Santa CeciliaHora de Guardia
Boletín de la Asociación Guardia de Honor
Año I- Nº 4
Año I- Nº 4
Córdoba, marzo de 2005
A Puro Rock
A Puro Rock
Por el Prof. José Eduardo Alonso
Ex -Director del Conservatorio Provincial de Música de Córdoba
Frecuentemente la música es fiel reflejo de la sociedad, sea porque se anticipa a las tendencias del momento o porque las sigue.
Siempre ha existido una música popular, ajustada a las características del momento; pero la eclosión de conjuntos musicales que se produjo a mediados del siglo XX, a partir de los Beatles, era cosa totalmente desconocida.
El ambiente de posguerra en los años cincuenta, cargado de frustración y hastío, predispuso al florecimiento de nuevas tendencias musicales, entre las que sobresalió el rock’ n’ roll, que atrajo el mayor número de adeptos por su estridencia y su explosión rítmica. Era lo que faltaba para el aturdimiento de la mente y la evasión de los espíritus.
Por su agresividad, pronto se identificó con la juventud en quien produjo un efecto de liberación, de ruptura con el modo de vivir, con las normas morales y sociales, todo esto precedido por la liberación sexual, como lo preconizaba Herbert Marcuse.
La revolución sexual fue el preludio de la revolución social, pues el sexo es un arma poderosa para romper con las ataduras morales, y generar una contracultura, o sea, una nueva forma de vida que se asiente sobre valores opuestos a los tradicionales.
Para Marcuse, esta contracultura significa la negación de la tutela y guía de la sociedad, y de la familia particularmente.
El barroco fue el gran arte de la Contrarreforma en el siglo XVIII; el rock es hoy el arte de esta contracultura que ha dejado al hombre falto de defensas naturales, a merced de siniestras manipulaciones a través de la música y el ruido, que lo alteran física, sicológica y mentalmente.
Junto a esta contracultura del rock, llegó el ingreso al mundo de la droga, con el que se asocia estrechamente el alcohol, la promiscuidad sexual, el aborto y el sida.
Cualquiera puede ser la teoría que pretenda explicar las causales de la aparición de este fenómeno musical; lo cierto es que destruye los valores trascendentales del cristianismo que resguardan a nuestros jóvenes, ya que significan un modo de vida sana para toda la sociedad.
En medio del estrépito de un país en derrumbe moral, no es nada sorprendente el aluvión rockero que en forma de torrente de aguas servidas, viene arrasando, como un tsunami, con un importante segmento de nuestra juventud.
Cualquier persona medianamente pensante, preocupada por la juventud del país, se estará preguntando qué intereses se mueven detrás de tanto despliegue de difusión y promoción, por todos los medios, convocando a miles de jóvenes a esos amontonamientos llamados megafestivales, de dudosa catadura.
¿Serán sólo intereses de ganancia asegurada?. ¿O también estará operando detrás de esto, la carga perversa que desde sus orígenes arrastra esta música, manipulada en la sombra por personajes u organizaciones con propuestas que no se publicitan, pero que se revelan en los mensajes subliminales que se les hace llegar a los jóvenes?
El rock nacional –extraña denominación-, con alguna característica propia, participa total y absolutamente de la filosofía del rock’ n’ rol: parte de una concepción de vida sin esperanza, anárquica y autodestructiva, para avanzar por un camino sin Dios, sin valores trascendentes, inmersa en el submundo de la droga, de la promiscuidad, el alcohol y la violencia. Sin familia y sin modelos.
Para que a nadie la quede dudas y pueda pensar que estas afirmaciones son irreales e infundadas, transcribo aquí algunas letras rockeras en las que hay reiteradas incitaciones al consumo de drogas, y elogios a la homosexualidad, al sexo libre y a la violencia:
Estás buscando alguna religión
Estás buscando un incienso (droga)
Estás buscando un porro de papá (marihuana)
“Un símbolo de paz”, Charly García
Si estás entre volver y no volver (a la droga)
Si ya metiste demasiado en tu nariz (cocaína)
“Cable a tierra”, Fito Páez
No quiero estudiar, ni ir a trabajar,
Vivo al borde de la ciudad
Me quiero volar, tengo que escapar.
