N° 67: Via Crucis

HORA DE GUARDIA
Boletín de la Asociación Guardia de Honor
Nº 67            Córdoba, marzo de 2014



Meditando las estaciones del Via Crucis
Por el P. Ramón Cué, s.j.  (Adaptación)

I- Jesús es condenado a muerte
Gracias, Señor, por tu condena a muerte. Has querido pasar para siempre a la historia con “antecedentes penales”. En los archivos de la justicia humana tienes una ficha irredimible: reo de muerte. Y por esa ficha tuya, infamante e injusta, son quemadas para siempre nuestras justas fichas de merecida y culpable condenación; son destruidos los archivos de nuestras comprobadas injusticias personales y se nos concede un edicto plenario de absolución. Por tu condena a muerte, gracias, Señor.
Piedad, Señor, pecamos contra tí

II- Jesús carga con la cruz
Es absurdo imaginar que los soldados acudieran a un bosque próximo a escoger y talar un árbol con cuyo tronco preparar una cruz nueva para Cristo. No era hora de labrar cruces nuevas, sino de aprovechar las existentes, y que por eso vienen con restos de sangre seca del último crucificado, incrustada en las rugosidades de sus nudos. Precisamente éso era lo que buscaba Cristo: solidarizarse con las cruces, ya en uso, de sus hermanos los hombres. No estrenó una cruz flamante para él. Quería nuestra cruz, ya usada por nosotros, para hacerla suya… Una cruz transida y mojada por el sudor, la sangre y el llanto de otros hombres, y así derrotar definitivamente entre sus brazos a la muerte.
Padrenuestro…

III- Jesús cae por primera vez
Cristo sigue cayendo y cayendo en las calles de nuestra vida…. En las esquinas, en las aceras, en los cruces de caminos, en  las cunetas de  nuestra  existencia, hay hermanos caídos en la tierra y aplastados por su cruz.
Piedad, Señor, pecamos contra tí

IV- Jesús encuentra a su Madre
El que multiplicó los panes y los peces, el que caminó sobre el oleaje enfebrecido, el que resucitó a los muertos y expulsó con el látigo a los mercaderes del templo, no tiene ahora fuerzas ni para llevar, como un hombre, el peso de su cruz. Pero cerca, en esa esquina, ahí le esperan bien abiertos, unos ojos a los que puede asirse fuerte y firmemente, para levantarse y ponerse de pie. Míralos: los ojos de María, tu Madre. Ahí la tienes, Jesús, puntual; justo después de tu caída. Es una cita a la que no fallan jamás las madres. Ellas se las arreglan para estar siempre junto a sus hijos derribados. Dios conceda a todos los hombres una mujer así -madre, esposa, hermana o hija-, en las esquinas dolorosas de su Vía Crucis. Una mujer que se parezca a María, la Madre de Jesús.
Dios te Salve, María…

V-El Cireneo carga con la cruz de Cristo
Si quieres llevar mejor tu cruz, carga al mismo tiempo la de otro. En la ciencia cristiana, una cruz sola pesa más que dos: si sumas cruces, restas peso. Si tratas de restar en tu egoísmo, sumas y multiplicas tu propia cruz. Cuando encima de la tuya cargas con la de tu hermano, la propia se aligera, se alegra, le nacen alas…. Si te centras en tu cruz personal, tú solo, al margen de todo y de todos, te pesará más, hasta convertirse en una obsesión que te aplaste. ¿Por qué no haces de Cireneo de tu hermano? Verás cómo cambia todo radicalmente.
Piedad, Señor, pecamos contra tí

VI- La Verónica limpia el rostro de Jesús
La Verónica, compadecida, desafiando a la autoridad y al orden público, enjuga el rostro desfigurado y sangrante de Cristo. Por ser la única persona que se había atrevido públicamente a dar por El la cara, en recompensa Cristo le da también la suya. Por desgracia, ha aparecido hoy otra versión, diametralmente opuesta, de la Verónica: Verónicas al revés. Van por los caminos de la vida buscando caras maltrechas, sangrantes y desfiguradas de  los hombres. Pero no para enjugar el llanto, restañar la sangre y limpiar el polvo y la saliva, devolviéndoles así un rostro sano, limpio y bello. Al revés. Se dedican a hurgar en todos los basurales de la sociedad, a revolver las aguas corrompidas de todas las cloacas, para entresacar con gancho afilado de curiosidad malsana, todos los chismes groseros, todos los cuentos denigrantes, todas las calumnias putrefactas. Verónicas al revés, que afirman conmoverse y llorar ante el rostro sangrante de Cristo y que no tienen empacho en herir y ensangrentar la cara de Cristo en sus hermanos.
Gloria…

