HORA DE GUARDIA
Boletín de la Asociación Guardia de Honor
Nº 68
Córdoba, abril de 2014
MEDITACIONES PARA LA ADORACIÓN EUCARÍSTICA
DEL JUEVES SANTO
Dios nos juzgará por el corazón
El
profeta Jeremías dice: “El corazón del hombre es la cosa más traicionera y
difícil de curar. ¿Quién lo podrá entender? Yo, el Señor, sondeo la mente y
penetro el corazón, para dar a cada uno según sus acciones, según el fruto de
sus obras.”
Es
Dios quien sondea el corazón. A nosotros nos toca, si queremos vivir de cara a
Dios nuestro Señor, vivir con un corazón dispuesto a ser sondeado por Él. El
primer gesto de apertura y disponibilidad es la purificación de nuestro
corazón, de nuestra voluntad, y de nuestra libertad.
Esto es atreverse a tocar una fibra muy interior,
porque es la fibra en la cual reposamos sobre nosotros mismos. Cada uno reposa
sobre su propia voluntad: la voluntad de querer algo, o la voluntad de
rechazarlo. Cada uno acepta o rechaza las cosas por su corazón, por su
voluntad. El profeta es muy claro: “Maldito el hombre que confía en el hombre,
que en él pone su fuerza y aparta del Señor su corazón”. Son palabras muy
duras, sobre todo
en cuanto a las consecuencias: “Será como cardo plantado en la estepa, que no
disfruta del agua cuando llueve; vivirá en la aridez del desierto, en una
tierra salobre e inhabitable”.
Si
nuestro corazón no aprende a purificarse, si nuestra voluntad no aprende a
actuar bien, si nuestro interior no opta en una forma decidida, firme y
exigente por Dios nuestro Señor, se puede ir produciendo, poco a poco, una
especie de desertificación de nuestra vida, un avanzar del desierto en nuestro
corazón. Si éste no está apoyándose en
todo momento en Dios nuestro Señor, y nuestra voluntad no está purificándose
para ser capaz de encontrarse con Él, sino que por el contrario, nuestra
confianza está puesta en el hombre, en el vórtice de los acontecimientos que
constantemente nos suceden, nuestra vida acabará plantada en medio de una
estepa, tierra salobre e inhabitable.
Puede
darnos miedo el intentar tocar nuestro corazón y preguntarle: ¿En quién confías? Tu confianza ¿está auténticamente puesta en
el Señor? Pero es importante que éste sea un momento de reflexión sobre la orientación de nuestra voluntad, sobre lo que
estamos haciendo con nuestra vida, qué ha elegido nuestra libertad, qué caminos
tiene, qué opciones ha tomado. De poco nos serviría pensar que estamos
orientados hacia Dios, si no hemos sido capaces de escudriñar nuestro corazón
para purificarlo.
“Yo, el
Señor, sondeo la mente y penetro el corazón”. Atrevámonos a ponernos en sintonía
cordial con Jesús, el único capaz
de decirnos si nuestra voluntad y nuestra libertad están orientadas de tal
forma que, en esta vida nos abramos a Dios, y en la futura nos encontremos con
Él. ¿Permitiré que ese Médico del alma
entre a mi corazón, lo toque, lo cuestione y lo fortalezca?
(Meditemos en silencio
estas consideraciones)
Confiar en Dios es ponernos en sus
manos
La
confianza en Dios, base de la conversión del corazón, requiere que
auténticamente estemos dispuestos a entregarnos a Él.
Cada
uno de nosotros, cuando buscamos acercarnos a Dios, tenemos que pasar por una
etapa de espera. Esto puede ser para nuestra alma particularmente difícil,
porque aunque en teoría estamos de acuerdo en que la santidad es obra de la
gracia, en que la santidad es obra del Espíritu Santo sobre nuestra alma,
tendríamos que comprobar si efectivamente en la práctica, en lo más hondo de
nuestro corazón tenemos arraigado este
sentimiento, si estamos auténticamente preparados interiormente para soltarnos
en confianza plena y decir: “Yo estoy listo Señor, confío en Ti”
El alma
puede a veces perderse en un campo bastante complejo y enredarse en
complicaciones interiores: de sentimientos, de luchas espirituales, o de circunstancias que nos oprimen, que sentimos
particularmente difíciles en determinados momentos de nuestra vida. En estas situaciones, para convertir auténticamente
el corazón a Dios, no tenemos que hacer otra cosa más que confiar.
