HORA DE GUARDIA
Boletín de la Asociación Guardia de Honor
Nº 67
Córdoba, marzo de 2014
Meditando las estaciones del Via Crucis
Por el P. Ramón Cué, s.j. (Adaptación)
I- Jesús es condenado a muerte
Gracias, Señor, por tu
condena a muerte. Has querido pasar para siempre a la historia con
“antecedentes penales”. En los archivos de la justicia humana tienes una ficha
irredimible: reo de muerte. Y por esa ficha tuya, infamante e injusta, son
quemadas para siempre nuestras justas fichas de merecida y culpable
condenación; son destruidos los archivos de nuestras comprobadas injusticias
personales y se nos concede un edicto plenario de absolución. Por tu condena a
muerte, gracias, Señor.
Piedad,
Señor, pecamos contra tí
II- Jesús carga con la cruz
Es absurdo imaginar
que los soldados acudieran a un bosque próximo a escoger y talar un árbol con
cuyo tronco preparar una cruz nueva para Cristo. No era hora de labrar cruces
nuevas, sino de aprovechar las existentes, y que por eso vienen con restos de
sangre seca del último crucificado, incrustada en las rugosidades de sus nudos.
Precisamente éso era lo que buscaba Cristo: solidarizarse con las cruces, ya en
uso, de sus hermanos los hombres. No estrenó una cruz flamante para él. Quería
nuestra cruz, ya usada por nosotros, para hacerla suya… Una cruz transida y
mojada por el sudor, la sangre y el llanto de otros hombres, y así derrotar
definitivamente entre sus brazos a la muerte.
Padrenuestro…
III- Jesús cae por primera vez
Cristo sigue cayendo y cayendo en las calles de
nuestra vida…. En las esquinas, en las aceras, en los cruces de caminos, en las cunetas de nuestra existencia, hay
hermanos caídos en la tierra y aplastados por su cruz.
Piedad,
Señor, pecamos contra tí
IV- Jesús encuentra a su Madre
El que multiplicó los
panes y los peces, el que caminó sobre el oleaje enfebrecido, el que resucitó a
los muertos y expulsó con el látigo a los mercaderes del templo, no tiene ahora
fuerzas ni para llevar, como un hombre, el peso de su cruz. Pero cerca, en esa
esquina, ahí le esperan bien abiertos, unos ojos a los que puede asirse fuerte
y firmemente, para levantarse y ponerse de pie. Míralos: los ojos de María, tu
Madre. Ahí la tienes, Jesús, puntual; justo después de tu caída. Es una cita a
la que no fallan jamás las madres. Ellas se las arreglan para estar siempre
junto a sus hijos derribados. Dios conceda a todos los hombres una mujer así
-madre, esposa, hermana o hija-, en las esquinas dolorosas de su Vía Crucis.
Una mujer que se parezca a María, la Madre de Jesús.
Dios
te Salve, María…
V-El Cireneo carga con la cruz de Cristo
Si quieres llevar
mejor tu cruz, carga al mismo tiempo la de otro. En la ciencia cristiana, una
cruz sola pesa más que dos: si sumas cruces, restas peso. Si tratas de restar
en tu egoísmo, sumas y multiplicas tu propia cruz. Cuando encima de la tuya
cargas con la de tu hermano, la propia se aligera, se alegra, le nacen alas….
Si te centras en tu cruz personal, tú solo, al margen de todo y de todos, te
pesará más, hasta convertirse en una obsesión que te aplaste. ¿Por qué no haces
de Cireneo de tu hermano? Verás cómo cambia todo radicalmente.