VII- Jesús cae por segunda vez
Lo más pavoroso y desolador en el hombre caído debe ser, Señor, sentirse solo y saberse solo en su caída; solo y desasistido en su debilidad; solo y abandonado en su culpabilidad. La más trágica soledad debe ser la del hombre y su pecado, en el desierto absoluto de su impotencia. Pero desde que Tú caíste, Señor, nadie puede sentirse solo en su caída y su pecado. Tus caídas suavizan y ablandan nuestras piedras, alfombran nuestros caminos, acolchan cariñosamente nuestros golpes y tropezones. Nadie cae solo. Nadie peca solo. Ya estaba allí Cristo, caído en tierra para amortiguar el golpe. Para recoger nuestra debilidad en su fortaleza. Para darnos su mano y ponernos de pie.
Padrenuestro….

VIII- Jesús habla a las hijas de Jerusalén
Jesús dice a las mujeres: "Si al árbol verde lo tratan de esta manera, ¿en el seco qué se hará?" Toma Señor, nuestra leña seca, amontónala sobre tu tronco verde y que el fuego redentor de esa hoguera ilumine, purifique y redima al mundo. Ahí está nuestra leña seca: préndele fuego. Y abrasa al mundo en tu amor.
Piedad, Señor, pecamos contra tí


IX- Jesús cae por tercera vez
No hay peor pecado que el de soberbia, ni más peligrosa caída que la del orgullo. La caída del soberbio no se ve. No cae hacia abajo, manchándose su carne con polvo y barro. El soberbio cae hacia arriba, tratando de usurparle a Dios el sitio. En la caída hacia arriba, el abismo es tan profundo que a veces no se toca fondo; crece nuestro orgullo y se refina nuestra soberbia, más ciega cada vez. En la caída hacia abajo, por alta que sea pronto se toca tierra, y se palpa en el choque, dolorosamente, la propia debilidad. El golpe contra la tierra despierta nuestra humildad. El hombre que cae hacia abajo se descalabra, y, humillado, puede volver a levantarse. Gracias, Señor, por nuestras caídas. Con polvo, con sangre, con roturas y descalabros aprendemos nuestra medida exacta, nuestra pequeñez y debilidad.
Piedad, Señor, pecamos contra tí

X- Jesús es despojado de sus vestidos
Es lógico que a nuestros crucifijos, les ciñamos la cintura con un paño. Por respeto, por pudor, por cariño. Pero, sinceramente, ese paño...... ¿se lo ponemos a Cristo por Él o por nosotros? ¿Por piedad, pensando en Jesús, o por cómoda tranquilidad para evitar que sufran nuestros ojos y se perturbe nuestra sensibilidad? Este viejo y egoísta recurso lo aplicamos continua y sistemáticamente en nuestra vida: no ver ni oír nada que pueda hacernos sufrir; nada que hiera nuestros ojos ni comprometa nuestro corazón. Pasamos la vida poniendo paños y vendas sobre las penas, los dolores, las tristezas y las injusticias que padecen nuestros hermanos. Tapamos con paños los dolores ajenos como cubrimos, Señor, con velos, tu cintura en tus imágenes. El caso es no ver, no enterarse, no sufrir. En este juego peligroso y egoísta de velos y paños, hay cristianos que deciden ponerse las vendas ellos mismos sobre sus propios ojos, taponándose herméticamente los oídos y acorazando el corazón con una armadura blindada: llevan el corazón blindado a prueba de sufrimientos ajenos.
Padrenuestro….

