Este via crucis
fue escrito por Juan Pablo II en 1976, cuando era Cardenal Arzobispo de
Cracovia, en ocasión de los ejercicios espirituales que predicó a Pablo VI y a
la Curia Romana en el Vaticano.
Oración preparatoria
En
unión con María, la Madre de los Dolores, vamos, oh Jesús, a recorrer la vía
dolorosa que Tú anduviste antes de consumar nuestra Redención en el Calvario.
Haz que la meditación de los principales misterios de tu sagrada Pasión nos
llene el corazón de dolor de nuestros pecados y de agradecimiento por el
entrañable amor que nos demostraste.
I- Jesús condenado a muerte
La
sentencia de Pilato fue dictada bajo la presión de los sacerdotes y de la
multitud. La condena a muerte por crucifixión debería de haber satisfecho sus
pasiones y ser la repuesta al grito: “¡Crucifícale! ¡Crucifícale!”. El pretor
romano pensó que podría eludir el dictar sentencia lavándose las manos, como se
había desentendido antes de las palabras de Cristo cuando éste identificó su
reino con la verdad, con el testimonio de la verdad. En uno y otro caso Pilato
buscaba conservar la independencia, mantenerse en cierto modo “al margen”. Pero
eran sólo apariencias. La cruz a la que fue condenado Jesús de Nazaret, así
como su verdad del reino, debía de afectar profundamente al alma del pretor
romano. Esta fue y es una Realeza, frente a la cual no se puede permanecer
indiferente o mantenerse al margen.
El hecho de que a Jesús, Hijo de Dios, se le pregunte por su reino, y que por esto sea juzgado por el hombre y condenado a muerte, constituye el principio del testimonio final de Dios que tanto amó al mundo.
También nosotros nos encontramos ante este testimonio, y sabemos que no nos es lícito lavarnos las manos.
II- Jesús carga con la cruz
Empieza
la ejecución, es decir, el cumplimiento de la sentencia. Cristo, condenado a
muerte, deber cargar con la cruz como los otros dos condenados que van a sufrir
la misma pena: “Fue contado entre los pecadores”. Cristo se acerca a la cruz
con el cuerpo entero terriblemente magullado y desgarrado, con la sangre que le
baña el rostro, cayéndole de la cabeza coronada de espinas.
En
Él se encierra toda la verdad del Hijo del hombre predicha por los profetas, la
verdad sobre el siervo de Yahvé anunciada por Isaías: “Fue traspasado por
nuestra iniquidades... y en sus llagas hemos sido curados”. Está también
presente en Él una cierta consecuencia, que nos deja asombrados, de lo que el
hombre ha hecho con su Dios. Dice Pilato: “Ecce Homo”: “¡Mirad lo que habéis
hecho de este hombre!” En esta afirmación parece oírse otra voz, como queriendo
decir: “Mirad lo que habéis hecho en este hombre con vuestro Dios!”.
Resulta conmovedora la semejanza, la interferencia de esta voz que escuchamos a través de la historia con lo que nos llega mediante el conocimiento de la fe. Ecce Homo!
Jesús,
“el llamado Mesías”, carga la cruz sobre sus espaldas. Ha empezado la
ejecución.
III- Jesús cae por primera vez
Jesús
cae bajo la cruz. Cae al suelo. No recurre a sus fuerzas sobrehumanas, no
recurre al poder de los ángeles. “¿Crees que no puedo rogar a mi Padre, quien
pondría a mi disposición al punto más de doce legiones de ángeles?” No lo pide.
Habiendo aceptado el cáliz de manos del Padre, quiere beberlo hasta las heces.
Esto
es lo que quiere. Y por esto no piensa en ninguna fuerza sobrehumana, aunque al
instante podría disponer de ellas. Pueden sentirse dolorosamente sorprendidos
los que le habían visto cuando dominaba a las humanas dolencias, a las
mutilaciones, a las enfermedades, a la muerte misma. ¿Y ahora? ¿Está negando
todo eso? Y, sin embargo, “Nosotros esperábamos”, dirán unos días después los
discípulos de Emaús. “Si eres el Hijo de Dios...”, le provocarán los miembros
del Sanedrín. “A otros salvó, a sí mismo no puede salvarse”, gritará la gente.
Y él acepta estas frases de provocación, que parecen anular todo el sentido de su misión, de los sermones pronunciados, de los milagros realizados. Acepta todas estas palabras, decide no oponerse. Quiere ser ultrajado. Quiere vacilar. Quiere caer bajo la cruz. Quiere. Es fiel hasta el final, hasta los mínimos detalles a esta afirmación: “No se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú”.
Dios
salvará a la humanidad con las caídas de Cristo bajo la Cruz.