Piedad,
Señor, pecamos contra tí
VI- La Verónica limpia el rostro de Jesús
La Verónica, compadecida, desafiando a la
autoridad y al orden público, enjuga el rostro desfigurado y sangrante de
Cristo. Por ser la única persona que se había atrevido públicamente a dar por
El la cara, en recompensa Cristo le da también la suya. Por desgracia, ha
aparecido hoy otra versión, diametralmente opuesta, de la Verónica: Verónicas
al revés. Van por los caminos de la vida buscando caras maltrechas, sangrantes
y desfiguradas de los hombres. Pero no
para enjugar el llanto, restañar la sangre y limpiar el polvo y la saliva,
devolviéndoles así un rostro sano, limpio y bello. Al revés. Se dedican a
hurgar en todos los basurales de la sociedad, a revolver las aguas corrompidas
de todas las cloacas, para entresacar con gancho afilado de curiosidad malsana,
todos los chismes groseros, todos los cuentos denigrantes, todas las calumnias
putrefactas. Verónicas al revés, que afirman conmoverse y llorar ante el rostro
sangrante de Cristo y que no tienen empacho en herir y ensangrentar la cara de
Cristo en sus hermanos.
Gloria…
VII- Jesús cae por segunda vez
Lo más pavoroso y
desolador en el hombre caído debe ser, Señor, sentirse solo y saberse solo en
su caída; solo y desasistido en su debilidad; solo y abandonado en su
culpabilidad. La más trágica soledad debe ser la del hombre y su pecado, en el
desierto absoluto de su impotencia. Pero desde que Tú caíste, Señor, nadie
puede sentirse solo en su caída y su pecado. Tus caídas suavizan y ablandan
nuestras piedras, alfombran nuestros caminos, acolchan cariñosamente nuestros
golpes y tropezones. Nadie cae solo. Nadie peca solo. Ya estaba allí Cristo,
caído en tierra para amortiguar el golpe. Para recoger nuestra debilidad en su fortaleza.
Para darnos su mano y ponernos de pie.
Padrenuestro….
VIII- Jesús habla a las hijas de Jerusalén
Jesús dice a las
mujeres: "Si al árbol verde lo tratan de esta manera, ¿en el seco qué se
hará?" Toma Señor, nuestra leña seca, amontónala sobre tu tronco verde y
que el fuego redentor de esa hoguera ilumine, purifique y redima al mundo. Ahí
está nuestra leña seca: préndele fuego. Y abrasa al mundo en tu amor.
Piedad,
Señor, pecamos contra tí
IX- Jesús cae por tercera vez
No hay peor pecado que el de soberbia, ni más
peligrosa caída que la del orgullo. La caída del soberbio no se ve. No cae
hacia abajo, manchándose su carne con polvo y
barro. El soberbio cae hacia arriba, tratando de usurparle a Dios el sitio. En
la caída hacia arriba, el abismo es tan profundo que a veces no se toca fondo;
crece nuestro orgullo y se refina nuestra soberbia, más ciega cada vez. En la
caída hacia abajo, por alta que sea pronto se toca tierra, y se palpa en el
choque, dolorosamente, la propia debilidad. El golpe contra la tierra despierta
nuestra humildad. El hombre que cae hacia abajo se descalabra, y, humillado,
puede volver a levantarse. Gracias, Señor, por nuestras caídas. Con polvo, con
sangre, con roturas y descalabros aprendemos nuestra medida exacta, nuestra
pequeñez y debilidad.
Piedad,
Señor, pecamos contra tí
X- Jesús es despojado de sus vestidos
Es lógico que a
nuestros crucifijos, les ciñamos la cintura con un paño. Por respeto, por
pudor, por cariño. Pero, sinceramente, ese paño...... ¿se lo ponemos a Cristo por
Él o por nosotros? ¿Por piedad, pensando en Jesús, o por cómoda tranquilidad
para evitar que sufran nuestros ojos y se perturbe nuestra sensibilidad? Este
viejo y egoísta recurso lo aplicamos continua y sistemáticamente en nuestra
vida: no ver ni oír nada que pueda hacernos sufrir; nada que hiera nuestros
ojos ni comprometa nuestro corazón. Pasamos la vida poniendo paños y vendas
sobre las penas, los dolores, las tristezas y las injusticias que padecen
nuestros hermanos. Tapamos con paños los dolores ajenos como cubrimos, Señor,
con velos, tu cintura en tus imágenes. El caso es no ver, no enterarse, no
sufrir. En este juego peligroso y egoísta de velos y paños, hay cristianos que
deciden ponerse las vendas ellos mismos sobre sus propios ojos, taponándose
herméticamente los oídos y acorazando el corazón con una armadura blindada:
llevan el corazón blindado a prueba de sufrimientos ajenos.