“Chico Marginado”, Miguel Mateos
Cambiaste de tiempo y de amor
Cambiaste de sexo y de dios
Y en sensual abandono vendrá (la droga)
Y llevas el caño a tu sien
Bang, bang, bang
Charly García
Se empezó a cansar y así probó algunas pastillas.
Se volvió a cansar y no paró hasta la heroína
Dicen que un ángel lo atrapó en el baño
Fito Páez
Un señor que yo conozco anda siempre con muchachos
En un baño de Lavalle.
“Acuarela homosexual”, Charly García
Estos son los modelos que se proponen a nuestros jóvenes a través del rock. Seguir con ejemplos como éstos sería interminable.
La conclusión de este trabajo será una retrospección a Carmen de Patagones, considerando que encaja perfectamente aquí.
No es una referencia al hecho en sí, harto conocido, sino al tratamiento que le dieron los medios y la casi totalidad de los analistas que, mientras se rasgaban las vestiduras, miraban para otro lado para no decir con claridad cuáles fueron las verdaderas influencias que llevaron al joven a cometer el delito.
Con el sensacionalismo característico de los medios argentinos, se dieron numerosas explicaciones, todas muy racionales, pero que esquivaban prolijamente el tema del rock y su nefasta influencia. Nada de ésto era tenido en cuenta como hecho determinante de la tragedia.
Se sabía que la afición musical del joven había sido primeramente un género de apología del delito y que posteriormente había evolucionado hacia el denominado Satan Rock, encarnado en Marilyn Manson. Su idolatría por este personaje de sexo indefinido, y declarado seguidor del demonio, era evidente en la extraña vestimenta que utilizaba –generalmente negra- y en las citas textuales de las canciones y pensamientos de esta “estrella” del rock.
Algunos de sus mensajes fueron “Si alguien sabe el sentido de la vida, que lo escriba”. “La mentira es la única felicidad”.
¿Qué quería decir con ésto este joven?
Que los argentinos vamos por mal camino.
Y así terminó silenciado y ridiculizado un aspecto importante del componente de este drama, que mostró palmariamente la influencia destructiva del rock en los jóvenes.
LA VOZ DE LOS PASTORES
La Iglesia y la Cultura del Rock
Reflexión del Arzobispo de La Plata, monseñor Héctor Aguer,
en el programa “Claves para un mundo mejor”
sábado 5 de febrero de 2005
El dolor, la perplejidad, la indignación por lo ocurrido en el tristemente celebre boliche Cromañón, van a perdurar por mucho tiempo en la sociedad Argentina.
Todos esperamos que el episodio se esclarezca definitivamente y que se haga justicia, la ocasión ha sido también propicia para que surgiera una nueva conciencia sobre los peligros que asedian a nuestros jóvenes en sus diversiones semanales y se ha hecho notar la venta de alcohol antes, durante y después de los espectáculos. También el consumo excesivo de energizantes y de como corre la droga en determinados lugares.
Pero me gustaría referirme a otros daños de los cuales creo que pocos han hablado, con alguna excepción, y son varios temas inherentes a las características de la llamada “Cultura Rockera”. Y esto es sobre el ambiente que se crea en esos lugares que también tiene que ver, a veces, con algunos de los elementos que he mencionado antes sino también, con las características propias del espectáculo mismo.
La música, por darle con algún reparo ese nombre a ese ruido ensordecedor que conmueve incluso físicamente, y que impide toda comunicación humana y también impide el hecho tan profundamente humano de la danza. La luz, los juegos de luces, la luz y la sombra, todo se predispone para inhibir los controles racionales y volitivos.
Todo eso me parece que promueve e impulsa una especie de libertad anárquica en la cual no es lo mejor, lo más elevado del hombre y de la mujer, lo que se ponen de manifiesto.