Lo
curioso es que a menudo, en este camino
de conversión del corazón, pensemos que se trata de una obra de vivencia personal, de
arrepentimiento personal, de virtudes personales. ¿Cuál es mi actitud interior? ¿Es la actitud
de quien espera? ¿La actitud de quien verdaderamente confía en el Señor todos
sus cuidados, todo su crecimiento, todo su desarrollo interior? ¿O es más bien
una actitud de ser yo mismo el dueño de mi crecimiento espiritual? Mientras no
sea capaz de entregarme, mi alma va a crecer, se va a desarrollar, pero siempre
hasta un límite, que solos, es infranqueable. ¿Qué tan lejos está mi alma de
esta conversión del corazón? ¿Está detenida en ese límite que no me he atrevido
a pasar?
Pidámosle
a Jesucristo hacer de esta conversión del corazón una entrega plena de nuestra
interioridad y un lugar de acogida en el cual Dios nuestro Señor se encuentre verdaderamente
amado.
***
Dios pide el sacrificio de nuestro
corazón
“El que en Ti confía no queda defraudado”.
Este pasaje del A.T. (Dn 3,25) resume la
actitud de quien comprende dónde está la esencia fundamental del hombre, dónde
está lo que verdaderamente
el hombre tiene que llevar a su Creador: un corazón contrito y humillado, como
auténtico y único sacrificio. ¿De qué nos sirve sacrificar nuestras cosas si no
nos sacrificamos nosotros? ¿De qué nos sirve ofrecerlas si no nos ofrecemos
nosotros? El mensaje de la Escritura es, en este sentido, sumamente claro: es
fundamental, básico e ineludible que nos atrevamos a poner nuestro corazón en
Dios nuestro Señor.
“Ahora
te seguiremos de todo corazón”, continúa la oración de Azarías. Quizá estas
palabras podrían ser también una expresión de lo que hay en nuestro corazón en
estos momentos: Padre, quiero seguirte de todo corazón. Son tantas las veces en
las que no te he seguido, son tantas las veces en las que no te he escuchado,
son tantos los momentos en los que he preferido ser menos generoso; pero ahora,
quiero seguirte de todo corazón, y quiero encontrarte.
¿Es
así nuestro corazón el día de hoy? ¿Existe verdaderamente en él un anhelo de
volvernos hacia Dios? Y si nuestro corazón estuviera frío, temeroso, débil,
¿qué podríamos hacer? La oración continúa y dice: “Trátanos según tu clemencia
y tu abundante misericordia”.
El Señor sabe
que a veces en el corazón del hombre puede haber quebrantos, dudas, interrogantes, y por eso es infinitamente
misericordioso. Hagamos espacio en nuestro corazón para la misericordia de Dios. Dejemos entrar
la clemencia en nuestra alma.
El
reto de responder a ese Dios que nos llama por nuestro nombre y nos invita a seguirlo puede ser, a veces, una empresa muy pesada;
sin embargo, ahí está Jesús dispuesto a prestarnos el suplemento de fuerza, de
generosidad, de entrega y de fidelidad que pudiera faltarnos.
Si
me siento flaquear, si no soy capaz, Señor, de encontrarme contigo, de estar a
tu lado, de resistir tu paso, de ir al ritmo que me estás pidiendo,…..trátame
según tu clemencia y tu abundante misericordia.
Si
tengo miedo de soltar mi corazón, si tengo miedo de pagar alguna deuda que hay
en mi alma... trátame según tu clemencia y tu abundante misericordia.
Si
todavía en mi interior no está esa firme decisión de seguirte tal y cómo me lo pides,..... trátame según tu clemencia
y tu abundante misericordia.
Que
ésta sea la actitud de nuestra alma, que éste sea el auténtico sacrificio que
ofrecemos a Dios nuestro Señor. A Él no le interesan nuestras cosas, le
interesamos nosotros; no busca nuestras cosas, nos busca a nosotros. Somos,
todos y cada uno, el objeto particular de la predilección de Dios.