XI-Jesús es clavado en la cruz
El Emperador Constantino hace 1600 años publicó una ley aboliendo para siempre el suplicio de la cruz. Fue un homenaje a tu Persona, Señor, y un desagravio de la misma Roma que, cuatro siglos antes, te había ejecutado con el suplicio más infame. Pero el decreto de Constantino ha sido completamente inútil. La cruz no ha podido, ni podrá nunca, ser abolida. A todos nos busca y nos persigue. Y tarde o temprano, en todas partes, en vida o en muerte, todos acabamos crucificados. A la corta o a la larga, a todos nos aguarda la cruz. En nuestra vida todos repetimos esta Undécima Estación del Via Crucis. Enséñame, Señor, a transformar mi cruz en sonrisa y gloria entre mis labios, aunque sepa a hiel y vinagre.
Piedad, Señor, pecamos contra ti.

XII- Jesús muere en la cruz
El Viernes Santo en el Calvario, a las tres de la tarde, no murió Cristo solamente con una muerte individual y personal. También nosotros moríamos a la misma hora. En su naturaleza humana estábamos presentes todos los hombres; sobre sus espaldas gravitaban todos nuestros pecados. Su Pasión era la consecuencia de haberse responsabilizado ante su Padre de todos nuestros delitos. Por eso también en su muerte moríamos con Él todos los pecadores. Al cargar con nuestros pecados, Cristo cargó también con nuestra muerte, porque pecado y muerte están siempre inseparablemente soldados. Desde que Cristo murió en la cruz ya la muerte es radicalmente distinta.
Gloria…

XIII- Jesús es descolgado de la cruz y puesto en los brazos de su Madre
Señora de la Piedad, por tu Hijo muerto, concédeles a todas las madres ser siempre playas abiertas para recibir a sus hijos después de las tormentas y los naufragios de sus vidas. Anima, Señora, a los hijos, a regresar a la playa de la madre. En ese regazo pueden recomponerse todas las roturas. Y si a los hijos, destrozados por la vida, nos faltara el regazo de una madre, recuérdanos, Señora, que tú eres siempre Madre y que tu regazo es la playa siempre abierta para los restos de nuestro naufragio.
Dios te Salve, María…

XIV-Jesús es colocado en un sepulcro
El Vía Crucis de Cristo no termina en un sepulcro lleno, sino en una tumba vacía. Porque el sepulcro está vacío,  recorremos y repetimos su Vía Crucis y lo copiamos en nuestra vida, ya que al final nos espera la gloria de la resurrección. Nunca ha habido un sepulcro más vacío: todo, con El ha resucitado: sus Palabras, sus Promesas, sus Parábolas, sus Milagros, sus Bienaventuranzas. Ya tienen respuesta los pecadores, los enfermos, los pobres, los oprimidos, los pacíficos, los misericordiosos, los muertos. Todo ha resucitado en Cristo. Las catorce estaciones del Vía Crucis solamente se comprenden y se aceptan cuando se las ha contemplado desde la altura del Calvario, junto al sepulcro vacío, transfiguradas con la luz nueva del alba que se quiebra con sus temblores pascuales en la mañana de la Resurrección.
Gloria…

Oración Final
Señor Dios, por todas estas amargas penas que viviste para la salvación de todos los hombres y que yo, aunque indigno pecador, he meditado siguiendo el camino de la Cruz, te pido me concedas ser llevado a la gloria de la resurrección, tu que vives y reinas con Dios Padre, en unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén. 


N° 68: Hora Santa

HORA DE GUARDIA
Boletín de la Asociación Guardia de Honor
Nº 68            Córdoba, abril  de 2014




MEDITACIONES  PARA LA ADORACIÓN EUCARÍSTICA
DEL JUEVES SANTO


Dios nos juzgará por el corazón

El profeta Jeremías dice: “El corazón del hombre es la cosa más traicionera y difícil de curar. ¿Quién lo podrá entender? Yo, el Señor, sondeo la mente y penetro el corazón, para dar a cada uno según sus acciones, según el fruto de sus obras.”

Es Dios quien sondea el corazón. A nosotros nos toca, si queremos vivir de cara a Dios nuestro Señor, vivir con un corazón dispuesto a ser sondeado por Él. El primer gesto de apertura y disponibilidad es la purificación de nuestro corazón, de nuestra voluntad, y de nuestra libertad.