Podemos añadir a estos elementos también esa especie de extraña comunión que se crea en los famosos recitales. Y las bengalas y otras expresiones ruidosas o lumínicas tienen mucho que ver con eso.
Hay una especie de sentimiento religioso de comunión allí y la figura total de hombre y de mujer que se manifiesta y aparece creo que no es aquella expresión, tan bella, tan noble, tan verdadera que corresponde a nuestra condición. Más aún en el caso de los cristianos a la vivencia de la fe, de las virtudes evangélicas y de la gracia de la redención.
Me gustaría ser muy claro en todo esto: considero que globalmente enfocada lo que se llama “cultura rockera” o “subcultura rockera” es incompatible con la vida cristiana, entendida en todo su rigor, plenitud y en toda su grandeza porque esos impulsos nobles de la naturaleza humana hacia la verdad, hacia el bien y la belleza quedan como bloqueados en semejante ambiente y en esas circunstancias.
A eso podemos añadir el contenido de las letras de las canciones cuando se trata de entender lo que dicen porque son bastantes incoherentes y, muchas veces, no hay una lógica que presida la distribución de las frases.
Son mensajes que, en general, no apuntan a lo mejor y hasta constituyen una especie de campaña destructiva de la persona.
Les confieso que a mí hasta me da pena que poseyendo la Argentina una riqueza folclórica extraordinaria que expresa lo profundo de nuestro país miles de jóvenes, por no hablar de millones, queden cautivados por este fenómeno de la cultura rock.
También me da mucho pensar que la mayoría de los chicos que pasan por nuestras parroquias recibiendo los sacramentos o que son alumnos de nuestros colegios católicos se plieguen a esto. Me parece que aquí hay una deficiencia nuestra. Hay defectos de educación que corresponden al papel fundamental de la familia, de los institutos religiosos educativos, de nuestra catequesis que ha fallado y de nuestra predicación como pastores también.
No sé si ustedes han escuchado muchas veces decir esto que yo acabo de comentar con cierto riesgo de que me consideren un troglodita o un exagerado, pero lo digo de verdad, con el corazón y con convicción para que también ustedes lo piensen.
Ex -Director del Conservatorio Provincial de Música de Córdoba
Frecuentemente la música es fiel reflejo de la sociedad, sea porque se anticipa a las tendencias del momento o porque las sigue.
Siempre ha existido una música popular, ajustada a las características del momento; pero la eclosión de conjuntos musicales que se produjo a mediados del siglo XX, a partir de los Beatles, era cosa totalmente desconocida.
El ambiente de posguerra en los años cincuenta, cargado de frustración y hastío, predispuso al florecimiento de nuevas tendencias musicales, entre las que sobresalió el rock’ n’ roll, que atrajo el mayor número de adeptos por su estridencia y su explosión rítmica. Era lo que faltaba para el aturdimiento de la mente y la evasión de los espíritus.
Por su agresividad, pronto se identificó con la juventud en quien produjo un efecto de liberación, de ruptura con el modo de vivir, con las normas morales y sociales, todo esto precedido por la liberación sexual, como lo preconizaba Herbert Marcuse.
La revolución sexual fue el preludio de la revolución social, pues el sexo es un arma poderosa para romper con las ataduras morales, y generar una contracultura, o sea, una nueva forma de vida que se asiente sobre valores opuestos a los tradicionales.
Para Marcuse, esta contracultura significa la negación de la tutela y guía de la sociedad, y de la familia particularmente.
El barroco fue el gran arte de la Contrarreforma en el siglo XVIII; el rock es hoy el arte de esta contracultura que ha dejado al hombre falto de defensas naturales, a merced de siniestras manipulaciones a través de la música y el ruido, que lo alteran física, sicológica y mentalmente.
Junto a esta contracultura del rock, llegó el ingreso al mundo de la droga, con el que se asocia estrechamente el alcohol, la promiscuidad sexual, el aborto y el sida.