Que
seamos capaces de abrir nuestro corazón, y se fortalezca en nuestro interior la
firme decisión de dar al Señor lo que quizá hasta ahora hemos reservado para
nosotros.
Que la
Eucaristía nos renueve y transforme para cumplir la obra de santificación que Dios nos pide a cada uno.
***
Eucaristía
y compromiso de caridad
La eucaristía nos tiene que lanzar a practicar la caridad con nuestros hermanos.
Y esto por varios motivos.
¿Cuándo nos mandó Jesús amarnos los unos
a los otros?¿Cuándo nos dejó su mandamiento nuevo, en qué contexto? En la
Última Cena, cuando nos estaba dejando la eucaristía. Por tanto, tiene que
haber una estrecha relación entre eucaristía y compromiso de caridad.
En ese ámbito cálido del Cenáculo,
mientras estaban cenando en intimidad, Jesús sacó de su corazón este hermoso
regalo de la eucaristía; fue en ese ambiente que nos pidió amarnos. Esto quiere
decir que la eucaristía nos une en fraternidad, nos congrega en una misma
familia donde tiene que reinar la caridad.
Hay otro motivo de unión entre
eucaristía y caridad. ¿Qué nos pide Jesús antes de poner nuestra ofrenda sobre
el altar, es decir, antes de venir a la eucaristía y comulgar el Cuerpo del
Señor? “Si tu hermano tiene una queja contra ti, deja allí tu ofrenda, ante el
altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y después vuelve y
presenta tu ofrenda” (Mt 5, 23-24).
Esto nos
habla de la seriedad y la disposición interior con las que tenemos que acercarnos a la
eucaristía. Con un corazón limpio, perdonador, lleno de misericordia y caridad.
Injusticias, atropellos, calumnias, maltratos, rencores, malquerencias, resquemores,
odios, murmuraciones….. Antes de acercarnos a la eucaristía asegurémonos de que nuestro corazón no deba nada a nadie.
Mi ofrenda, la ofrenda que cada uno de nosotros debe presentar en cada misa
(peticiones, intenciones, problemas, preocupaciones, etc.) no tendría valor a
los ojos de Dios si fuera presentada con un corazón torcido, impuro, resentido,
lleno de odio. Ahora bien, si presentamos la ofrenda teniendo en el corazón una
voluntad de armonía, será aceptada por Dios como la ofrenda de Abel y no la de
Caín.
Y hay otro motivo de unión entre eucaristía
y compromiso de caridad: el cuerpo del
prójimo más pobre, del más desposeído, es un cuerpo de Jesús necesitado que
tenemos que alimentar, saciar, vestir, cuidar, respetar, socorrer, proteger,
instruir, aconsejar, perdonar, limpiar, atender.
San Juan
Crisóstomo tiene unas palabras interpeladoras: “¿Quieres honrar el cuerpo de
Cristo? No permitas que Él esté desnudo, y no lo honres sólo en la Iglesia con
telas de seda, para después tolerar, fuera de aquí, que ese mismo cuerpo muera
de frío y de desnudez. El que ha dicho “Esto es mi cuerpo”, ha dicho también
“me habéis visto con hambre y no me habéis dado de comer” y “lo que no habéis
hecho a uno de estos pequeños, no me lo habéis hecho a Mí”. Pasé hambre por ti,
y ahora la padezco otra vez. Tuve sed por ti en la Cruz y ahora me abrasa en
los labios de mis pobres. Por los mil beneficios de que te he colmado, ¡dame
algo!...No te digo que me entregues tus bienes: sólo te imploro
pan y vestido y un poco de alivio para mi hambre. Estoy preso; no te ruego que
me libres: sólo quiero que, por tu propio bien, me hagas una visita; con eso me
bastará y por eso te regalaré el cielo. (San Juan Crisóstomo, Homilía 15 sobre
la epístola a los Romanos).
