Nos preparamos para iniciar la
meditación del Vía Crucis, acompañando al Señor en su camino de la cruz, y lo
hacemos desde la esperanza de la Resurrección, desde el misterio Pascual que es
el centro de nuestra fe. Como discípulos del Resucitado, ofrecemos en este
caminar nuestra propia vida, también la vida de nuestra comunidad y de la
sociedad argentina, especialmente de los jóvenes. Dispongámonos a vivir este
recorrido de la cruz con recogimiento.
Oración inicial:
Te
damos gracias, Padre, porque el misterio de la Pasión de tu Hijo nuevamente nos
congrega como comunidad orante. Permite que este santo caminar junto a la cruz
nos ayude a ser testigos de los valores de tu Reino, Reino de paz y justicia,
de verdad y de amor. Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
I Jesús es condenado a muerte
El
pueblo gritó ¡crucifícalo!, Pilato se lavó las manos. El pueblo pidió su
sangre, y Pilato dejó que se lo llevaran.
Te
condenamos a muerte, Señor. Todos los días te relegamos a un pequeño rincón de
la vida porque no hay lugar para Ti entre los dioses de este tiempo: éxito,
poder, trivialidad, consumismo. Te condenamos a muerte, Señor, cuando
pisoteamos la dignidad de los hermanos, cuando a los jóvenes les cerramos
puertas, les ignoramos a causa de prejuicios, cuando no les sabemos escuchar o
les escuchamos demasiado tarde…
Dios
misericordioso y eterno, que en el misterio de la Cruz nos revelas tu amor
infinito, ayúdanos a ser humildes discípulos misioneros de tu Hijo Jesús,
testigos de su Resurrección, fuente de salvación y de gracia, para que nosotros
y nuestro pueblo tengamos en Él Vida abundante. Te lo pedimos por Cristo,
nuestro Señor. Amén.
II Jesús carga con la cruz
Ya
no se oye el clamor de las entusiastas multitudes: hoy se ofrece al Maestro
burlas, provocaciones y bofetadas. Un cuerpo herido por golpes y azotes recibe
un pesado madero como carga…
El
madero que cargas, Señor, lleva impreso nuestro rostro; lo abulta nuestra
historia de debilidad y miseria. Pero Tú cargas nuestras culpas con amor
generoso. Queremos cargar la cruz contigo, hacer nuestro el dolor de los
hermanos, sufrir con ellos su angustia, su enfermedad y su abandono. Cuenta,
Señor, con nuestros hombros, para llevar tu Cruz y nuestra cruz…
Padre
de bondad y gracia, que en la cruz de tu Hijo Jesucristo lavas todas nuestras
culpas, derrama en nosotros la sabiduría de tu Espíritu, y haznos capaces de
amar hasta el extremo, sufriendo con quienes sufren, y cargando solidariamente
la cruz de los hermanos. Te lo pedimos por Cristo, nuestro Señor. Amén.
III Jesús cae por primera vez
Jesús
sangra y cae al suelo. Jesucristo de las heridas y moretones, tu mano nos
levanta después de una caída. Contigo, Señor, nos levantamos siempre.
El
camino de tu Cruz nos pone frente al espejo de nuestros tropiezos en medio de
una cultura que, del árbol caído, hace leña, donde es más fácil pisotear y
atropellar que ayudar a los hermanos a levantarse. Te hacen desplomarte, Jesús,
y caes al suelo. Como se hace caer a los jóvenes en su desesperación. Como se
arroja a los pobres en su exclusión. Como se humilla a las personas vulneradas
y abusadas. En Ti, Señor, somos dignos. De tu mano nos levantamos. Dios de misericordia, que en Cristo tu Hijo
nos manifiestas la inmensidad de tu amor, fortalece nuestra fe y nuestra
esperanza, enséñanos a crecer aprendiendo de nuestros tropiezos y suscita en
nosotros la disposición del buen samaritano, siempre atento a ayudar al hermano
a levantarse. Te lo pedimos por Cristo, nuestro Señor. Amén.
IV Jesús se encuentra con su Madre.
Ya
sabías que una espada te atravesaría el corazón, pero tu dolor, María, es
indecible; desde tu angustia de mujer y madre te escuchamos susurrar “hágase en
mí su voluntad”, “hagan lo que Él les diga”.
Junto
a todas las madres que sufren por sus hijos meditamos el dolor de María ante la
cruz. ¡Alégrate, María! La voz del Ángel parece lejana cuando el bendito fruto
de tu vientre camina flagelado como víctima a su altar. El hijo que besas será
crucificado como tantos hijos condenados a muerte incluso antes de nacer, por
su raza, por su condición, su religión…. En el abrazo de la Madre al Redentor
sustenta cada madre su esperanza de mujer, su entrega sin límites por la vida y
por quienes ama.