Cualquiera puede ser la teoría que pretenda explicar las causales de la aparición de este fenómeno musical; lo cierto es que destruye los valores trascendentales del cristianismo que resguardan a nuestros jóvenes, ya que significan un modo de vida sana para toda la sociedad.
En medio del estrépito de un país en derrumbe moral, no es nada sorprendente el aluvión rockero que en forma de torrente de aguas servidas, viene arrasando, como un tsunami, con un importante segmento de nuestra juventud.
Cualquier persona medianamente pensante, preocupada por la juventud del país, se estará preguntando qué intereses se mueven detrás de tanto despliegue de difusión y promoción, por todos los medios, convocando a miles de jóvenes a esos amontonamientos llamados megafestivales, de dudosa catadura.
¿Serán sólo intereses de ganancia asegurada?. ¿O también estará operando detrás de esto, la carga perversa que desde sus orígenes arrastra esta música, manipulada en la sombra por personajes u organizaciones con propuestas que no se publicitan, pero que se revelan en los mensajes subliminales que se les hace llegar a los jóvenes?
El rock nacional –extraña denominación-, con alguna característica propia, participa total y absolutamente de la filosofía del rock’ n’ rol: parte de una concepción de vida sin esperanza, anárquica y autodestructiva, para avanzar por un camino sin Dios, sin valores trascendentes, inmersa en el submundo de la droga, de la promiscuidad, el alcohol y la violencia. Sin familia y sin modelos.
Para que a nadie la quede dudas y pueda pensar que estas afirmaciones son irreales e infundadas, transcribo aquí algunas letras rockeras en las que hay reiteradas incitaciones al consumo de drogas, y elogios a la homosexualidad, al sexo libre y a la violencia:
Estás buscando alguna religión
Estás buscando un incienso (droga)
Estás buscando un porro de papá (marihuana)
“Un símbolo de paz”, Charly García
Si estás entre volver y no volver (a la droga)
Si ya metiste demasiado en tu nariz (cocaína)
“Cable a tierra”, Fito Páez
No quiero estudiar, ni ir a trabajar,
Vivo al borde de la ciudad
Me quiero volar, tengo que escapar.
“Chico Marginado”, Miguel Mateos
Cambiaste de tiempo y de amor
Cambiaste de sexo y de dios
Y en sensual abandono vendrá (la droga)
Y llevas el caño a tu sien
Bang, bang, bang
Charly García
Se empezó a cansar y así probó algunas pastillas.
Se volvió a cansar y no paró hasta la heroína
Dicen que un ángel lo atrapó en el baño
Fito Páez
Un señor que yo conozco anda siempre con muchachos
En un baño de Lavalle.
“Acuarela homosexual”, Charly García
Estos son los modelos que se proponen a nuestros jóvenes a través del rock. Seguir con ejemplos como éstos sería interminable.
La conclusión de este trabajo será una retrospección a Carmen de Patagones, considerando que encaja perfectamente aquí.
No es una referencia al hecho en sí, harto conocido, sino al tratamiento que le dieron los medios y la casi totalidad de los analistas que, mientras se rasgaban las vestiduras, miraban para otro lado para no decir con claridad cuáles fueron las verdaderas influencias que llevaron al joven a cometer el delito.
Con el sensacionalismo característico de los medios argentinos, se dieron numerosas explicaciones, todas muy racionales, pero que esquivaban prolijamente el tema del rock y su nefasta influencia. Nada de ésto era tenido en cuenta como hecho determinante de la tragedia.
Se sabía que la afición musical del joven había sido primeramente un género de apología del delito y que posteriormente había evolucionado hacia el denominado Satan Rock, encarnado en Marilyn Manson. Su idolatría por este personaje de sexo indefinido, y declarado seguidor del demonio, era evidente en la extraña vestimenta que utilizaba –generalmente negra- y en las citas textuales de las canciones y pensamientos de esta “estrella” del rock.
Algunos de sus mensajes fueron “Si alguien sabe el sentido de la vida, que lo escriba”. “La mentira es la única felicidad”.
¿Qué quería decir con ésto este joven?
