiempo: éxito, poder, trivialidad, consumismo. Te condenamos a muerte, Señor, cuando pisoteamos la dignidad de los hermanos, cuando a los jóvenes les cerramos puertas, les ignoramos a causa de prejuicios, cuando no les sabemos escuchar o les escuchamos demasiado tarde…

Dios misericordioso y eterno, que en el misterio de la Cruz nos revelas tu amor infinito, ayúdanos a ser humildes discípulos misioneros de tu Hijo Jesús, testigos de su Resurrección, fuente de salvación y de gracia, para que nosotros y nuestro pueblo tengamos en Él Vida abundante. Te lo pedimos por Cristo, nuestro Señor. Amén.


II     Jesús carga con la cruz

Ya no se oye el clamor de las entusiastas multitudes: hoy se ofrece al Maestro burlas, provocaciones y bofetadas. Un cuerpo herido por golpes y azotes recibe un pesado madero como carga…

El madero que cargas, Señor, lleva impreso nuestro rostro; lo abulta nuestra historia de debilidad y miseria. Pero Tú cargas nuestras culpas con amor generoso. Queremos cargar la cruz contigo, hacer nuestro el dolor de los hermanos, sufrir con ellos su angustia, su enfermedad y su abandono. Cuenta, Señor, con nuestros hombros, para llevar tu Cruz y nuestra cruz…

Padre de bondad y gracia, que en la cruz de tu Hijo Jesucristo lavas todas nuestras culpas, derrama en nosotros la sabiduría de tu Espíritu, y haznos capaces de amar hasta el extremo, sufriendo con quienes sufren, y cargando solidariamente la cruz de los hermanos. Te lo pedimos por Cristo, nuestro Señor. Amén.


III     Jesús cae por primera vez

Jesús sangra y cae al suelo. Jesucristo de las heridas y moretones, tu mano nos levanta después de una caída. Contigo, Señor, nos levantamos siempre.

El camino de tu Cruz nos pone frente al espejo de nuestros tropiezos en medio de una cultura que, del árbol caído, hace leña, donde es más fácil pisotear y atropellar que ayudar a los hermanos a levantarse. Te hacen desplomarte, Jesús, y caes al suelo. Como se hace caer a los jóvenes en su desesperación. Como se arroja a los pobres en su exclusión. Como se humilla a las personas vulneradas y abusadas. En Ti, Señor, somos dignos. De tu mano nos levantamos.  Dios de misericordia, que en Cristo tu Hijo nos manifiestas la inmensidad de tu amor, fortalece nuestra fe y nuestra esperanza, enséñanos a crecer aprendiendo de nuestros tropiezos y suscita en nosotros la disposición del buen samaritano, siempre atento a ayudar al hermano a levantarse. Te lo pedimos por Cristo, nuestro Señor. Amén.

 

IV    Jesús se encuentra con su Madre.

Ya sabías que una espada te atravesaría el corazón, pero tu dolor, María, es indecible; desde tu angustia de mujer y madre te escuchamos susurrar “hágase en mí su voluntad”, “hagan lo que Él les diga”.

Junto a todas las madres que sufren por sus hijos meditamos el dolor de María ante la cruz. ¡Alégrate, María! La voz del Ángel parece lejana cuando el bendito fruto de tu vientre camina flagelado como víctima a su altar. El hijo que besas será crucificado como tantos hijos condenados a muerte incluso antes de nacer, por su raza, por su condición, su religión…. En el abrazo de la Madre al Redentor sustenta cada madre su esperanza de mujer, su entrega sin límites por la vida y por quienes ama.

Dios de la Vida en abundancia, mira con amor a estos hijos tuyos peregrinos, y suscita en nosotros un espíritu humilde como el corazón de María, nuestra Madre, que nos ofrece a tu Hijo, el mayor tesoro de su vida. Te lo pedimos por Cristo, nuestro Señor. Amén.


V     Simón de Cirene ayuda a cargar la cruz

Obligado a ofrecer su hombro pudo aliviar  tu tormento. Y esa ayuda la devuelves, Jesús, todos los días, en tantos cireneos solidarios y compasivos.

