Nª 52: Santa Teresita y la devoción mariana

HORA DE GUARDIA 
Boletín de la Asociación Guardia de Honor 
Año VII- Nº 52 
Córdoba, 4 de noviembre de 2010
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Santa Teresita y la Devoción Mariana
Fuente: Panorama Católico Internacional


Este año la solemnidad de Nuestra Señora del Rosario coincide con la fiesta de santa Teresita. Les hablaré, entonces, de la devoción mariana de Santa Teresita. Dos ideas predominan en su devoción a la Santísima Virgen: una admiración y veneración inmensas para con Ella. un recurso a María como el de una niña a su madre, con total confianza.

Hay que recordar la curación milagrosa que Nuestra Señora de las Victorias concedió a Teresita cuando todavía era niña. “De repente, la Santísima Virgen me pareció hermosa, tan hermosa, que nunca había visto nada más bello. Su rostro respiraba bondad y ternura inefables. Pero lo que me llegó hasta el fundo del alma fue la encantadora sonrisa de la Santísima Virgen. En aquel momento, todas mis penas se desvanecieron”. 
Este acontecimiento está al principio de la devoción mariana de Teresita, sencilla como ella, totalmente confiada y llena de veneración. Tenía también una especial devoción a una estampita de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro. Dirá, en su terrible agonía:
“¡Oh Dios mío, oh Dulce Virgen María, venid en mi socorro !” 

Un año después de la maravillosa sonrisa de María, escribió esta oración: “Querida Virgencita, haz que su Teresita no se atormente nunca más”

Pidamos a menudo la gracia de la paz interior, Dios es un Dios de paz. El diablo es un eternamente atormentado. Si sufrimos algo, sepamos sufrir sin atormentarnos, sin perder la paz interior, la cual acompaña siempre la cruz aceptada. Hay que refugiarse en el Corazón de María que es, decía Teresita, “la única fortaleza de la que el enemigo no nos puede expulsar”. 

En los dos últimos meses de su vida, Santa Teresita tuvo dos pensamientos bellos y muy edificantes sobre la Santísima Virgen. Le dejo la palabra:

En el día 21 de agosto: “¡Cuánto me hubiera gustado ser sacerdote para predicar sobre la Santísima Virgen! Un solo sermón me habría bastado para decir todo lo que pienso a este respecto. (…) Para que un sermón sobre la Santísima Virgen me guste y me aproveche, es necesario que me haga ver su vida real, no su vida supuesta; y estoy segura que su vida real fue en extremo sencilla. (…) Sabemos muy bien que la Santísima Virgen es la Reina del Cielo y de la tierra, pero es MÁS MADRE QUE REINA , y no se debe decir que a causa de sus prerrogativas eclipsa la gloria de los santos, a la manera que el sol, al amanecer, hace desaparecer a las estrellas. ¡Dios mío, qué extraño es esto! ¡Una madre que hace desaparecer la gloria de sus hijos! Yo pienso todo lo contrario (¡de hecho las estrellas del manto de la Guadalupana se ven muy bien! Y no dijo la Virgen a Juan Diego: “Haz lo que te pido porque soy tu Reina”, dijo: “¿No estoy aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra y protección? ¿No soy yo la fuente de tu vida? ¿No estás bajo los pliegues de mi manto? ¿Bajo el cobijo de mis brazos? ¿Hay algo más que puede necesitar?” – Es realmente una Madre la que está hablando –. Creo que Ella aumentará en mucho el esplendor de los elegidos. Está bien de hablar de sus prerrogativas, pero no hay que pararse ahí; si en un sermón se ve uno obligado desde el principio hasta el fin a exclamar y hacer: ¡Ah, ah!, ya se tiene bastante. ¡Quien sabe si algún alma no llegará hasta a sentir desvío hacia una criatura tan superior, y se dirá: “Si esto es así, con tal de ir a brillar como se pueda en algún pequeño rincón”! Lo único en que la Santísima Virgen es superior a nosotros es que no podía pecar, que estaba exenta del pecado original. Pero por otra parte, tuvo menos suerte que nosotros, puesto que no tuvo ni tiene a una Santísima Virgen a quien amar. ¡Es una dulzura más para nosotros, y una dulzura menos para Ella! En fin, en mi cántico “Por qué te amo, ¡oh María!”, he dicho todo lo que predicaría sobre ella: Viniste a sonreírme de mi vida en la aurora, ¡Sonríeme en la tarde…, que ya va oscureciendo…! No temo el resplandor de tu gloria suprema, He sufrido contigo, y ahora yo deseo Cantar en tus rodillas, María, por qué te amo, ¡Y, repetir por siempre que soy tu hija, quiero…"

En el día 8 de setiembre, pocos días antes de morir, Santa Teresita escribió, al dorso de la estampita de Nuestra Señora de las Victorias, su última y audaz oración a Nuestra Señora: “¡Oh María, si yo fuera la Reina del cielo y vos fueseis Teresa, quisiera ser Teresa a fin de que vos fueseis la Reina del cielo!”.

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