Nº 50: Nª Srª de los Milagros de Santa Fe

HORA DE GUARDIA 
Boletín de la Asociación Guardia de Honor 
Año VI -Nº 50 
Córdoba, 2 de mayo de 2010
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Nuestra Señora de los Milagros de Santa Fe

En 1634 de paso por la ciudad de Santa Fe (Argentina) rumbo a la Reducción de San Ignacio Miní, un artista de fina sensibilidad, el Hermano Luis Berger, a pedido de los Congregantes Marianos, accedió gustoso a pintar un cuadro que se llamó “de la Pura y Limpia Concepción”. Fue plasmada en un lienzo que mide 1,33 x 0,96 m y que actualmente se venera en el Santuario de Nuestra Señora de los Milagros de Santa Fe

Dos años más tarde ocurrieron los hechos prodigiosos que ahora relatamos. Era el 9 de mayo y la pequeña ciudad iniciaba un nuevo día otoñal de arduas tareas. En el templo de la Compañía de Jesús, edificado sobre uno de los costados de la plaza mayor, el Padre Rector del Colegio y de la Iglesia, Pedro de Helgueta, oraba arrodillado frente al cuadro de Nuestra Señora, como todas las mañanas. Habiendo finalizado la Misa, alrededor de las ocho, el Padre levantó la vista hacia el cuadro y se sorprendió por lo que creyó era humedad del ambiente condensada en la pintura. 

Pero pronto comprendió que el brillo tenía un origen distinto. Incorporándose descubrió que de la mitad de la Imagen para arriba, la pintura estaba totalmente seca, mientras que hacia abajo corrían hilos de agua resultantes de innumerables gotas emanadas en forma de sudor. Siguió recorriendo con la vista hacia abajo y comprobó que el caudal ya estaba mojando los manteles del altar y el piso

 Al ver el asombro del sacerdote, varias personas que aún permanecían en la iglesia se acercaron y pudieron conocer lo que estaba ocurriendo. Comenzaron a embeber el agua en algodones y lienzos, mientras el número de fieles y curiosos crecía junto al júbilo y las exclamaciones. Las campanas de la Iglesia no pararon de repicar, para anunciar a todo el pueblo lo que estaba sucediendo. Pronto llegaron el Vicario y Juez Eclesiástico de Santa Fe, P. Hernando Arias de Mansilla; el Teniente Gobernador y Justicia Mayor, don Alonso Fernández Montiel; el General Don Juan de Garay-hijo del fundador- y el escribano del Rey, Don Juan López de Mendoza. 

 Subido en un banco, el propio Vicario tocó con sus dedos la tela del cuadro, procurando contener los hilos de agua que descendían, pero ésta continuaba manando copiosamente cambiando de dirección al contacto con la mano. Esto duró algo más de una hora, como lo atestigua el acta que se conserva hasta hoy en el Santuario. También se conserva una reliquia de los algodones tocados en el sudor y que besan agradecidos todos los fieles cada 9 de mes. 

 En las semanas, meses y años siguientes a este prodigio, comenzaron a sumarse otras numerosísimas manifestaciones del amor de Dios para con sus hijos. Las conversiones y curaciones más asombrosas fueron recopiladas por el Escribano del Rey. Así fue que los santafesinos empezaron a invocar a su Madre con el título de “Nuestra Señora de los Milagros”. En pocos días, Monseñor Cristóbal de Aresti, Obispo de la Diócesis de Asunción del Paraguay -de la que dependía entonces Santa Fe-, reconoció el suceso extraordinario como auténtico milagro, pues según los requisitos establecidos por la Iglesia, se contaba con suficientes testimonios probatorios. En tal sentido las actas labradas, la calidad y cantidad de testigos y las reliquias conservadas por la gente que seguían obrando curaciones, daban fe de ello.  Antes de cumplirse el año de este suceso, el 22 de diciembre, el propio Monseñor Aresti pudo pasar por Santa Fe, camino hacia Buenos Aires, y certificar personalmente estos acontecimientos milagrosos. 

 Hacia 1660 se había completado el traslado de la ciudad a unos 80 kilómetros más al sur, al sitio que hoy ocupa. Diversas razones motivaron este desplazamiento, entre las que podemos citar las periódicas inundaciones, el constante acecho de los malones de aborígenes que tenían en vilo a los pobladores y las plagas de langosta que devoraban las pocas cosechas. En la nueva ciudad, que pasó a llamarse Santa Fe de la Vera Cruz, los padres jesuitas ocuparon el mismo lugar que tenían en Santa Fe La Vieja. 

 El templo actual, declarado Monumento Histórico Nacional, se terminó de construir en 1670. A su lado se encuentra el Colegio de la Inmaculada Concepción, de fecunda y dilatada trayectoria en la educación de la juventud. Con la expulsión de la Compañía de Jesús de las tierras españolas, y con las severas restricciones de mantener cerrados el Colegio y la Iglesia, el culto a Nuestra Señora de los Milagros se suspendió desde 1767 hasta 1862. Pero ante las insistencias de congregantes y feligreses, el Cabildo permitió retirar el cuadro de la Iglesia -cerrada al público- y trasladarlo a la Iglesia Catedral. Pero veinticinco años más tarde regresó con júbilo a su altar, con la llegada de los padres Mercedarios, quienes vivieron en el Colegio y se hicieron cargo de la Iglesia. 

 Tuvo que correr casi un centenar de años para que los Jesuitas volvieran a Santa Fe; sin embargo el amor a María y el agradecimiento a Dios por los milagros nunca se olvidaron. Al cumplirse los 300 años del sudor milagroso, el templo de los Padres Jesuitas fue erigido como Santuario el mismo día que se realizó la Coronación Pontificia del Cuadro, el 9 de mayo de 1936 por el Papa Pío XI. Se cambió entonces su ubicación al centro del altar mayor. Presidió la ceremonia el Cardenal Santiago Copello y vinieron fieles y jesuitas de otras regiones del país. La Santísima Virgen María, en su advocación de Nuestra Señora de los Milagros, fue declarada Patrona de la Provincia Argentina de la Compañía de Jesús.

Inmaculada Virgen María, Nuestra Señora de los Milagros, Madre de Dios y Madre nuestra, que tantas gracias y beneficios alcanzas de Dios para los que te invocan ante esta imagen de tu Purísima Concepción, míranos benignamente y extiende el celeste manto de vuestra protección sobre toda la Iglesia. Rogad por todos los cristianos, dilatad y exaltad la Fe Católica por el mundo, convertid a los pecadores, afianzad la paz entre los pueblos, conservad la inocencia de la niñez, la devoción fervorosa de los que celebran con júbilo vuestra maternal protección y dadnos a todos prosperidad conveniente para la mayor gloria de Dios, honra vuestra y bien de nuestra almas. Amén.

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