Fuente: Hesiquia blog
Una
práctica común de los primeros padres del desierto era la memorización de la
Sagrada Escritura o al menos de los Evangelios. En aquellos consagrados, que
apartados totalmente del mundo solo remitían al silencio, la soledad y la
oración continua del corazón, el estudio de los sagrados textos era un
descanso, una labor casi de esparcimiento. ¿Tiene sentido hoy ejercitarse en
alguna tarea similar?
Hoy
en día como antiguamente; la recitación, la incorporación memoriosa o la simple
lectura de los textos inspirados, tiene el sentido de tomar contacto con eso
que lo divino quiso hacer llegar hasta nosotros. Es el mensaje puro de Dios
para cada quién.
La
Palabra devela un significado personal al que la lee con unción y afecto
entrañable, esto va más allá de cualquier exégesis o interpretación erudita que
pueda hacerse de ella.
Por
otra parte, si se pretende educar la mente para que se aficione a la oración
continua, nada mejor que la recitación de los evangelios para evitar la
divagación, la curiosidad permanente y ese deambular de los pensamientos en
torno a cualquier viento.
Actualmente
hay quien se ayuda escuchando una grabación varias veces al día o durante
actividades rutinarias que no requieren particular atención. Muy lejos de la
falta de respeto, es una manifestación del propósito firme de vivir para Dios y
según su mensaje.
La memorización,
además, permite una particular forma de interiorización de la Palabra. Para
recitar el evangelio de memoria hace falta leerlo muchas veces y con atención y
mejor si en voz audible en ocasiones de intimidad personal. Este escuchar a
Dios, este saborear su palabra con fruición transforma a la persona.
El
valor de la sagrada escritura no está solo en su significado, sino que desde su
origen es vehículo privilegiado de la gracia. Encarnar los evangelios en la
propia conducta como todos sabemos no es nada fácil. Empezar por un
conocimiento acabado del mensaje de Jesús es un buen comienzo.
Aunque
uno no tenga tiempo, aunque lleve años, es una tarea digna de emprenderse. Un
versículo diario o menos aún, hace que la tarea se vuelva posible incluso en
medio del agitado ritmo de actividad que impone el mundo de hoy.
Aunque
vale recordar que, aunque el mundo imponga su frenesí, son nuestras propias
ansias, deseos y expectativas los que abren la puerta “al mundo”.

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