Esto  es atreverse a tocar una fibra muy interior, porque es la fibra en la cual reposamos sobre nosotros mismos. Cada uno reposa sobre su propia voluntad: la voluntad de querer algo, o la voluntad de rechazarlo. Cada uno acepta o rechaza las cosas por su corazón, por su voluntad. El profeta es muy claro: “Maldito el hombre que confía en el hombre, que en él pone su fuerza y aparta del Señor su corazón”. Son palabras muy duras, sobre todo en cuanto a las consecuencias: “Será como cardo plantado en la estepa, que no disfruta del agua cuando llueve; vivirá en la aridez del desierto, en una tierra salobre e inhabitable”.

Si nuestro corazón no aprende a purificarse, si nuestra voluntad no aprende a actuar bien, si nuestro interior no opta en una forma decidida, firme y exigente por Dios nuestro Señor, se puede ir produciendo, poco a poco, una especie de desertificación de nuestra vida, un avanzar del desierto en nuestro corazón. Si éste  no está apoyándose en todo momento en Dios nuestro Señor, y nuestra voluntad no está purificándose para ser capaz de encontrarse con Él, sino que por el contrario, nuestra confianza está puesta en el hombre, en el vórtice de los acontecimientos que constantemente nos suceden, nuestra vida acabará plantada en medio de una estepa, tierra salobre e inhabitable.

Puede darnos miedo el intentar tocar nuestro corazón y  preguntarle: ¿En quién confías?  Tu confianza ¿está auténticamente puesta en el Señor? Pero es importante que éste sea un momento de reflexión sobre la  orientación de nuestra voluntad, sobre lo que estamos haciendo con nuestra vida, qué ha elegido nuestra libertad, qué caminos tiene, qué opciones ha tomado. De poco nos serviría pensar que estamos orientados hacia Dios, si no hemos sido capaces de escudriñar nuestro corazón para purificarlo.

“Yo, el Señor, sondeo la mente y penetro el corazón”. Atrevámonos a ponernos en sintonía cordial con Jesús, el único capaz de decirnos si nuestra voluntad y nuestra libertad están orientadas de tal forma que, en esta vida nos abramos a Dios, y en la futura nos encontremos con Él.  ¿Permitiré que ese Médico del alma entre a mi corazón, lo toque, lo cuestione y lo fortalezca?

(Meditemos en silencio estas  consideraciones)


Confiar en Dios es ponernos en sus manos

La confianza en Dios, base de la conversión del corazón, requiere que auténticamente estemos dispuestos a entregarnos a Él.

Cada uno de nosotros, cuando buscamos acercarnos a Dios, tenemos que pasar por una etapa de espera. Esto puede ser para nuestra alma particularmente difícil, porque aunque en teoría estamos de acuerdo en que la santidad es obra de la gracia, en que la santidad es obra del Espíritu Santo sobre nuestra alma, tendríamos que comprobar si efectivamente en la práctica, en lo más hondo de nuestro corazón  tenemos arraigado este sentimiento, si estamos auténticamente preparados interiormente para soltarnos en confianza plena y decir: “Yo estoy listo Señor, confío en Ti”

El alma puede a veces perderse en un campo bastante complejo y enredarse en complicaciones interiores: de sentimientos, de luchas espirituales,  o de circunstancias que nos oprimen, que sentimos particularmente difíciles en determinados momentos de nuestra vida. En  estas situaciones, para convertir auténticamente el corazón a Dios, no tenemos que hacer otra cosa más que confiar.

Lo curioso es que  a menudo, en este camino de conversión del corazón, pensemos que se trata de  una obra de vivencia personal, de arrepentimiento personal, de virtudes personales.  ¿Cuál es mi actitud interior? ¿Es la actitud de quien espera? ¿La actitud de quien verdaderamente confía en el Señor todos sus cuidados, todo su crecimiento, todo su desarrollo interior? ¿O es más bien una actitud de ser yo mismo el dueño de mi crecimiento espiritual? Mientras no sea capaz de entregarme, mi alma va a crecer, se va a desarrollar, pero siempre hasta un límite, que solos, es infranqueable. ¿Qué tan lejos está mi alma de esta conversión del corazón? ¿Está detenida en ese límite que no me he atrevido a pasar?

Pidámosle a Jesucristo hacer de esta conversión del corazón una entrega plena de nuestra interioridad y un lugar de acogida en el cual Dios nuestro Señor se encuentre verdaderamente amado.

