
Hora de Guardia
Boletín de la Asociación Guardia de Honor
Año II- Nº 17
Año II- Nº 17
Córdoba, 18 de noviembre de 2005
UN MILAGRO DE NUESTRA SEÑORA
Por Ernesto Giménez Caballero
En San Miguel del Monte -un lugar de Bretaña, cerca de Normandía, al norte de Francia- había antiguamente un monasterio, llamado San Miguel de la Tumba. Era un lugar peligroso y triste. El mar rodeaba al convento. Y los monjes que en él vivían pasaban hambre y calamidades.
Sin embargo, este monasterio tenía algo muy bueno y que le daba mucha fama, haciendo que las gentes de los pueblos más lejanos acudieran a él en romería.
Lo que tenía de bueno este monasterio, en su iglesia, era una imagen muy preciosa de la Virgen.
¿Cómo era esa imagen de la Virgen? Sentada en su trono, sobre el altar, la Virgen sostenía en sus brazos al Niño Jesús, su Hijo. Y a sus pies, los Reyes Magos la adoraban, arrodillados, como a Reina del Cielo que era, con su rica corona en la cabeza.
Tan maravillosamente estaba hecha esta estatua de la Virgen, que parecía la misma Virgen de verdad.
Y para que el polvo y la luz fuerte del sol no llegasen a estropear esta imagen, un velo muy fino colgaba sobre el altar. Y también un abanico, de plumas de pavo real, de plumas que relucían como estrellas.
Pero los frailes del convento no eran todo lo buenos que Dios quería. Y para castigarlos Dios por sus pecados, estalló una noche fuerte tormenta. Y en lo más miedoso de la tormenta, un rayo cayó sobre la iglesia, incendiándola. Todo el monasterio ardió, toda la iglesia. Los libros y los paños sagrados ardieron. Y los cálices, y las velas, y las vigas del techo, y los muros. Y hasta los monjes estuvieron en gravísimo peligro de morir abrasados.
Todo, todo ardió en aquel fuego grande y terrible, menos la imagen de la Virgen con el Niño Jesús en brazos y con el abanico de plumas de pavo real. Y sus plumas, lucientes como estrellas. Ni una chispa tocó a la sagrada imagen.
Cuando el fuego terminó y los monjes y las gentes de los pueblos vieron que todo había ardido menos la imagen de la Virgen, pensaron que aquello era un milagro de Nuestra Señora.
Y este milagro lo fueron contando de aldea en aldea, de ciudad en ciudad, por todo el mundo.
Y para que nadie se olvidara de este milagro, un monje lo escribió en latín sobre un libro. Y este libro en latín que contaba el milagro de Nuestra Señora, lo leyó un día un religioso español que se llamaba Gonzalo de Berceo.
Gonzalo de Berceo había nacido en el siglo XIII. Había nacido, como su nombre dice, en Berceo, un pueblecito cerca de Calahorra, en la región castellana llamada la Rioja.
Gonzalo de Berceo, cuando leyó este libro en latín, vivía en el monasterio riojano de San Millán de la Cogolla, que estaba al lado del pueblecito de Berceo.
Y tanto le gustaron esos milagros del libro latino, que los puso en versos castellanos muy preciosos. Y así hizo otro libro, que llamó Milagros de Nuestra Señora, y entre esos milagros escribió éste de la iglesia incendiada que acabamos de contar:
Sant Migael de la Tumba es un grand monesterio.
El mar lo çerca todo, elli yaze en medio,
En logar peligroso, do sufren grand lazerio
Los monges que ahí vivían en essi cimiterio.
En esti monesterio que avemos nomnado
Avie de buenos monges buen convento probado.
Altar de la Gloriosa rico e mui onrrado,
En él rica Imagen de preçio mui granado.
Estaba la Imagen en su trono posada,
Su Fijo en sus braços, cosa es costumnada.
Los Reyes redor della, estaba bien compannada,
Como rica Reina de Dios santificada.
Cayó rayo del çielo por los graves pecados.
Ençendió la iglesia de todos cuatro cabos.
Quemó todos los libros e los pannos sagrados.
Por poco que los monges que non foron quemados.
Ardieron los armarios e todos los frontales.
Ardieron las ampollas, cálices e çiriales.
Maguer que fue el fuego tan fuerte e tan quemante,
Nin llegó a la Dueña nin llegó al Infante.
Esto tuvieron todos por fiera maravella:
Que nin fumo nin fuego non se llegó a ella.