Estas palabras son muy profundas. Jesús
se iguala, se identifica con el cuerpo necesitado de nuestros hermanos. Y si
nos acercamos con devoción y respeto al cuerpo de Cristo en la eucaristía, también
debemos acercarnos a ese cuerpo de Cristo que está detrás de cada uno de
nuestros hermanos más desposeídos. Quiera el Señor que comprendamos y vivamos
este gran compromiso de la caridad, para que así la eucaristía se haga vida de
nuestra vida.
***
¿Comprendéis
lo que he hecho con vosotros?
La
pregunta que Jesús dirige a sus discípulos después del lavatorio de los pies va
más allá de la acción que acaba de ejecutar, y atraviesa toda la economía de la
salvación: ¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros y por vosotros? Es decir,
¿comprendéis que Dios amó a los hombres y envió a su Hijo en propiciación por
sus pecados? ¿Comprendéis que el Padre me ha enviado para que vosotros tengáis
vida?
Hoy,
todo nos invita a una reflexión profunda sobre el amor eterno que Dios nos ha
tenido en su Hijo Jesucristo.
La
liturgia de la cena pascual, es prefiguración del sacrificio de Cristo que se
ofrece en rescate “por muchos”, es decir, por todos. Por eso, el evangelio de
hoy más que narrar los hechos de la última cena, se concentra en describir el
amor de Cristo, en describir los sentimientos de su corazón: El Señor, habiendo
amado a los suyos, los amó hasta el extremo. Meditar en los acontecimientos del
jueves santo es introducirse en el amor de Cristo, en el amor del Padre
misericordioso que envía a su Hijo en
nuestro rescate. El amor de Cristo es lo que se percibe esta tarde con tanta
intensidad, que apenas hay lugar para algún otro sentimiento. Pablo que había
hecho experiencia viva del amor del Señor llega a exclamar: ¿Quién nos separará
del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el
hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada? Por tu causa somos muertos
todo el día; tratados como ovejas destinadas al matadero. Pero en todo esto salimos vencedores gracias
a aquel que nos amó (…) Criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios
manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro.
Si en
ocasiones somos presa del desaliento, de la tentación, de la angustia, es
porque nos olvidamos del amor de Cristo. Es porque nos olvidamos que hemos sido
eternamente amados por Dios en su Hijo.
Santa Teresa de Jesús, que tenía un gran amor por la humanidad de
Jesucristo, exclamaba de forma muy singular: “¡Oh qué buen amigo eres, Señor!
Cómo sabes esperar a que alguien se adapte a tu modo de ser; mientras tanto, Tú
toleras el suyo. Tomas en cuenta los ratos que te demuestra amor,
y por una pizca de arrepentimiento olvidas que te ha ofendido”.
Así
pues, vuelve a nuestra mente la pregunta de Jesús: ¿Comprendéis lo que he hecho
con vosotros? ¡Quién nos diera comprender lo que Dios, en Cristo, ha hecho por
nosotros! ¡Quién nos diera comprender el misterio de la encarnación del Verbo!
¡Quién nos diera comprender lo que está sucediendo en esta última cena cuando
Jesús toma el pan y el vino y pronuncia unas palabras solemnes! Que esta Misa
vespertina, que esta procesión con el santísimo, que esta adoración nocturna
nos ayuden a dar un paso en la comprensión de este amor.
***
El amor lleva al amor
Quien
experimenta el amor de Cristo no queda igual, no puede quedar igual. Los
apóstoles en la última cena son testigos del amor de Cristo y de la inmensa
responsabilidad que queda en sus manos. De ahora en adelante son más
conscientes, por una parte, de su propia miseria como hombres y pecadores; y
por otra, de los tesoros infinitos que Dios ha depositado en su alma. Ellos
reciben el cuerpo y la sangre de Cristo, y reciben, además, el poder de
consagrar, y el mandato de “hacerlo en memoria del Señor”.
Pero no
sólo los sacerdotes experimentan hoy el amor de Cristo.Cualquier
fiel, contemplando los misteriosos acontecimientos de esta noche, escuchando
las palabras de Jesús, viendo el gesto de lavar los pies y distribuir la
comunión, puede repetir con san Pablo: “Me amó y se entregó por mí”.
Salgamos
de este cenáculo dispuestos a amar más y mejor, porque hemos sido amados e
invitados a participar del amor de Dios.

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