***

Dios pide el sacrificio de nuestro corazón

 “El que en Ti confía no queda defraudado”. Este pasaje del A.T. (Dn 3,25) resume  la actitud de quien comprende dónde está la esencia fundamental del hombre, dónde está lo que verdaderamente el hombre tiene que llevar a su Creador: un corazón contrito y humillado, como auténtico y único sacrificio. ¿De qué nos sirve sacrificar nuestras cosas si no nos sacrificamos nosotros? ¿De qué nos sirve ofrecerlas si no nos ofrecemos nosotros? El mensaje de la Escritura es, en este sentido, sumamente claro: es fundamental, básico e ineludible que nos atrevamos a poner nuestro corazón en Dios nuestro Señor.

“Ahora te seguiremos de todo corazón”, continúa la oración de Azarías. Quizá estas palabras podrían ser también una expresión de lo que hay en nuestro corazón en estos momentos: Padre, quiero seguirte de todo corazón. Son tantas las veces en las que no te he seguido, son tantas las veces en las que no te he escuchado, son tantos los momentos en los que he preferido ser menos generoso; pero ahora, quiero seguirte de todo corazón, y quiero encontrarte.

¿Es así nuestro corazón el día de hoy? ¿Existe verdaderamente en él un anhelo de volvernos hacia Dios? Y si nuestro corazón estuviera frío, temeroso, débil, ¿qué podríamos hacer? La oración continúa y dice: “Trátanos según tu clemencia y tu abundante misericordia”.
El  Señor sabe  que a veces en el corazón del hombre puede haber  quebrantos, dudas,  interrogantes, y por eso es infinitamente misericordioso. Hagamos espacio en nuestro corazón  para la misericordia de Dios. Dejemos entrar la clemencia en nuestra alma.

El reto de responder a ese Dios que nos llama por nuestro nombre y  nos invita a seguirlo  puede ser, a veces, una empresa muy pesada; sin embargo, ahí está Jesús dispuesto a prestarnos el suplemento de fuerza, de generosidad, de entrega y de fidelidad que pudiera faltarnos.

Si me siento flaquear, si no soy capaz, Señor, de encontrarme contigo, de estar a tu lado, de resistir tu paso, de ir al ritmo que me estás pidiendo,…..trátame según tu clemencia y tu abundante misericordia.

Si tengo miedo de soltar mi corazón, si tengo miedo de pagar alguna deuda que hay en mi alma... trátame según tu clemencia y tu abundante misericordia.

Si todavía en mi interior no está esa firme decisión de seguirte tal y cómo  me lo pides,..... trátame según tu clemencia y tu abundante misericordia.

Que ésta sea la actitud de nuestra alma, que éste sea el auténtico sacrificio que ofrecemos a Dios nuestro Señor. A Él no le interesan nuestras cosas, le interesamos nosotros; no busca nuestras cosas, nos busca a nosotros. Somos, todos y cada uno, el objeto particular de la predilección de Dios.

Que seamos capaces de abrir nuestro corazón, y se fortalezca en nuestro interior la firme decisión de dar al Señor lo que quizá hasta ahora hemos reservado para nosotros.
Que la Eucaristía nos renueve y transforme para cumplir la obra de  santificación que Dios nos pide a cada uno.

