Nº 33: Fundación del Monasterio de Prouille

Prouille, cuna de la Orden
1206-2006
Hora de Guardia
Boletín de la Asociación Guardia de Honor
Año III- Nº 33
Córdoba, julio 2007



Fundación del Monasterio de Prouille


Domingo se dio cuenta de que una de las causas del progreso de la herejía era la habilidad con que los herejes se apoderaban de la educación de las jóvenes de familia noble cuando sus familias eran demasiado pobres para procurarles una educación conveniente a su jerarquía. Ante Dios pensó la manera de aportar remedio a esta seducción, y creyó llegar a ello fundando un monasterio destinado a recoger a las jóvenes católicas cuyo nacimiento y pobreza las expusiese a los lazos que les preparaba el error.

Existía en Prouille, lugar situado en una llanura entre Fanjeaux y Montreal, al pie de los Pirineos, una ermita dedicada a la Santísima Virgen y célebre desde hacía mucho tiempo por la veneración del pueblo. Domingo sentía gran afecto por Nuestra Señora de Prouille, pues con frecuencia había orado allí durante sus viajes apostólicos. Ya ascendiese o descendiese las primeras colinas de los Pirineos, el humilde santuario de Prouille se le presentaba, a la entrada de Languedoc, como un lugar de esperanza y consuelo.

Allí, al lado mismo de la iglesia, fue donde estableció su monasterio, con el consentimiento y la ayuda del obispo Foulques, que recientemente había ocupado la sede de Tolosa.

Foulques era un monje de la Orden de los Cistercienses, conocido por la pureza de su vida y el ardor de su fe; los católicos de Tolosa le eligieron obispo después que su antecesor, Ramón de Rabanstens, fue privado del episcopado por un decreto del Soberano Pontífice. Su elevación a una silla episcopal de tal importancia produjo un júbilo universal en la Iglesia, y cuando el legado Pedro de Castelnau, que estaba gravemente enfermo, lo supo, se levantó de la cama y, juntando las manos, dio gracias a Dios.

Foulques no tardó en llegar a ser amigo de Domingo y de D. Diego[1]. Favoreció con todo su poder la erección del monasterio de Prouille, al que concedió el goce, y más tarde la propiedad de la ermita de Santa María, al lado de la cual lo había edificado Santo Domingo. Berenguer, arzobispo de Narbona, le había ya precedido en aquella generosa protección, dando a las religiosas, cuatro meses después de su clausura, la iglesia de San Martín de Limoux, con todas las rentas que de ella dependían.

Tiempo después, el conde Simón de Montfort y otros católicos distinguidos hicieron grandes dádivas a Prouille, que llegó a ser una casa de oración floreciente y célebre.

Parecía que sobre ella flotaba siempre una gracia particular. La guerra civil y religiosa que estalló pronto, no se acercó a sus muros sino para respetarlos, y mientras otras iglesias eran expoliadas, y destruidos otros monasterios por la herejía armada y victoriosa con frecuencia, aquellas jóvenes indefensas podían entregarse tranquilamente a la oración en Prouille a la sombra de su claustro.

Y es que las primeras obras de los santos tienen una virginidad que conmueve el corazón de Dios, y Aquel que protege la brizna de hierba contra la tempestad, guarda la cuna de las cosas grandes.

No se sabe de manera cierta cuáles fueron las costumbres y estatutos de las religiosas de Prouille durante sus primeros tiempos. A su cabeza tenían una priora, pero bajo la autoridad de Domingo, que guardó para sí la administración espiritual y temporal del monasterio, a fin de no separar a sus queridas hijas de la Orden futura que meditaba, procurando fuesen su primer brote. Sin embargo, sus trabajos apostólicos no le permitían residir en Prouille, y se alivió de la administración temporal encargándosela a un habitante de Pamiers que le había tomado afecto y cuyo nombre era Guillermo Claret. También llamó para que le ayudasen en la administración espiritual a uno o dos eclesiásticos, franceses o españoles, cuyos nombres se ignoran.

En una parte del monasterio, situada fuera de la clausura, estaba la habitación de Domingo y sus compañeros, a fin de que esta morada, distinta, pero bajo el mismo techo, fuese una garantía de la unidad que debía existir un día entre los frailes Predicadores y las monjas Predicadoras, dos ramas salidas de un mismo tronco.

Cuando terminaron todos los preparativos, el 27 de diciembre de 1206, día de San Juan Evangelista, Domingo tuvo la alegría de abrir las puertas de Nuestra Señora de Prouille a varias señoras y jóvenes que deseaban consagrarse a Dios bajo su dirección. (...) Domingo añadió entonces a su humilde y suave calificación, la de Prior de Prouille, de manera que se llamaba “Fray Domingo, prior de Prouille”.

Enrique D. Lacordaire, O.P.
(1802-1861)



[1] Se refiere a D. Diego de Azevedo, Obispo de Osma.

2 comentarios:

Sor Teresita de la Caridad o.p. dijo...

Soy Monja Dominica en Colombia. Gracias y adelante !!!.
En Sto,. Domingo los abrazo

Sor Teresita de la Caridad o.p.

Fabiela Villani dijo...

Muchas gracias por su comentario! Aquí en Córdoba, Argentina, estamos celebrando el jubileo del primer monasterio contemplativo de hermanas dominicas de este país: el de Santa Catalina de Siena, fundado en 1613. ¡400 años de alabar, bendecir y predicar en estas tierras!
En comunión de oraciones, les mandamos nuestro afecto fraterno.