Entre pasillos de hospitales y consultorios, en las horas de visita a los privados de libertad, en la compañía abnegada a niños y ancianos, en el servicio a personas con capacidades especiales, en situación de calle, de abandono y soledad… cirineos y samaritanos consagrados al servicio de los más pequeños, enjugan lágrimas, curan heridas, restablecen esperanzas.  

Padre misericordioso, mira con bondad la vida de tantos hermanos consagrados a servir con abnegación a los que sufren, a los más débiles. Que su testimonio misionero sea fecundo en nosotros y conduzca a la vivencia de una cultura solidaria, una mesa de la que nadie puede ser excluido. Te lo pedimos por Cristo, nuestro Señor. Amén.


VI       La Verónica enjuga el rostro del Señor.

Tu cara dibujada en sangre, sudor y lágrimas…. Nos conmueve, nos emociona….Pero en la vida diaria no reconocemos los rostros sencillos del Señor entre nosotros: los vecinos molestos, los parientes cargosos, los mendigos malolientes, los enfermos, los que no nos simpatizan, los que nos detestan, los que nos deprimen con sus problemas, los que nos fastidian pidiendo limosnas…Estampa esos rostros en nuestro corazón; haz que los amemos, que no seamos indiferentes a esa imagen tuya impresa en la faz de los que nos rodean y necesitan nuestra entrega.

Dios de amor y misericordia, en tu Hijo nos muestras tu rostro humano y en Él mismo retratas el rostro divino de la humanidad. Derrama en nosotros, que meditamos hoy los misterios de su pasión y su cruz, la gracia de reconocerte, seguirte y amarte. Te lo pedimos por Cristo, nuestro Señor. Amén.


VII     Jesús cae por segunda vez

El que ofrecía su mano y decía “levántate,  toma tu camilla y camina”…. El que resucitó a Lázaro,  ahora vuelve a caer, dolorido y agotado en el suelo polvoriento, bajo el peso de un madero voluminoso.

Sufro contigo, Jesús. Sufro, ante todo, por mis caídas cotidianas, las que guardo muy adentro en mi conciencia, las que son motivo de escándalo y vergüenza;  y aquellos penosos tropiezos con la misma piedra. En mi debilidad, Señor, me sigues amando y levantando. ¡Tan fácil es reprochar las flaquezas del hermano y tanto nos cuesta aprender de nuestras propias caídas! Padre, que miras a nuestros ojos, y nos llamas por nuestro nombre, con los brazos abiertos nos acoges y levantas. Ten misericordia de nuestras flaquezas y ayúdanos a levantarnos, a reconocer los errores y aprender de ellos, para recomenzar desde Cristo, tu Hijo, que contigo vive y reina, en la unidad del Espíritu Santo por los siglos de los siglos Amén.


VIII     Jesús encuentra a las mujeres de Jerusalén

A mitad del sendero doliente quisiste  hablar a las mujeres. Vinieron a consolarte, y ellas hallaron en Ti consuelo.  No lloramos por Ti, Señor, lloramos por nuestra incapacidad de amar, por nuestra indolente indiferencia al verte sufrir, caer, llorar y morir, sin inmutarnos.  Padre justo y compasivo, que en las santas mujeres de todos los tiempos haces presente tu inagotable misericordia, suscita en nosotros un corazón puro y enséñanos a perseverar en una caridad a toda prueba para servir a los más humildes y necesitados de tu amor. Te lo pedimos por Cristo, nuestro Señor. Amén.


IX       Jesús cae por tercera vez

Jesús, tentado y provocado; puesto entre las trampas de escribas y fariseos… querían tu caída, la procuraban y azuzaban.

En estos tiempos de exigencias y contradicciones detengamos nuestra mirada, desde la perspectiva de la Cruz, en los adolescentes y jóvenes de nuestro país, en su propia vida, pasión y muerte: ¿Cómo ayudarles a ser protagonistas de su resurrección? Escuchemos sin prejuicios sus sueños y proyectos, acompañémosle en sus frustraciones, penas y caídas, acojamos con entusiasmo sus ganas de participar y abramos espacio a su aporte creativo para construir juntos una sociedad más justa donde los jóvenes, en Jesús, tengan Vida abundante.  Señor Dios nuestro,  reaviva en los jóvenes la pasión por el bien y el deseo de transformar la sociedad según los valores de tu Reino. Ayúdanos a acompañarles y animarles para que no decaigan su esperanza ni su fe. Amén.