IV- Jesús encuentra a su Madre
La Madre. María se encuentra con su Hijo en el camino de la cruz. La cruz de Él es su cruz, la humillación de Él es la suya, suyo el oprobio público de Jesús. Es el orden humano de las cosas. Así deben sentirlo los que la rodean y así lo capta su corazón: “...y una espada atravesará tu alma”. Las palabras pronunciadas cuando Jesús tenía cuarenta días se cumplen en este momento.
Alcanzan
ahora su plenitud total. Y María avanza, traspasada por esta invisible espada,
hacia el calvario de su Hijo, hacia su propio Calvario. La devoción cristiana
la ve con esta espada clavada en su corazón, y así la representa en pinturas y
esculturas. ¡Madre Dolorosa!
“¡Oh
tú que has padecido junto con Él”, repiten los fieles, íntimamente convencidos
de que así justamente debe expresarse el misterio de este sufrimiento. Aunque
este dolor le pertenezca y le afecte en lo más profundo de su maternidad, sin
embargo, la verdad plena de este sufrimiento se expresa con la palabra
“compasión”. También ella pertenece al mismo misterio: expresa en cierto modo
la unidad con el sufrimiento del Hijo.
V- Simón el Cireneo le ayuda a llevar la cruz
Simón de Cirene, llamado a cargar con la cruz, no la quería llevar ciertamente. Hubo que obligarle. Caminaba junto a Cristo bajo el mismo peso. Le prestaba sus hombros cuando los del condenado parecían no poder aguantar más. Estaba cerca de él: más cerca que María o que Juan, a quien, a pesar de ser varón, no se le pide que le ayude. Le han llamado a él, a Simón de Cirene, padre de Alejandro y de Rufo, como refiere el evangelio de Marcos. Le han llamado, le han obligado.
¿Cuánto
duró esta coacción? ¿Cuánto tiempo caminó a su lado, dando muestras de que no
tenía nada que ver con el condenado, con su culpa, son su condena? ¿Cuánto
tiempo anduvo así, dividido interiormente, con una barrera de indiferencia
entre él y ese Hombre que sufría? “Estaba desnudo, tuve sed, estaba preso”,
llevaba la cruz... ¿La llevaste conmigo?... ¿La has llevado conmigo
verdaderamente hasta el final? No se sabe.
San
Marcos refiere solamente el nombre de los hijos del Cireneo y la tradición
sostiene que pertenecían a la comunidad de cristianos allegada a San Pedro.
VI- La Verónica limpia el rostro de Jesús
La
tradición nos habla de la Verónica. Quizá ella completa la historia del
Cireneo. Porque lo cierto es que –aunque, como mujer, no cargara físicamente
con la cruz y no se la obligara a ello- llevó sin duda esta cruz con Jesús: la
llevó como podía, como en aquel momento era posible hacerlo y como le dictaba
su corazón: limpiándole el rostro. Este detalle, referido por la tradición
parece fácil de explicar: en el lienzo con el que secó su rostro han quedado
impresos los rasgos de Cristo. Puesto que estaba todo él cubierto de sudor y
sangre, muy bien podía dejar señales y perfiles. Pero el sentido de este hecho
puede ser interpretado también de otro modo, si se considera a la luz del
sermón escatológico de Cristo. Son muchos indudablemente los que preguntarán:
“Señor, ¿cuándo hemos hecho todo esto?” Y Jesús responderá: “Cuantas veces
hicisteis eso a uno de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis”. El
Salvador, en efecto, imprime su imagen sobre todo acto de caridad, como sobre
el lienzo del la Verónica.
VII- Jesús cae por segunda vez
“Yo soy un gusano, no un hombre; el oprobio de
los hombres y el desecho del pueblo”: las palabras del Salmista-profeta
encuentran su plena realización en estas estrechas, arduas callejuelas de
Jerusalén, durante las últimas horas que preceden a la Pascua. Ya se sabe que
estas horas, antes de la fiesta, son extenuantes y las calles están llenas de
gente. En este contexto se verifican las palabras del Salmista, aunque nadie
piense en ellas.
No
paran mientes en ellas ciertamente todos cuantos dan pruebas de desprecio, para
los cuales este Jesús de Nazaret, que cae por segunda vez abajo la cruz, se ha
hecho objeto de escarnio.
Y Él lo quiere, quiere que se cumpla la profecía. Cae, pues, exhausto por el esfuerzo. Cae por voluntad del padre, voluntad expresada asimismo en las palabras del Profeta. Cae por voluntad, porque, “¿cómo se cumplirían, si no, las Escrituras?”: “Soy un gusano y no un hombre”; por tanto ni siquiera “Ecce Homo”; menos aún, peor todavía.