El preçioso milagro non cayó en olvido.
Fue luego bien dictado, en escrito metido
Por Ernesto Giménez Caballero
En San Miguel del Monte -un lugar de Bretaña, cerca de Normandía, al norte de Francia- había antiguamente un monasterio, llamado San Miguel de la Tumba. Era un lugar peligroso y triste. El mar rodeaba al convento. Y los monjes que en él vivían pasaban hambre y calamidades.
Sin embargo, este monasterio tenía algo muy bueno y que le daba mucha fama, haciendo que las gentes de los pueblos más lejanos acudieran a él en romería.
Lo que tenía de bueno este monasterio, en su iglesia, era una imagen muy preciosa de la Virgen.
¿Cómo era esa imagen de la Virgen? Sentada en su trono, sobre el altar, la Virgen sostenía en sus brazos al Niño Jesús, su Hijo. Y a sus pies, los Reyes Magos la adoraban, arrodillados, como a Reina del Cielo que era, con su rica corona en la cabeza.
Tan maravillosamente estaba hecha esta estatua de la Virgen, que parecía la misma Virgen de verdad.
Y para que el polvo y la luz fuerte del sol no llegasen a estropear esta imagen, un velo muy fino colgaba sobre el altar. Y también un abanico, de plumas de pavo real, de plumas que relucían como estrellas.
Pero los frailes del convento no eran todo lo buenos que Dios quería. Y para castigarlos Dios por sus pecados, estalló una noche fuerte tormenta. Y en lo más miedoso de la tormenta, un rayo cayó sobre la iglesia, incendiándola. Todo el monasterio ardió, toda la iglesia. Los libros y los paños sagrados ardieron. Y los cálices, y las velas, y las vigas del techo, y los muros. Y hasta los monjes estuvieron en gravísimo peligro de morir abrasados.
Todo, todo ardió en aquel fuego grande y terrible, menos la imagen de la Virgen con el Niño Jesús en brazos y con el abanico de plumas de pavo real. Y sus plumas, lucientes como estrellas. Ni una chispa tocó a la sagrada imagen.
Cuando el fuego terminó y los monjes y las gentes de los pueblos vieron que todo había ardido menos la imagen de la Virgen, pensaron que aquello era un milagro de Nuestra Señora.
Y este milagro lo fueron contando de aldea en aldea, de ciudad en ciudad, por todo el mundo.
Y para que nadie se olvidara de este milagro, un monje lo escribió en latín sobre un libro. Y este libro en latín que contaba el milagro de Nuestra Señora, lo leyó un día un religioso español que se llamaba Gonzalo de Berceo.
Gonzalo de Berceo había nacido en el siglo XIII. Había nacido, como su nombre dice, en Berceo, un pueblecito cerca de Calahorra, en la región castellana llamada la Rioja.
Gonzalo de Berceo, cuando leyó este libro en latín, vivía en el monasterio riojano de San Millán de la Cogolla, que estaba al lado del pueblecito de Berceo.
Y tanto le gustaron esos milagros del libro latino, que los puso en versos castellanos muy preciosos. Y así hizo otro libro, que llamó Milagros de Nuestra Señora, y entre esos milagros escribió éste de la iglesia incendiada que acabamos de contar:
Sant Migael de la Tumba es un grand monesterio.
El mar lo çerca todo, elli yaze en medio,
En logar peligroso, do sufren grand lazerio
Los monges que ahí vivían en essi cimiterio.
En esti monesterio que avemos nomnado
Avie de buenos monges buen convento probado.
Altar de la Gloriosa rico e mui onrrado,
En él rica Imagen de preçio mui granado.
Estaba la Imagen en su trono posada,
Su Fijo en sus braços, cosa es costumnada.
Los Reyes redor della, estaba bien compannada,
Como rica Reina de Dios santificada.
Cayó rayo del çielo por los graves pecados.
Ençendió la iglesia de todos cuatro cabos.
Quemó todos los libros e los pannos sagrados.
Por poco que los monges que non foron quemados.
Ardieron los armarios e todos los frontales.
Ardieron las ampollas, cálices e çiriales.
Maguer que fue el fuego tan fuerte e tan quemante,
Nin llegó a la Dueña nin llegó al Infante.
Esto tuvieron todos por fiera maravella:
Que nin fumo nin fuego non se llegó a ella.
El preçioso milagro non cayó en olvido.
Fue luego bien dictado, en escrito metido
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