***

Eucaristía y compromiso de caridad
La  eucaristía nos tiene que lanzar  a practicar la caridad con nuestros hermanos. Y esto por varios motivos.
¿Cuándo nos mandó Jesús amarnos los unos a los otros?¿Cuándo nos dejó su mandamiento nuevo, en qué contexto? En la Última Cena, cuando nos estaba dejando la eucaristía. Por tanto, tiene que haber una estrecha relación entre eucaristía y  compromiso de caridad.
En ese ámbito cálido del Cenáculo, mientras estaban cenando en intimidad, Jesús sacó de su corazón este hermoso regalo de la eucaristía; fue en ese ambiente que nos pidió amarnos. Esto quiere decir que la eucaristía nos une en fraternidad, nos congrega en una misma familia donde tiene que reinar la caridad.
Hay otro motivo de unión entre eucaristía y caridad. ¿Qué nos pide Jesús antes de poner nuestra ofrenda sobre el altar, es decir, antes de venir a la eucaristía y comulgar el Cuerpo del Señor? “Si tu hermano tiene una queja contra ti, deja allí tu ofrenda, ante el altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y después vuelve y presenta tu ofrenda” (Mt 5, 23-24).
Esto nos habla de la seriedad y la disposición interior con las  que tenemos que acercarnos a la eucaristía. Con un corazón limpio, perdonador, lleno de misericordia y caridad. Injusticias, atropellos, calumnias, maltratos, rencores, malquerencias, resquemores, odios, murmuraciones….. Antes de acercarnos a la eucaristía asegurémonos  de que nuestro corazón no deba nada a nadie. Mi ofrenda, la ofrenda que cada uno de nosotros debe presentar en cada misa (peticiones, intenciones, problemas, preocupaciones, etc.) no tendría valor a los ojos de Dios si fuera presentada con un corazón torcido, impuro, resentido, lleno de odio. Ahora bien, si presentamos la ofrenda teniendo en el corazón una voluntad de armonía, será aceptada por Dios como la ofrenda de Abel y no la de Caín.
Y hay otro motivo de unión entre eucaristía y compromiso de caridad:  el cuerpo del prójimo más pobre, del más desposeído, es un cuerpo de Jesús necesitado que tenemos que alimentar, saciar, vestir, cuidar, respetar, socorrer, proteger, instruir, aconsejar, perdonar, limpiar, atender.
San Juan Crisóstomo tiene unas palabras interpeladoras: “¿Quieres honrar el cuerpo de Cristo? No permitas que Él esté desnudo, y no lo honres sólo en la Iglesia con telas de seda, para después tolerar, fuera de aquí, que ese mismo cuerpo muera de frío y de desnudez. El que ha dicho “Esto es mi cuerpo”, ha dicho también “me habéis visto con hambre y no me habéis dado de comer” y “lo que no habéis hecho a uno de estos pequeños, no me lo habéis hecho a Mí”. Pasé hambre por ti, y ahora la padezco otra vez. Tuve sed por ti en la Cruz y ahora me abrasa en los labios de mis pobres. Por los mil beneficios de que te he colmado, ¡dame algo!...No te digo que me entregues tus bienes: sólo te imploro pan y vestido y un poco de alivio para mi hambre. Estoy preso; no te ruego que me libres: sólo quiero que, por tu propio bien, me hagas una visita; con eso me bastará y por eso te regalaré el cielo. (San Juan Crisóstomo, Homilía 15 sobre la epístola a los Romanos).
Estas palabras son muy profundas. Jesús se iguala, se identifica con el cuerpo necesitado de nuestros hermanos. Y si nos acercamos con devoción y respeto al cuerpo de Cristo en la eucaristía, también debemos acercarnos a ese cuerpo de Cristo que está detrás de cada uno de nuestros hermanos más desposeídos. Quiera el Señor que comprendamos y vivamos este gran compromiso de la caridad, para que así la eucaristía se haga vida de nuestra vida.

***

¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros?

La pregunta que Jesús dirige a sus discípulos después del lavatorio de los pies va más allá de la acción que acaba de ejecutar, y atraviesa toda la economía de la salvación: ¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros y por vosotros? Es decir, ¿comprendéis que Dios amó a los hombres y envió a su Hijo en propiciación por sus pecados? ¿Comprendéis que el Padre me ha enviado para que vosotros tengáis vida?
Hoy, todo nos invita a una reflexión profunda sobre el amor eterno que Dios nos ha tenido en su Hijo Jesucristo. 

La liturgia de la cena pascual, es prefiguración del sacrificio de Cristo que se ofrece en rescate “por muchos”, es decir, por todos. Por eso, el evangelio de hoy más que narrar los hechos de la última cena, se concentra en describir el amor de Cristo, en describir los sentimientos de su corazón: El Señor, habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo. Meditar en los acontecimientos del jueves santo es introducirse en el amor de Cristo, en el amor del Padre misericordioso que  envía a su Hijo en nuestro rescate. El amor de Cristo es lo que se percibe esta tarde con tanta intensidad, que apenas hay lugar para algún otro sentimiento. Pablo que había hecho experiencia viva del amor del Señor llega a exclamar: ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada? Por tu causa somos muertos todo el día; tratados como ovejas destinadas al matadero.  Pero en todo esto salimos vencedores gracias a aquel que nos amó (…) Criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro.