Dios
de la Vida en abundancia, mira con amor a estos hijos tuyos peregrinos, y
suscita en nosotros un espíritu humilde como el corazón de María, nuestra Madre,
que nos ofrece a tu Hijo, el mayor tesoro de su vida. Te lo pedimos por Cristo,
nuestro Señor. Amén.
V Simón de Cirene ayuda a cargar la cruz
Obligado
a ofrecer su hombro pudo aliviar tu
tormento. Y esa ayuda la devuelves, Jesús, todos los días, en tantos cireneos
solidarios y compasivos.
Entre
pasillos de hospitales y consultorios, en las horas de visita a los privados de
libertad, en la compañía abnegada a niños y ancianos, en el servicio a personas
con capacidades especiales, en situación de calle, de abandono y soledad… cirineos
y samaritanos consagrados al servicio de los más pequeños, enjugan lágrimas, curan
heridas, restablecen esperanzas.
Padre
misericordioso, mira con bondad la vida de tantos hermanos consagrados a servir
con abnegación a los que sufren, a los más débiles. Que su testimonio misionero
sea fecundo en nosotros y conduzca a la vivencia de una cultura solidaria, una
mesa de la que nadie puede ser excluido. Te lo pedimos por Cristo, nuestro
Señor. Amén.
VI La Verónica enjuga el rostro del Señor.
Tu
cara dibujada en sangre, sudor y lágrimas…. Nos conmueve, nos emociona….Pero en
la vida diaria no reconocemos los rostros sencillos del Señor entre nosotros:
los vecinos molestos, los parientes cargosos, los mendigos malolientes, los
enfermos, los que no nos simpatizan, los que nos detestan, los que nos deprimen
con sus problemas, los que nos fastidian pidiendo limosnas…Estampa esos rostros
en nuestro corazón; haz que los amemos, que no seamos indiferentes a esa imagen
tuya impresa en la faz de los que nos rodean y necesitan nuestra entrega.
Dios
de amor y misericordia, en tu Hijo nos muestras tu rostro humano y en Él mismo
retratas el rostro divino de la humanidad. Derrama en nosotros, que meditamos
hoy los misterios de su pasión y su cruz, la gracia de reconocerte, seguirte y
amarte. Te lo pedimos por Cristo, nuestro Señor. Amén.
VII Jesús cae por segunda vez
El
que ofrecía su mano y decía “levántate, toma
tu camilla y camina”…. El que resucitó a Lázaro, ahora vuelve a caer, dolorido y agotado en el suelo
polvoriento, bajo el peso de un madero voluminoso.
Sufro
contigo, Jesús. Sufro, ante todo, por mis caídas cotidianas, las que guardo muy
adentro en mi conciencia, las que son motivo de escándalo y vergüenza; y aquellos penosos tropiezos con la misma
piedra. En mi debilidad, Señor, me sigues amando y levantando. ¡Tan fácil es
reprochar las flaquezas del hermano y tanto nos cuesta aprender de nuestras propias
caídas! Padre, que miras a nuestros ojos, y nos llamas por nuestro nombre, con
los brazos abiertos nos acoges y levantas. Ten misericordia de nuestras
flaquezas y ayúdanos a levantarnos, a reconocer los errores y aprender de
ellos, para recomenzar desde Cristo, tu Hijo, que contigo vive y reina, en la
unidad del Espíritu Santo por los siglos de los siglos Amén.
VIII Jesús encuentra a las mujeres de Jerusalén
A
mitad del sendero doliente quisiste hablar a las mujeres. Vinieron a consolarte, y
ellas hallaron en Ti consuelo. No
lloramos por Ti, Señor, lloramos por nuestra incapacidad de amar, por nuestra
indolente indiferencia al verte sufrir, caer, llorar y morir, sin inmutarnos. Padre justo y compasivo, que en las santas
mujeres de todos los tiempos haces presente tu inagotable misericordia, suscita
en nosotros un corazón puro y enséñanos a perseverar en una caridad a toda
prueba para servir a los más humildes y necesitados de tu amor. Te lo pedimos
por Cristo, nuestro Señor. Amén.
IX Jesús cae por tercera vez
Jesús,
tentado y provocado; puesto entre las trampas de escribas y fariseos… querían
tu caída, la procuraban y azuzaban.
