Fragmento
del discurso del
Papa Benedicto XVI
con
ocasión del encuentro con el clero de Roma
23 de
febrero de 2012
…un gran problema de la Iglesia actual es la falta de
conocimiento de la fe, es el «analfabetismo
religioso», como dijeron los cardenales el viernes pasado [en la jornada de reflexión “El anuncio del
Evangeio hoy”, previa al consistorio] refiriéndose a esta realidad.
«Analfabetismo religioso»; y con este
analfabetismo no podemos crecer, no puede crecer la unidad. Por eso,
nosotros mismos debemos reapropiarnos
[del contenido de la fe], como riqueza de la unidad y no como un paquete
de dogmas y de mandamientos, sino como una realidad única que se revela en su
profundidad y belleza. Debemos hacer todo lo posible para una renovación
catequística, para que la fe sea conocida y para que así sea conocido Dios,
para que así sea conocido Cristo, para que así sea conocida la verdad y para
que crezca la unidad en la verdad.
San Pablo habla
del crecimiento del hombre perfecto, que alcanza la medida de Cristo en su
plenitud: ya no seremos niños a merced de las olas, llevados a la deriva por
todo viento de doctrina (cf. Ef 4,
13-14). «Sino que, realizando la verdad en el amor, hagamos crecer todas las
cosas hacia él» (Ef 4, 15). No se puede vivir en un infantilismo espiritual, en un infantilismo de
fe: por desgracia, en nuestro mundo vemos este infantilismo. Muchos,
después de la primera catequesis, ya no han proseguido; tal vez haya quedado
este núcleo, o tal vez incluso se haya destruido. Y, por lo demás, están a
merced de las olas del mundo y nada más; no pueden, como adultos, con
competencia y con convicción profunda, exponer y hacer presente la filosofía de
la fe y —por decirlo así— la gran sabiduría, la racionalidad de la fe, que abre
los ojos también de los demás, que abre los ojos precisamente a lo que hay de
bueno y verdadero en el mundo. Falta
este ser adultos en la fe y existe mucho infantilismo en la fe.
Ciertamente, en
estos últimos decenios, hemos vivido también otro sentido de la palabra «fe
adulta». Se habla de «fe adulta», es decir, emancipada del Magisterio de la
Iglesia. Mientras dependo de mi madre, soy niño, y debo emanciparme; emancipado
del Magisterio, finalmente soy adulto. Pero el resultado no es una fe adulta;
el resultado es estar a merced de las olas del mundo, de las opiniones del
mundo, de la dictadura de los medios de comunicación, de la opinión que todos
tienen y quieren. No es verdadera emancipación: la emancipación de la comunión
del Cuerpo de Cristo. Al contrario, es caer bajo la dictadura de las olas, del
viento del mundo. La verdadera emancipación es precisamente liberarse de esta
dictadura, en la libertad de los hijos de Dios que creen juntos en el Cuerpo de
Cristo, con Cristo resucitado, y así ven la realidad, y son capaces de responder a los desafíos de
nuestro tiempo.
Me parece que
debemos orar mucho al Señor para que nos ayude a estar emancipados en este
sentido, libres en este sentido, con una fe realmente adulta, que ve, que hace
ver y puede ayudar también a los demás a llegar a la verdadera perfección, a la
verdadera edad adulta, en comunión con Cristo.

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