El
Gusano se arrastra pegado a tierra; el hombre, en cambio, como rey de las
criaturas, camina sobre ella. El gusano carcome la madera: como el gusano, el
remordimiento del pecado roe la conciencia del hombre.
VIII-Las mujeres de Jerusalén lloran por Jesús
Es
la llamada al arrepentimiento, al verdadero arrepentimiento, al pesar, en la
verdad del mal cometido. Jesús dice a las hijas de Jerusalén que lloran a su
vista: "No lloréis por mí; llorad más bien por vosotras mismas y por
vuestros hijos". No podemos quedarnos en la superficie del mal, hay que
llegar a su raíz, a las causas, a la más honda verdad de la conciencia. Esto es
justamente lo que quiere darnos a entender Jesús cargado con la cruz, que desde
siempre «conocía lo que en el hombre había» y siempre lo conoce. Por esto Él
debe ser en todo momento el más cercano testigo de nuestros actos y de los
juicios que sobre ellos hacemos en nuestra conciencia. Quizá nos haga
comprender incluso que estos juicios deben ser ponderados, razonables,
objetivos –dice: "No lloréis"–; pero, al mismo tiempo, ligados a todo
cuanto esta verdad contiene: nos lo advierte porque es Él el que lleva la cruz.
Señor,
¡dame saber vivir y andar en la verdad!
IX- Jesús cae por tercera vez
“Se
humilló, hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”. Cada estación de
esta Vía es una piedra miliar de esa obediencia y ese anonadamiento. Captamos el grado de este anonadamiento cuando
leemos las palabras del Profeta: “Todos nosotros andábamos errantes como
ovejas, siguiendo cada uno su camino, y Yahvé cargó sobre él la iniquidad de
todos nosotros”. Comprendemos el grado de este anonadamiento cuando vemos que
Jesús cae una vez más, la tercera, bajo la cruz. Cuando pensamos en quién es el
que cae, quién yace entre el polvo del camino bajo la cruz, a los pies de gente
hostil que no le ahorra humillaciones y ultrajes...
¿Quién
es el que cae? ¿Quién es Jesucristo? “Quien, existiendo en forma de Dios, no
reputó como botín codiciable ser igual a Dios, antes se anonadó, tomando la
forma de siervo y haciéndose semejante a los hombres; y en la condición de
hombre se humilló, hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”.
X- Jesús es despojado de sus vestiduras
Cuando
Jesús, despojado de sus vestidos, se encuentra ya en el Gólgota, nuestros
pensamientos se dirigen hacia su Madre: vuelven hacia atrás, al origen de este
cuerpo que ya ahora, antes de la crucifixión, es todo él una llaga. El misterio
de la Encarnación: el Hijo de Dios toma cuerpo en el seno de la Virgen. El Hijo
de Dios habla al Padre con las palabras del Salmista:
“No
te complaces tú en el sacrificio y la ofrenda... pero me has preparado un
cuerpo”. El cuerpo del hombre expresa su alma. El cuerpo de Cristo expresa el
amor al Padre: “Entonces dije: '¡Heme aquí que vengo!'... para hacer, ¡oh
Dios!, tu voluntad. “Yo hago siempre lo que es de su agrado”. Este cuerpo
desnudo cumple la voluntad del Hijo y la del Padre en cada llaga, en cada
estremecimiento de dolor, en cada músculo desgarrado, en cada reguero de sangre
que corre, en todo el cansancio de sus brazos, en los cardenales de cuello y
espaldas, en el terrible dolor de las sienes. Este cuerpo cumple la voluntad
del Padre cuando es despojado de sus vestidos y tratado como objeto de
suplicio, cuando encierra en sí el inmenso dolor de la humanidad profanada.
El
cuerpo del hombre es profanado de varias maneras.
En esta estación debemos pensar en la Madre de Cristo, porque bajo su corazón, en sus ojos, entre sus manos el cuerpo del Hijo de Dios ha recibido una adoración plena.
XI- Jesús es clavado en la cruz
“Han taladrado mis manos y mis pies y puedo contar todos mis huesos”. “Puedo contar...”: ¡qué palabras proféticas! Sabemos que este cuerpo es un rescate. Un gran rescate es todo este cuerpo: las manos, los pies y cada hueso. Todo el Hombre en máxima tensión: esqueleto, músculos, sistema nervioso, cada órgano, cada célula, todo en máxima tensión.
“Yo,
si fuere levantado de la tierra, atraeré a todos a mí”. Palabras que expresan
la plena realidad de la crucifixión. Forma parte de ésta también la terrible tensión
que penetra las manos, los pies y todos los huesos: terrible tensión del cuerpo
entero que, clavado como un objeto a los maderos de la cruz, va a ser
aniquilado hasta el fin, en las convulsiones de la muerte. Y en la misma
realidad de la crucifixión entra todo el mundo que Jesús quiere atraer a Sí. El
mundo está sometido a la gravitación del cuerpo, que tiende por inercia hacia
lo bajo.
