Nº 34: Nossa Senhora Aparecida

Hora de Guardia
Boletín de la Asociación Guardia de Honor
Año IV- Nº 34

Córdoba, octubre 2007


Nossa Senhora Aparecida


En el año 1554, un grupo de jesuitas dirigidos por el P. José de Anchieta, con el deseo de transmitir el tesoro de nuestra fe cristiana a los indios Tupis y Guaraníes fundan la ciudad de San Pablo y ésta se convierte en un importante centro de evangelización.


Los misioneros inculcaban con mucho celo la devoción a María Santísima, poniendo de relieve el papel que Ella, como Madre de Dios, realizó en la obra de la redención. Todas las tardes se tenía la catequesis y se rezaba el santo rosario. En muchas aldeas y villas existían cofradías del rosario, se hacían procesiones y se realizaban novenas de preparación a las fiestas religiosas.


En el año 1717 el gobernador de São Paulo y Minas Gerais, don Pedro de Almeida y Portugal, Conde de Assumar, pasó por la villa de Guaratinguetá. Los pobladores del lugar, queriendo agasajar al ilustre visitante y a su comitiva con un banquete, solicitaron a tres pescadores, Domingo Martins, Felipe Pedroso e João Alves, una provisión de peces.


Los pescadores se dirigieron al Río Paraíba. Lanzaban las redes una y otra vez pero era inútil. No conseguían pescar nada. Poco a poco, fueron navegando río arriba hasta que, a unos seis kilómetros cerca de Itaguaçu, sacaron una figura rota de terracota, cubierta de barro y sin cabeza. Echaron nuevamente las redes y apareció la cabeza, descubriendo así que se trataba una imagen de Nuestra Señora. Una vez colocada la estatuilla en la canoa, la pesca fue tan abundante, que aquellos hombres regresaron a puerto llenos de temor, porque su frágil embarcación parecía hundirse, incapaz de sostener el enorme peso de la pesca, pero al mismo tiempo maravillados por lo que había ocurrido.


No se sabe cómo la pequeña imagen de tan solo 36 centímetros fue a parar al río, pero sí se conoce a su autor, Frei Agostinho de Jesús, un monje de São Paulo que trabajaba el barro con arte y refinamiento. La imagen, que fue moldeada hacia el 1650, debió permanecer sumergida por muchos años, pues había perdido su policromía original y quedado de un brillante color castaño oscuro.


Felipe Pedroso tomó los dos pedazos, los envolvió cuidadosamente en un paño y los guardó. Conservó esta imagen en su casa por unos seis años. Luego se fue a vivir a Ponte Alta donde permaneció unos nueve años y pasado este tiempo marchó a vivir a Itaguaçu donde había encontrado la imagen. En 1733 se la obsequió a su hijo Atanasio.


Este hizo construir un oratorio y colocó la imagen de la Virgen sobre un rústico altar de palos en torno al cual se reunía con su familia y un grupo de vecinos cada sábado para rezar el rosario.


No tardó en correr la voz de los prodigios que sucedían en ese lugar a quienes acudían a pedir favores a la Virgen. El número de peregrinos que venían de los poblados cercanos creció tanto que la capillita de Itaguaçu resultó insuficiente, por lo que el P. José Alves, vicario de la parroquia de Guaratinguetá, mandó construir una capilla más grande en el Morro dos Coqueiros, que estaba más cerca de la parroquia. El templo se inauguró el 26 de julio de 1745 bajo la invocación de Nuestra Señora Aparecida y poco después surgió en torno a él un pequeño poblado.


El número de peregrinos continuó aumentando de modo extraordinario y la construcción tuvo que ampliarse en 1852 y en 1888. La devoción se extendió por todo Brasil y muy pronto comenzaron a dedicarse capillas e Iglesias a Nuestra Señora Aparecida.


La pequeña Virgen morena, de barro cocido, representa a Nuestra Señora en su Inmaculada Concepción. Está recubierta por un rígido manto de gruesa tela ricamente bordada, que sólo permite verle el rostro y las manos, unidas sobre el pecho en posición de oración. Porta la corona imperial, de oro y piedras preciosas, con la que fue coronada reina de Brasil en 1904 por don José de Camargo Barros, obispo de São Paulo, en presencia del Nuncio Apostólico. Veintiséis años más tarde, el 16 de junio de 1930, su sucesor Pío XI declaró a Nuestra Señora Aparecida Patrona del Brasil.


En 1946 comenzó la construcción de la gigantesca Basílica actual. Luce formidable con su torre de 100 metros de altura, su cúpula de 70 metros, su nave en forma de cruz griega de 173 metros de largo y 168 metros de ancho. Con una superficie total de 18.000 metros cuadrados, su capacidad de acogida es de 45.000 fieles. Por sus medidas, es la segunda Basílica más grande del mundo, después de la San Pedro en Roma.


Cada 12 de octubre acuden los devotos a la Capital mariana del país a pie, a caballo, en carreta, en moto, en auto o en ómnibus, para homenajear a la Virgen, solicitar algún don o agradecer los favores recibidos, dejando testimonio de ellos con sus exvotos y relatos de prodigios que se guardan celosamente en la sala llamada “de los milagros”, conservada como expresión de gratitud de algunos de los ocho millones de peregrinos anuales.


La Basílica fue consagrada por el Santo Padre Juan Pablo II en su visita a Brasil el 4 de junio de 1980. Unos días antes de su llegada ocurrió un lamentable incidente: una persona tomó la frágil imagen y la arrojó deliberadamente al suelo rompiéndola en muchos pedazos. Pero entre los cientos de fragmentos fueron halladas intactas las dos manos de la Virgen unidas en oración. “Este hecho tiene valor de símbolo: las manos juntas de María en medio de las ruinas son una invitación a sus hijos para que hagan sitio en sus vidas a la oración, a lo absoluto de Dios, sin el cual todo lo demás pierde sentido, valor, eficacia"[1]

El amor y el cuidadoso trabajo de artistas y expertos lograron reconstruir la imagen perfectamente, y la Virgen Aparecida retornó a su nicho en la basílica en medio de la enorme multitud que la aclamaba por Madre del Brasil.



Querida Mãe Nossa Senhora Aparecida,
Vós que nos amais e nos guiais todos os dias,
vós que sois a mais bela das Mães,
a quem eu amo de todo o meu coração.
Eu vos peço mais uma vez que me ajudeis a alcançar uma graça.
Sei que me ajudareis e sei que me acompanhareis sempre,
até a hora da minha morte.
Amén

[1] Homilía de Juan Pablo II en la Basílica de Aparecida, 4 de julio de 1980

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