HORA DE GUARDIA
Boletín de la Asociación Guardia
de Honor
Nº 66 Córdoba, junio de 2013
Sagrada
Congregación para la Doctrina de la Fe
Carta a los Presidentes de las
Conferencias Episcopales
sobre los abusos en la interpretación
de los decretos del Concilio Vaticano II
Roma, 24 de julio de 1966
Una vez que el
Concilio Vaticano II, recientemente concluido, ha promulgado documentos muy
valiosos, tanto en los aspectos doctrinales como en los disciplinares, para
promover de manera más eficaz la vida de la Iglesia, el pueblo de Dios tiene la
grave obligación de esforzarse para llevar a la práctica todo lo que, bajo la
inspiración del Espíritu Santo, ha sido solemnemente propuesto o decidido en
aquella amplísima asamblea de Obispos presidida por el Sumo Pontífice.
A la jerarquía,
sin embargo, corresponde el derecho y el deber de vigilar, de dirigir y
promover el movimiento de renovación iniciado por el Concilio, de manera que
los documentos y decretos del mismo Concilio sean rectamente interpretados y se
lleven a la práctica según la importancia de cada uno de ellos y manteniendo su
intención. Esta doctrina debe ser defendida por los Obispos, que bajo Pedro,
como cabeza, tienen la misión de enseñar de manera autorizada. De hecho, muchos
pastores ya han comenzado a explicar loablemente la enseñanza del Concilio.
Es preciso
señalar algunas de estas sentencias y errores, a modo de ejemplo, tal como
consta por los informes de los expertos así como por diversas publicaciones.
1. Ante todo
está la misma Revelación sagrada: hay algunos que recurren a la Escritura
dejando de lado voluntariamente la Tradición, y además reducen el ámbito y la
fuerza de la inspiración y la inerrancia, y no piensan de manera correcta
acerca del valor histórico de los textos.
2. Por lo que se
refiere a la doctrina de la fe, se dice que las fórmulas dogmáticas están
sometidas a una evolución histórica, hasta el punto que el sentido objetivo de
las mismas sufre un cambio.
3. El Magisterio
ordinario de la Iglesia, sobre todo el del Romano Pontífice, a veces hasta tal
punto se olvida y desprecia, que prácticamente se relega al ámbito de lo
opinable.
4. Algunos casi
no reconocen la verdad objetiva, absoluta, firme e inmutable, y someten todo a
cierto relativismo, y esto conforme a esa razón entenebrecida según la cual la
verdad sigue necesariamente el ritmo de la evolución de la conciencia y de la
historia.
6. Asimismo, en
el tratado teológico de los sacramentos, algunos elementos o son ignorados o no
son considerados de manera suficiente, sobre todo en lo referente a la
Santísima Eucaristía. Acerca de la presencia real de Cristo bajo las especies
de pan y de vino no faltan los que tratan la cuestión favoreciendo un
simbolismo exagerado, como si el pan y el vino no se convirtieran por la
transustanciación en el Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor Jesucristo, sino
meramente pasaran a significar otra cosa. Hay también quienes, respecto a la
Misa, insisten más de la cuenta en el concepto de banquete (ágape), antes que
en la idea de Sacrificio.
7. Algunos
prefieren explicar el sacramento de la Penitencia como el medio de
reconciliación con la Iglesia, sin expresar de manera suficiente la
reconciliación con el mismo Dios ofendido. Pretenden que para celebrar este
sacramento no es necesaria la confesión personal de los pecados, sino que sólo
procuran expresar la función social de reconciliación con la Iglesia.
8. No faltan
quienes desprecian la doctrina del Concilio de Trento sobre el pecado original,
o la explican de tal manera que la culpa original de Adán y la transmisión del
pecado al menos quedan oscurecidas.
9. Tampoco son
menores los errores en el ámbito de la teología moral. No pocos se atreven a
rechazar la razón objetiva de la moralidad; otros no
aceptan la ley natural, sino que afirman la legitimidad de
la denominada moral de situación. Se propagan opiniones perniciosas acerca de
la moralidad y la responsabilidad en materia sexual y matrimonial.
10. A todo esto
hay que añadir alguna cuestión sobre el ecumenismo. La Sede Apostólica alaba a
aquellos que, conforme al espíritu del decreto conciliar sobre el ecumenismo,
promueven iniciativas para fomentar la caridad con los hermanos separados, y
atraerlos a la unidad de la Iglesia, pero lamenta que algunos interpreten a su
modo el decreto conciliar, y se empeñen en una acción ecuménica que, opuesta a
la verdad de la fe y a la unidad de la Iglesia, favorece un peligroso irenismo
e indiferentismo, que es completamente ajeno a la mente del Concilio.
Este tipo de
errores y peligros, que van esparciendo aquí y allá, se muestran como en un
sumario o síntesis recogida en esta carta a los Ordinarios del lugar, para que
cada uno, conforme a su misión y obligación, trate de solucionarlos o
prevenirlos.
Este Sagrado
Dicasterio ruega insistentemente que los mismos Ordinarios de lugar, reunidos
en las Conferencias Episcopales, traten de estas cuestiones y refieran
oportunamente a la Santa Sede sus determinaciones antes de la fiesta de la
Navidad de nuestro Señor Jesucristo del presente año. Esta carta, que evidentes
motivos de prudencia impiden hacer pública, los Ordinarios y otros a los que
éstos consideren oportuno comunicarla, deben mantenerla en estricto secreto.
Alfredo Card.
Ottaviani

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