En
estos tiempos de exigencias y contradicciones detengamos nuestra mirada, desde la
perspectiva de la Cruz, en los adolescentes y jóvenes de nuestro país, en su
propia vida, pasión y muerte: ¿Cómo ayudarles a ser protagonistas de su
resurrección? Escuchemos sin prejuicios sus sueños y proyectos, acompañémosle
en sus frustraciones, penas y caídas, acojamos con entusiasmo sus ganas de
participar y abramos espacio a su aporte creativo para construir juntos una
sociedad más justa donde los jóvenes, en Jesús, tengan Vida abundante. Señor Dios nuestro, reaviva en los jóvenes la pasión por el bien y
el deseo de transformar la sociedad según los valores de tu Reino. Ayúdanos a
acompañarles y animarles para que no decaigan su esperanza ni su fe. Amén.
X Jesús es despojado de sus vestiduras
Se
reparten tu ropa y la echan a suerte. Desnudan
el Cordero que quita el pecado del mundo. Nosotros somos el cuerpo de Cristo.
Ante su desnudez, el silencio de nuestro corazón…
Hoy
el cuerpo desnudo se compra y vende en las calles, en la televisión, en
Internet. Y los pobres, despojados, no solo de vestiduras… Y los jóvenes,
despojados de su esperanza… Y los niños, despojados de su inocencia… Ante tu
cuerpo desnudado para darte muerte, nuestra alma también está desnuda,
expuestas sus llagas, heridas, y laceraciones.
Santo
Dios, alfarero de la Vida, toma en tus manos nuestra vida, y como si fuera arcilla, moldéanos y haznos un vestido nuevo
y luminoso. Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor. Amén.
XI Jesús es crucificado
Tu
cuerpo atrapado entre los clavos y el madero; entre tus verdugos y unos pocos
que te lloran; entre el ladrón que te
menosprecia y el arrepentido que implora misericordia. Cuando todo oscurece nos
susurras: “mírame, aquí, crucificado, para vencer contigo la muerte para
siempre”.
Dios
nuestro Padre, a Ti clamó tu Hijo desde la cruz y en Ti se abandonó para
abrirnos camino hacia la Vida. Concédenos la gracia de asumir nuestra cruz y de
ayudar a llevar la suya a tantos hermanos que sufren. Te lo pedimos por Cristo,
nuestro Señor. Amén.
XII Jesús muere en la cruz
El
grano de trigo muere para dar fruto.
Enmudecieron sus seguidores esa tarde en el Gólgota como tantas veces nosotros, sus discípulos misioneros enmudecemos en la incapacidad de reconocerlo en los sufrientes, los alejados, los excluidos. Cristianos apagados en un mundo hostil e indiferente, debilitados por nuestros propios pecados y escándalos.
Señor
y Dios nuestro, que en la muerte de tu Hijo nos redimes y reconcilias en la
plenitud de tu amor, concede a quienes peregrinan en este tiempo con el signo de la
cruz, alcanzar la morada eterna y contemplar tu rostro. Te lo pedimos por
Cristo, nuestro Señor. Amén.
XIII El cuerpo del Señor es bajado de la cruz y puesto en brazos de su Madre
Te
habían visto sanar, perdonar y resucitar. Hoy te vieron sufrir y morir. Te
oyeron decir de Lázaro “no está muerto, solo duerme”. Con esa esperanza,
reciben en sus brazos tu cuerpo inerte.
Al
fruto bendito del vientre de María colocan, sin vida, entre los brazos de la Madre.
Cuántos brazos de madre, padre, hermano, amigo se disponen a ofrecerse, a los
pies de tantas cruces: a los pies de la enfermedad y la muerte de la droga, la
violencia y la injusticia, la mentira, el desamor, el fracaso, el hambre y la
falta de un trabajo digno.
Padre
de infinita misericordia, que en el tránsito de muerte de tu Hijo amado nos
señalas el camino de la Vida que no acaba, aumenta nuestra fe y nuestra
esperanza para que, renovados y fortalecidos en la mesa de la Palabra y de la
Eucaristía, desbordemos de gozo y gratitud por tu amor. Por Cristo, nuestro
Señor. Amén.
XIV El cuerpo de Jesús es sepultado.
Ya
no le acompañan multitudes: en la soledad del sepulcro reposa el cuerpo del
Mesías. La sábana que lo envuelve no es la última palabra. Cuando parece que
todo está perdido, Cristo, muerto y
resucitado, es nuestra esperanza. Aquí estamos, Señor, y esperamos tu victoria.
Porque
no hay amor más grande que dar la vida por los amigos, aguardamos el triunfo
del Redentor. A Ti volvemos nuestros ojos para ser tus testigos ahora y por
siempre. Testigos en una patria que nos invitas a amar y cuidar: tierra de
recursos, promesas y esperanzas, pero también de injusticias, de dolor y
postración.
Dios
de eterna sabiduría, que nos creaste libres y capaces de amar, guíanos en
nuestro caminar hacia una Vida más plena y una sociedad más justa solidaria y
fraterna. Ven, Señor Jesús. Amén.

No hay comentarios:
Publicar un comentario