Si en ocasiones somos presa del desaliento, de la tentación, de la angustia, es porque nos olvidamos del amor de Cristo. Es porque nos olvidamos que hemos sido eternamente amados por Dios en su Hijo.  Santa Teresa de Jesús, que tenía un gran amor por la humanidad de Jesucristo, exclamaba de forma muy singular: “¡Oh qué buen amigo eres, Señor! Cómo sabes esperar a que alguien se adapte a tu modo de ser; mientras tanto, Tú toleras el suyo. Tomas en cuenta los ratos que te demuestra amor, y por una pizca de arrepentimiento olvidas que te ha ofendido”.

Así pues, vuelve a nuestra mente la pregunta de Jesús: ¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? ¡Quién nos diera comprender lo que Dios, en Cristo, ha hecho por nosotros! ¡Quién nos diera comprender el misterio de la encarnación del Verbo! ¡Quién nos diera comprender lo que está sucediendo en esta última cena cuando Jesús toma el pan y el vino y pronuncia unas palabras solemnes! Que esta Misa vespertina, que esta procesión con el santísimo, que esta adoración nocturna nos ayuden a dar un paso en la comprensión de este amor.


***


El amor lleva al amor

Quien experimenta el amor de Cristo no queda igual, no puede quedar igual. Los apóstoles en la última cena son testigos del amor de Cristo y de la inmensa responsabilidad que queda en sus manos. De ahora en adelante son más conscientes, por una parte, de su propia miseria como hombres y pecadores; y por otra, de los tesoros infinitos que Dios ha depositado en su alma. Ellos reciben el cuerpo y la sangre de Cristo, y reciben, además, el poder de consagrar, y el mandato de “hacerlo en memoria del Señor”.
Pero no sólo los sacerdotes experimentan hoy el amor de Cristo.Cualquier fiel, contemplando los misteriosos acontecimientos de esta noche, escuchando las palabras de Jesús, viendo el gesto de lavar los pies y distribuir la comunión, puede repetir con san Pablo: “Me amó y se entregó por mí”.

Salgamos de este cenáculo dispuestos a amar más y mejor, porque hemos sido amados e invitados a participar del amor de Dios.
  

N° 66:Abusos en la interpretación de Vaticano II

HORA DE GUARDIA
Boletín de la Asociación Guardia de Honor
Nº 66            Córdoba, junio de 2013
   




Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe

Carta a los Presidentes de las Conferencias Episcopales
sobre los abusos en la interpretación
de los decretos del Concilio Vaticano II

Roma, 24 de julio de 1966


Una vez que el Concilio Vaticano II, recientemente concluido, ha promulgado documentos muy valiosos, tanto en los aspectos doctrinales como en los disciplinares, para promover de manera más eficaz la vida de la Iglesia, el pueblo de Dios tiene la grave obligación de esforzarse para llevar a la práctica todo lo que, bajo la inspiración del Espíritu Santo, ha sido solemnemente propuesto o decidido en aquella amplísima asamblea de Obispos presidida por el Sumo Pontífice.

A la jerarquía, sin embargo, corresponde el derecho y el deber de vigilar, de dirigir y promover el movimiento de renovación iniciado por el Concilio, de manera que los documentos y decretos del mismo Concilio sean rectamente interpretados y se lleven a la práctica según la importancia de cada uno de ellos y manteniendo su intención. Esta doctrina debe ser defendida por los Obispos, que bajo Pedro, como cabeza, tienen la misión de enseñar de manera autorizada. De hecho, muchos pastores ya han comenzado a explicar loablemente la enseñanza del Concilio.

Sin embargo, hay que lamentar que de diversas partes han llegado noticias desagradables acerca de abusos cometidos en la interpretación de la doctrina del Concilio, así como de opiniones extrañas y atrevidas, que aparecen aquí y allá, y que perturban no poco el espíritu de muchos fieles. Hay que alabar los esfuerzos y las iniciativas para investigar más profundamente la verdad, distinguiendo adecuadamente entre lo que debe ser creído y lo que es opinable; sin embargo, a partir de documentos examinados por esta Sagrada Congregación, consta que en no pocas sentencias parece que se han traspasado los límites de una simple opinión o hipótesis y en cierto modo ha quedado afectado el dogma y los fundamentos de la fe.

Es preciso señalar algunas de estas sentencias y errores, a modo de ejemplo, tal como consta por los informes de los expertos así como por diversas publicaciones.