Precisamente
en esta gravitación estriba la pasión del Crucificado. “Vosotros sois de abajo,
yo soy de arriba”. Sus palabras desde la cruz son: “Padre, perdónalos, porque
no saben lo que hacen”.
XII-Jesús muere en la cruz
Jesús
clavado en la cruz, inmovilizado en esta terrible posición, invoca al Padre.
Todas las invocaciones atestiguan que El es uno con el Padre. “Yo y el Padre
somos una sola cosa”; “El que me ha visto a mí ha visto al Padre”; “Mi Padre
sigue obrando todavía, y por eso obro yo también”. He aquí el más alto, el más
sublime obrar del Hijo en unión con el Padre. Sí: en unión, en la más profunda
unión, justamente cuando grita: Eloí, Eloí, lama sabachtani?: “Dios mío, Dios
mío, ¿por qué me has abandonado?”. Este obrar se expresa con la verticalidad
del cuerpo que pende del madero perpendicular de la cruz, con la horizontalidad
de los brazos extendidos a lo largo del madero transversal. El hombre que mira
estos brazos puede pensar que con el esfuerzo abrazan al hombre y al mundo.
He
aquí el hombre. He aquí a Dios mismo. “En El... vivimos y nos movemos y
existimos”. En El: en estos brazos extendidos a lo largo del madero transversal
de la cruz.
XIII- El cuerpo de Jesús es bajado de la cruz
En
el momento en que el cuerpo de Jesús es bajado de la cruz y puesto en brazos de
la Madre, vuelve a nuestra mente el momento en que María acogió el saludo del
ángel Gabriel: “Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, a quien pondrás
por nombre Jesús... Y le dará el Señor Dios el trono de David, su padre... y su
reino no tendrá fin”. María sólo dijo: “Hágase en mí según tu palabra”, como si
desde el principio hubiera querido expresar cuanto estaba viviendo en este
momento.
En
el misterio de la Redención se entrelazan la gracia, esto es, el don de Dios
mismo, y «el pago» del corazón humano. En este misterio somos enriquecidos con
un Don de lo alto y al mismo tiempo somos comprados con el rescate del Hijo de
Dios. Y María, que fue más enriquecida que nadie con estos dones, es también la
que paga más. Con su corazón.
A
este misterio está unida la maravillosa promesa formulada por Simeón cuando la
presentación de Jesús en el templo: “Una espada atravesará tu alma para que se
descubran los pensamientos de muchos corazones”.
También
esto se cumple. ¡Cuántos corazones humanos se abren ante el corazón de esta
Madre que tanto ha pagado!
Y
Jesús está de nuevo todo él en sus brazos, como lo estaba en el portal de Belén
, durante la huida a Egipto, en Nazaret.
XIV - El Cuerpo de Jesús es colocado en el sepulcro
Desde
el momento en que el hombre, a causa del pecado, se alejó del árbol de la vida,
la tierra se convirtió en un cementerio. Tantos sepulcros como hombres. Un gran
planeta de tumbas.
En
las cercanías del Calvario había una tumba que pertenecía a José de Arimatea .
En este sepulcro, con el consentimiento de José, depositaron el cuerpo de Jesús
una vez bajado de la cruz. Lo depositaron apresuradamente, para que la
ceremonia acabara antes de la fiesta de Pascua, que empezaba en el crepúsculo
Entre
todas las tumbas esparcidas por los continentes de nuestro planeta, hay una en
la que el Hijo de Dios, el hombre Jesucristo, ha vencido a la muerte con la
muerte: “Muerte, ¡yo seré tu muerte!”. El árbol de la Vida, del que el hombre
fue alejado por su pecado, se ha revelado nuevamente a los hombres en el cuerpo
de Cristo. “Si alguno come de este pan, vivirá para siempre, y el pan que yo le
daré es mi carne, vida del mundo”.
Aunque
se multipliquen siempre las tumbas en nuestro planeta, aunque crezca el
cementerio en el que el hombre surgido del polvo retorna al polvo, todos los
hombres que contemplan el sepulcro de Jesucristo viven en la esperanza de la
Resurrección.
Oración Final
Señor
Dios, por todas estas amargas penas que viviste para la salvación de todos los
hombres y que yo, aunque indigno pecador, he meditado siguiendo el camino de la
Cruz, te pido me concedas ser llevado a la gloria de la resurrección, tu que
vives y reinas con Dios Padre, en unidad del Espíritu Santo, por los siglos de
los siglos. Amén.

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