Hora de Guardia Boletín de la Asociación Guardia de Honor
Año II- Nº 24
Año II- Nº 24
Córdoba, 1 de junio de 2006
ACTUALIDAD DE LA DEVOCIÓN AL CORAZON DE JESÚS
por José Luis de Urrutia, S.J.
Ante la gravísima crisis del actual alejamiento de Dios, raíz de todo mal, hay que volver a la esencia de la religión, insistir en nuestra relación vertical con Dios, lo cual se logra perfectamente mediante el trato íntimo con EL por la vía más fácil y que más nos capta: el amor personal a Cristo como respuesta a la entrega de su Corazón.
Ante la marea negra de los pecados de lujuria y ambición, por el ansia insaciable de placeres, lícitos o ilícitos, lo que más puede contenernos para no ofenderle, para reparar junto a El, es contemplar su corazón padeciendo pleno de amor y humillado por nuestros pecados.
Ante nuestro propio orgullo y la soberbia de nuestro corazón, tan hinchado por las ideas modernas, nada más oportuno que aprender del Corazón de Cristo, en la oración, su mansedumbre y humildad, para aceptar el Magisterio instituido por El.
Buena prueba de ser esta espiritualidad el mejor antídoto contra la contaminación heterodoxa, es la absoluta incompatibilidad entre ambas: ni los que permanecen leales al Corazón de Jesús caen en herejías, ni los tocados de ellas admiten esta devoción.
Según el Vaticano II “late una aspiración universal y profunda: las personas y los grupos sociales están sedientos de una vida plena y de una vida libre, digna del hombre, poniendo a su servicio las inmensas posibilidades que les ofrece el mundo real”. Porque “la humanidad toma conciencia que puede y debe no sólo perfeccionar su dominio sobre las cosas creadas, sino que le corresponde además establecer un orden político, económico y social que esté más al servicio del hombre y permita a cada grupo afirmar y cultivar su propia dignidad” (GS,9)
Nuestra s justas aspiraciones de elevación y dignidad humana., de ninguna manera las realizaremos mejor que incorporándonos a Dios, a su amor, a la obra grandiosa de la corredención con Cristo, a su reino eterno, reino que es el único capaz de llenar plenamente nuestras ansias de perfección natural y sobrenatural. Pero la mejor vía para esa incorporación es su Corazón, con todo los que supone de correspondencia y de entrega según su específica espiritualidad.
Dentro de ella, y más que por cualquier otro medio, esta vinculación con el Señor, superando egoísmos y ambiciones, nos dará luz y fuerza para ver en el prójimo a nuestro hermano, ver en él al mismo Cristo, tratarle con todo respeto y si es necesario perdonarle su enemistad o sacrificarnos por su promoción completa, humana y religiosa, en un amor universal que abarque a toso los hombres.
Entonces sí. Si logramos introducir en nuestra familia, en nuestra comunidad, en nuestra nación, en el mundo, la práctica auténtica de esta caridad cristiana, conseguiremos en todos los niveles la paz social que la humanidad anhela, y que es fundamento de la felicidad temporal e incluso preparación de la eterna.
Será conveniente, y para nuestro apostolado muy útil, no olvidar que las revelaciones del Corazón de Jesús a Santa Margarita, según el mismo Cristo repite, están dirigidas principalmente a procurar la conversión y salvación de los pecadores, pues el Señor afirma que muchos se condenan. Pero también se ha de insistir al mismo tiempo, en el incomparable valor de esta espiritualidad para subir a los más altos grados de santidad, como experimentalmente lo demuestran tanto místicos y santos que la han practicado.
Y el que haya santos, ¡sí que es el remedio más eficaz y la realización plena de las aspiraciones humanas!
No confiemos en otros reformadores que los santos. Un santo es el único capaz de hablar a los opresores con el fuego y al amor necesarios para convertirlos. Un santo sabe aplicar a los oprimidos el opio embriagador del ideal cristiano para transformar su amargura ene esperanza gozosa. Un santo convence con su vida abnegada, arrastra con su ejemplo desprendido, consigue con su oración fervorosa la paz plena prometida a los discípulos.
Y la mejor fragua de santos es el Corazón de Cristo, con su amor, para prender el fuego que trajo a la tierra (Lc 12,49); con su verdad, para encender la luz que puso en el mundo (Mt 5,14); con su bondad, para que aprendamos de El a pasar por la vida haciendo el bien a todos (Hch 10,38).
Cristo, en esta hora definitiva, necesita santos. Nos invita: “Estoy a tu puerta y llamo” (Ap 3,20). ¿Estás dispuesto a abrir de par en par tus puertas para que el amor de Cristo invada y transforme tu vida, en la más bella y grandiosa intimidad?