X      Jesús es despojado de sus vestiduras

Se reparten tu ropa y la echan a suerte.  Desnudan el Cordero que quita el pecado del mundo. Nosotros somos el cuerpo de Cristo. Ante su desnudez, el silencio de nuestro corazón…

Hoy el cuerpo desnudo se compra y vende en las calles, en la televisión, en Internet. Y los pobres, despojados, no solo de vestiduras… Y los jóvenes, despojados de su esperanza… Y los niños, despojados de su inocencia… Ante tu cuerpo desnudado para darte muerte, nuestra alma también está desnuda, expuestas sus llagas, heridas, y laceraciones.

Santo Dios, alfarero de la Vida, toma en tus manos nuestra vida, y como si fuera  arcilla, moldéanos y haznos un vestido nuevo y luminoso. Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor. Amén.


XI      Jesús es crucificado

Tu cuerpo atrapado entre los clavos y el madero; entre tus verdugos y unos pocos que te lloran;  entre el ladrón que te menosprecia y el arrepentido que implora misericordia. Cuando todo oscurece nos susurras: “mírame, aquí, crucificado, para vencer contigo la muerte para siempre”.

Dios nuestro Padre, a Ti clamó tu Hijo desde la cruz y en Ti se abandonó para abrirnos camino hacia la Vida. Concédenos la gracia de asumir nuestra cruz y de ayudar a llevar la suya a tantos hermanos que sufren. Te lo pedimos por Cristo, nuestro Señor. Amén.


XII       Jesús muere en la cruz

El grano de trigo muere para dar fruto.

Enmudecieron sus seguidores esa tarde en el Gólgota como tantas veces nosotros, sus discípulos misioneros enmudecemos en la incapacidad de reconocerlo en los sufrientes, los alejados, los excluidos. Cristianos apagados en un mundo hostil e indiferente, debilitados por nuestros propios pecados y escándalos.

Señor y Dios nuestro, que en la muerte de tu Hijo nos redimes y reconcilias en la plenitud de tu amor, concede a quienes  peregrinan en este tiempo con el signo de la cruz, alcanzar la morada eterna y contemplar tu rostro. Te lo pedimos por Cristo, nuestro Señor. Amén.


XIII      El cuerpo del Señor es bajado de la cruz  y puesto en brazos de su Madre

Te habían visto sanar, perdonar y resucitar. Hoy te vieron sufrir y morir. Te oyeron decir de Lázaro “no está muerto, solo duerme”. Con esa esperanza, reciben en sus brazos tu cuerpo inerte.

Al fruto bendito del vientre de María  colocan, sin vida, entre los brazos de la Madre. Cuántos brazos de madre, padre, hermano, amigo se disponen a ofrecerse, a los pies de tantas cruces: a los pies de la enfermedad y la muerte de la droga, la violencia y la injusticia, la mentira, el desamor, el fracaso, el hambre y la falta de un trabajo digno.

Padre de infinita misericordia, que en el tránsito de muerte de tu Hijo amado nos señalas el camino de la Vida que no acaba, aumenta nuestra fe y nuestra esperanza para que, renovados y fortalecidos en la mesa de la Palabra y de la Eucaristía, desbordemos de gozo y gratitud por tu amor. Por Cristo, nuestro Señor. Amén.


XIV      El cuerpo de Jesús es sepultado.

Ya no le acompañan multitudes: en la soledad del sepulcro reposa el cuerpo del Mesías. La sábana que lo envuelve no es la última palabra. Cuando parece que todo está perdido, Cristo, muerto y  resucitado, es nuestra esperanza.  Aquí estamos, Señor, y esperamos tu victoria.

Porque no hay amor más grande que dar la vida por los amigos, aguardamos el triunfo del Redentor. A Ti volvemos nuestros ojos para ser tus testigos ahora y por siempre. Testigos en una patria que nos invitas a amar y cuidar: tierra de recursos, promesas y esperanzas, pero también de injusticias, de dolor y postración.

Dios de eterna sabiduría, que nos creaste libres y capaces de amar, guíanos en nuestro caminar hacia una Vida más plena y una sociedad más justa solidaria y fraterna. Ven, Señor Jesús. Amén.


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