1. Ante todo está la misma Revelación sagrada: hay algunos que recurren a la Escritura dejando de lado voluntariamente la Tradición, y además reducen el ámbito y la fuerza de la inspiración y la inerrancia, y no piensan de manera correcta acerca del valor histórico de los textos.

2. Por lo que se refiere a la doctrina de la fe, se dice que las fórmulas dogmáticas están sometidas a una evolución histórica, hasta el punto que el sentido objetivo de las mismas sufre un cambio.

3. El Magisterio ordinario de la Iglesia, sobre todo el del Romano Pontífice, a veces hasta tal punto se olvida y desprecia, que prácticamente se relega al ámbito de lo opinable.

4. Algunos casi no reconocen la verdad objetiva, absoluta, firme e inmutable, y someten todo a cierto relativismo, y esto conforme a esa razón entenebrecida según la cual la verdad sigue necesariamente el ritmo de la evolución de la conciencia y de la historia.

5. La misma adorable Persona de nuestro Señor Jesucristo se ve afectada, pues al abordar la cristología se emplean tales conceptos de naturaleza y de persona, que difícilmente pueden ser compatibles con las definiciones dogmáticas. Además serpentea un humanismo cristológico para el que Cristo se reduce a la condición de un simple hombre, que adquirió poco a poco conciencia de su filiación divina. Su concepción virginal, los milagros y la misma Resurrección se conceden verbalmente, pero en realidad quedan reducidos al mero orden natural.

6. Asimismo, en el tratado teológico de los sacramentos, algunos elementos o son ignorados o no son considerados de manera suficiente, sobre todo en lo referente a la Santísima Eucaristía. Acerca de la presencia real de Cristo bajo las especies de pan y de vino no faltan los que tratan la cuestión favoreciendo un simbolismo exagerado, como si el pan y el vino no se convirtieran por la transustanciación en el Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor Jesucristo, sino meramente pasaran a significar otra cosa. Hay también quienes, respecto a la Misa, insisten más de la cuenta en el concepto de banquete (ágape), antes que en la idea de Sacrificio.

7. Algunos prefieren explicar el sacramento de la Penitencia como el medio de reconciliación con la Iglesia, sin expresar de manera suficiente la reconciliación con el mismo Dios ofendido. Pretenden que para celebrar este sacramento no es necesaria la confesión personal de los pecados, sino que sólo procuran expresar la función social de reconciliación con la Iglesia.

8. No faltan quienes desprecian la doctrina del Concilio de Trento sobre el pecado original, o la explican de tal manera que la culpa original de Adán y la transmisión del pecado al menos quedan oscurecidas.

9. Tampoco son menores los errores en el ámbito de la teología moral. No pocos se atreven a rechazar la razón objetiva de la moralidad;  otros  no   aceptan la ley natural, sino  que afirman la  legitimidad de la denominada moral de situación. Se propagan opiniones perniciosas acerca de la moralidad y la responsabilidad en materia sexual y matrimonial.

10. A todo esto hay que añadir alguna cuestión sobre el ecumenismo. La Sede Apostólica alaba a aquellos que, conforme al espíritu del decreto conciliar sobre el ecumenismo, promueven iniciativas para fomentar la caridad con los hermanos separados, y atraerlos a la unidad de la Iglesia, pero lamenta que algunos interpreten a su modo el decreto conciliar, y se empeñen en una acción ecuménica que, opuesta a la verdad de la fe y a la unidad de la Iglesia, favorece un peligroso irenismo e indiferentismo, que es completamente ajeno a la mente del Concilio.

Este tipo de errores y peligros, que van esparciendo aquí y allá, se muestran como en un sumario o síntesis recogida en esta carta a los Ordinarios del lugar, para que cada uno, conforme a su misión y obligación, trate de solucionarlos o prevenirlos.

Este Sagrado Dicasterio ruega insistentemente que los mismos Ordinarios de lugar, reunidos en las Conferencias Episcopales, traten de estas cuestiones y refieran oportunamente a la Santa Sede sus determinaciones antes de la fiesta de la Navidad de nuestro Señor Jesucristo del presente año. Esta carta, que evidentes motivos de prudencia impiden hacer pública, los Ordinarios y otros a los que éstos consideren oportuno comunicarla, deben mantenerla en estricto secreto.

Alfredo Card. Ottaviani