ACTUALIDAD DE LA DEVOCIÓN AL CORAZON DE JESÚS
por José Luis de Urrutia, S.J.
Ante la gravísima crisis del actual alejamiento de Dios, raíz de todo mal, hay que volver a la esencia de la religión, insistir en nuestra relación vertical con Dios, lo cual se logra perfectamente mediante el trato íntimo con EL por la vía más fácil y que más nos capta: el amor personal a Cristo como respuesta a la entrega de su Corazón.
Ante la marea negra de los pecados de lujuria y ambición, por el ansia insaciable de placeres, lícitos o ilícitos, lo que más puede contenernos para no ofenderle, para reparar junto a El, es contemplar su corazón padeciendo pleno de amor y humillado por nuestros pecados.
Ante nuestro propio orgullo y la soberbia de nuestro corazón, tan hinchado por las ideas modernas, nada más oportuno que aprender del Corazón de Cristo, en la oración, su mansedumbre y humildad, para aceptar el Magisterio instituido por El.
Buena prueba de ser esta espiritualidad el mejor antídoto contra la contaminación heterodoxa, es la absoluta incompatibilidad entre ambas: ni los que permanecen leales al Corazón de Jesús caen en herejías, ni los tocados de ellas admiten esta devoción.
Según el Vaticano II “late una aspiración universal y profunda: las personas y los grupos sociales están sedientos de una vida plena y de una vida libre, digna del hombre, poniendo a su servicio las inmensas posibilidades que les ofrece el mundo real”. Porque “la humanidad toma conciencia que puede y debe no sólo perfeccionar su dominio sobre las cosas creadas, sino que le corresponde además establecer un orden político, económico y social que esté más al servicio del hombre y permita a cada grupo afirmar y cultivar su propia dignidad” (GS,9)
Nuestra s justas aspiraciones de elevación y dignidad humana., de ninguna manera las realizaremos mejor que incorporándonos a Dios, a su amor, a la obra grandiosa de la corredención con Cristo, a su reino eterno, reino que es el único capaz de llenar plenamente nuestras ansias de perfección natural y sobrenatural. Pero la mejor vía para esa incorporación es su Corazón, con todo los que supone de correspondencia y de entrega según su específica espiritualidad.
Dentro de ella, y más que por cualquier otro medio, esta vinculación con el Señor, superando egoísmos y ambiciones, nos dará luz y fuerza para ver en el prójimo a nuestro hermano, ver en él al mismo Cristo, tratarle con todo respeto y si es necesario perdonarle su enemistad o sacrificarnos por su promoción completa, humana y religiosa, en un amor universal que abarque a toso los hombres.
Entonces sí. Si logramos introducir en nuestra familia, en nuestra comunidad, en nuestra nación, en el mundo, la práctica auténtica de esta caridad cristiana, conseguiremos en todos los niveles la paz social que la humanidad anhela, y que es fundamento de la felicidad temporal e incluso preparación de la eterna.
Será conveniente, y para nuestro apostolado muy útil, no olvidar que las revelaciones del Corazón de Jesús a Santa Margarita, según el mismo Cristo repite, están dirigidas principalmente a procurar la conversión y salvación de los pecadores, pues el Señor afirma que muchos se condenan. Pero también se ha de insistir al mismo tiempo, en el incomparable valor de esta espiritualidad para subir a los más altos grados de santidad, como experimentalmente lo demuestran tanto místicos y santos que la han practicado.
Y el que haya santos, ¡sí que es el remedio más eficaz y la realización plena de las aspiraciones humanas!
No confiemos en otros reformadores que los santos. Un santo es el único capaz de hablar a los opresores con el fuego y al amor necesarios para convertirlos. Un santo sabe aplicar a los oprimidos el opio embriagador del ideal cristiano para transformar su amargura ene esperanza gozosa. Un santo convence con su vida abnegada, arrastra con su ejemplo desprendido, consigue con su oración fervorosa la paz plena prometida a los discípulos.
Y la mejor fragua de santos es el Corazón de Cristo, con su amor, para prender el fuego que trajo a la tierra (Lc 12,49); con su verdad, para encender la luz que puso en el mundo (Mt 5,14); con su bondad, para que aprendamos de El a pasar por la vida haciendo el bien a todos (Hch 10,38).
Cristo, en esta hora definitiva, necesita santos. Nos invita: “Estoy a tu puerta y llamo” (Ap 3,20). ¿Estás dispuesto a abrir de par en par tus puertas para que el amor de Cristo invada y transforme tu vida, en la más bella y grandiosa intimidad?
No hay comentarios:
Publicar un comentario