Que los argentinos vamos por mal camino.
Y así terminó silenciado y ridiculizado un aspecto importante del componente de este drama, que mostró palmariamente la influencia destructiva del rock en los jóvenes.
LA VOZ DE LOS PASTORES
La Iglesia y la Cultura del Rock
Reflexión del Arzobispo de La Plata, monseñor Héctor Aguer,
en el programa “Claves para un mundo mejor”
sábado 5 de febrero de 2005
El dolor, la perplejidad, la indignación por lo ocurrido en el tristemente celebre boliche Cromañón, van a perdurar por mucho tiempo en la sociedad Argentina.
Todos esperamos que el episodio se esclarezca definitivamente y que se haga justicia, la ocasión ha sido también propicia para que surgiera una nueva conciencia sobre los peligros que asedian a nuestros jóvenes en sus diversiones semanales y se ha hecho notar la venta de alcohol antes, durante y después de los espectáculos. También el consumo excesivo de energizantes y de como corre la droga en determinados lugares.
Pero me gustaría referirme a otros daños de los cuales creo que pocos han hablado, con alguna excepción, y son varios temas inherentes a las características de la llamada “Cultura Rockera”. Y esto es sobre el ambiente que se crea en esos lugares que también tiene que ver, a veces, con algunos de los elementos que he mencionado antes sino también, con las características propias del espectáculo mismo.
La música, por darle con algún reparo ese nombre a ese ruido ensordecedor que conmueve incluso físicamente, y que impide toda comunicación humana y también impide el hecho tan profundamente humano de la danza. La luz, los juegos de luces, la luz y la sombra, todo se predispone para inhibir los controles racionales y volitivos.
Todo eso me parece que promueve e impulsa una especie de libertad anárquica en la cual no es lo mejor, lo más elevado del hombre y de la mujer, lo que se ponen de manifiesto.
Podemos añadir a estos elementos también esa especie de extraña comunión que se crea en los famosos recitales. Y las bengalas y otras expresiones ruidosas o lumínicas tienen mucho que ver con eso.
Hay una especie de sentimiento religioso de comunión allí y la figura total de hombre y de mujer que se manifiesta y aparece creo que no es aquella expresión, tan bella, tan noble, tan verdadera que corresponde a nuestra condición. Más aún en el caso de los cristianos a la vivencia de la fe, de las virtudes evangélicas y de la gracia de la redención.
Me gustaría ser muy claro en todo esto: considero que globalmente enfocada lo que se llama “cultura rockera” o “subcultura rockera” es incompatible con la vida cristiana, entendida en todo su rigor, plenitud y en toda su grandeza porque esos impulsos nobles de la naturaleza humana hacia la verdad, hacia el bien y la belleza quedan como bloqueados en semejante ambiente y en esas circunstancias.
A eso podemos añadir el contenido de las letras de las canciones cuando se trata de entender lo que dicen porque son bastantes incoherentes y, muchas veces, no hay una lógica que presida la distribución de las frases.
Son mensajes que, en general, no apuntan a lo mejor y hasta constituyen una especie de campaña destructiva de la persona.
Les confieso que a mí hasta me da pena que poseyendo la Argentina una riqueza folclórica extraordinaria que expresa lo profundo de nuestro país miles de jóvenes, por no hablar de millones, queden cautivados por este fenómeno de la cultura rock.
También me da mucho pensar que la mayoría de los chicos que pasan por nuestras parroquias recibiendo los sacramentos o que son alumnos de nuestros colegios católicos se plieguen a esto. Me parece que aquí hay una deficiencia nuestra. Hay defectos de educación que corresponden al papel fundamental de la familia, de los institutos religiosos educativos, de nuestra catequesis que ha fallado y de nuestra predicación como pastores también.
No sé si ustedes han escuchado muchas veces decir esto que yo acabo de comentar con cierto riesgo de que me consideren un troglodita o un exagerado, pero lo digo de verdad, con el corazón y con convicción para que también ustedes lo piensen.
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