Padrenuestro….
XI-Jesús es clavado en la cruz
El Emperador
Constantino hace 1600 años publicó una ley aboliendo para siempre el suplicio
de la cruz. Fue un homenaje a tu Persona, Señor, y un desagravio de la misma
Roma que, cuatro siglos antes, te había ejecutado con el suplicio más infame.
Pero el decreto de Constantino ha sido completamente inútil.
La cruz no ha podido, ni podrá nunca, ser abolida. A todos nos busca y nos
persigue. Y tarde o temprano, en todas partes, en vida o en muerte, todos
acabamos crucificados. A la corta o a la larga, a todos nos aguarda la cruz. En
nuestra vida todos repetimos esta Undécima Estación del Via Crucis. Enséñame,
Señor, a transformar mi cruz en sonrisa y gloria entre mis labios, aunque sepa
a hiel y vinagre.
Piedad,
Señor, pecamos contra ti.
XII- Jesús muere en la cruz
El Viernes Santo en el
Calvario, a las tres de la tarde, no murió Cristo solamente con una muerte
individual y personal. También nosotros moríamos a la misma hora. En su naturaleza
humana estábamos presentes todos los hombres; sobre sus espaldas gravitaban
todos nuestros pecados. Su Pasión era la consecuencia de haberse
responsabilizado ante su Padre de todos nuestros delitos. Por eso también en su
muerte moríamos con Él todos los pecadores. Al cargar con nuestros pecados,
Cristo cargó también con nuestra muerte, porque pecado y muerte están siempre
inseparablemente soldados. Desde que Cristo murió en la cruz ya la muerte es
radicalmente distinta.
Gloria…
XIII- Jesús es descolgado de la cruz y puesto en los
brazos de su Madre
Señora de la Piedad,
por tu Hijo muerto, concédeles a todas las madres ser siempre playas abiertas
para recibir a sus hijos después de las tormentas y los naufragios de sus
vidas. Anima, Señora, a los hijos, a regresar a la playa de la madre. En ese
regazo pueden recomponerse todas las roturas. Y si a los hijos, destrozados por
la vida, nos faltara el regazo de una madre, recuérdanos, Señora, que tú eres
siempre Madre y que tu regazo es la playa siempre abierta para los restos de
nuestro naufragio.
Dios
te Salve, María…
XIV-Jesús es colocado en un sepulcro
El Vía Crucis de
Cristo no termina en un sepulcro lleno, sino en una tumba vacía. Porque el
sepulcro está vacío, recorremos y
repetimos su Vía Crucis y lo copiamos en nuestra vida, ya que al final nos
espera la gloria de la resurrección. Nunca ha
habido un sepulcro más vacío: todo, con El ha resucitado: sus Palabras, sus
Promesas, sus Parábolas, sus Milagros, sus Bienaventuranzas. Ya tienen
respuesta los pecadores, los enfermos, los pobres, los oprimidos, los
pacíficos, los misericordiosos, los muertos. Todo ha resucitado en Cristo. Las
catorce estaciones del Vía Crucis solamente se comprenden y se aceptan cuando
se las ha contemplado desde la altura del Calvario, junto al sepulcro vacío,
transfiguradas con la luz nueva del alba que se quiebra con sus temblores
pascuales en la mañana de la Resurrección.
Gloria…
Oración
Final
Señor Dios, por todas estas
amargas penas que viviste para la salvación de todos los hombres y que yo,
aunque indigno pecador, he meditado siguiendo el camino de la Cruz, te pido me
concedas ser llevado a la gloria de la resurrección, tu que vives y reinas con
Dios Padre, en unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.


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