Nº 53: 2011-Año de la Vida

HORA DE GUARDIA
Boletín de la Asociación Guardia de Honor
Año VII Nº 53

Córdoba, 1 de diciembre de 2010
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2011: EL AÑO DE LA VIDA

La Conferencia Episcopal Argentina ha declarado el año 2011 como "El año de la vida”. Se invita a difundir este manifiesto entre los Movimientos y Asociaciones y también a prepararse a celebrarlo en comunión, incorporando el tema entre los objetivos primordiales del próximo año y participando de las actividades que se llevarán a cabo en forma coordinada:


El Santo Padre ha convocado a una vigilia de oración por la vida naciente, a realizarse el 27 de noviembre al comenzar el tiempo del Adviento, para agradecer al Señor que, con el don total de sí mismo, ha dado sentido y valor a toda vida humana y para invocar su protección sobre cada ser humano llamado a la existencia.

Como afirmamos en el documento "Hacia un Bicentenario en Justicia y Solidaridad", cuando hablamos del don de la vida, regalo sagrado de Dios a los hombres, "nos referimos a la vida de cada persona en todas sus etapas, desde la concepción hasta la muerte natural” y en todas sus dimensiones: física, espiritual, familiar, social, política, religiosa, etc.

La persona humana, portadora de vida, es "necesariamente fundamento, causa y fin de todas las instituciones sociales" y es en este sentido que la Iglesia ha buscado siempre, en su accionar, la promoción de la dignidad de la persona y la protección de los derechos humanos como sustento imprescindible y constitutivo de todo orden social.

Por eso, como pastores y ciudadanos, queremos reafirmar, en este camino del Bicentenario y de modo especial durante el 2011, la necesidad imperiosa de priorizar en nuestra patria el derecho a la vida en todas sus manifestaciones, poniendo especial atención en los niños por nacer, como en nuestros hermanos que crecen en la pobreza y marginalidad.

Estamos convencidos de que no podremos construir una Nación que nos incluya a todos si no prevalece en nuestro proyecto de país el derecho primario de toda persona sin excepción: el derecho a la vida desde la concepción, protegiendo la vida de la madre embarazada, y, potenciando el vínculo madre-hijo a fin de cuidar su calidad de vida hasta la muerte natural.

Debemos encontrar caminos para cuidar la vida de la madre y del hijo por nacer, y así, salvar a los dos.

Alentamos, entonces, a todos los argentinos a realizar una opción sincera, madura y comprometida por la vida garantizando la protección de este derecho fundamental sin el cual no podremos edificar el país que anhelamos.

Comisión Ejecutiva de la Conferencia Episcopal Argentina
Buenos Aires, 14 de octubre de 2010



Homilía del Papa en la Vigilia por la Vida Naciente
Basílica de San Pedro, 29 de noviembre de 2010
Primeras Vísperas del primer domingo de Adviento

Queridos hermanos,

Con esta celebración vespertina, el Señor nos da la gracia y la alegría de abrir un nuevo Año Litúrgico comenzando por su primera etapa: el Adviento, el periodo que hace memoria de la venida de Dios entre nosotros. Todo inicio trae consigo una gracia particular, porque está bendecido por el Señor. En este Adviento se nos concederá, una vez más, hacer experiencia de la cercanía de Aquel que creó el mundo, que orienta la historia y que se ha cuidado de nosotros llegando hasta el culmen de su condescendencia con el hacerse hombre.

Precisamente el misterio grande y fascinante del Dios con nosotros, es más, del Dios que se hace uno de nosotros, es cuanto celebraremos en las próximas semanas caminando hacia la santa Navidad. Durante el tiempo de Adviento sentiremos a la Iglesia que nos toma de la mano y, a imagen de María Santísima, expresa su maternidad haciéndonos experimentar la espera gozosa de la venida del Señor, que nos abraza a todos en su amor y nos consuela. Mientras nuestros corazones se dirigen hacia la celebración anual del nacimiento de Cristo, la liturgia de la Iglesia orienta nuestra mirada a la meta definitiva: el encuentro con el Señor que vendrá en el esplendor de la gloria. Por esto nosotros, que en cada Eucaristía, "anunciamos su muerte, proclamamos su resurrección, en espera de su venida”, vigilamos en oración. La liturgia no se cansa de animarnos y de sostenernos, poniendo en nuestros labios, en los días del Adviento, el grito con el que se cierra toda la Sagrada Escritura, en la última página del Apocalipsis de san Juan: “¡Ven, Señor Jesús!" (Jn 22, 20).

Queridos hermanos y hermanas, nuestra reunión esta tarde para comenzar el camino del Adviento se enriquece con otro importante motivo: con toda la Iglesia, queremos celebrar solemnemente una vigilia de oración por la vida naciente. Deseo expresar mi agradecimiento a todos aquellos que se han adherido a esta invitación y a cuantos se dedican de modo específico a acoger y custodiar la vida humana en las diversas situaciones de fragilidad, en particular en sus inicios y en sus primeros pasos. Precisamente el inicio del Año Litúrgico nos hace vivir nuevamente la espera de Dios que se hace carne en el seno de la Virgen María, de Dios que se hace pequeño, se convierte en niño; nos habla dela venida de un Dios cercano, que ha querido recorrer la vida del hombre, desde el comienzo, y esto para salvarla totalmente, en plenitud. Y así el misterio de la Encarnación del Señor y el inicio de la vida humana están íntima y armónicamente conectados entre sí en el único designio salvífico de Dios, Señor de la vida de todos y cada uno. La encarnación nos revela con intensa luz y de modo sorprendente que toda vida humana tiene una dignidad altísima, incomparable.

El hombre presenta una originalidad inconfundible respecto a todos los demás seres vivientes que pueblan la tierra. Se presenta como sujeto único y singular, dotado de inteligencia y voluntad libre, además de estar compuesto de realidad material. Vive simultánea e inescindiblemente en la dimensión espiritual y en la dimensión corpórea. Lo sugiere también el texto de la Primera Carta a los Tesalonicenses que ha sido proclamado: “Que el Dios de la paz – escribe san Pablo – os santifique plenamente, para que os conservéis irreprochables en todo vuestro ser –espíritu, alma y cuerpo– hasta la Venida de nuestro Señor Jesucristo" (1Tes 5,23). Somos por tanto espíritu, alma y cuerpo. Somos parte de este mundo, ligados a las posibilidades y a los límites de la condición material; al mismo tiempo estamos abiertos a un horizonte infinito, capaces de dialogar con Dios y de acogerlo en nosotros. Actuamos en las realidades terrenas y a través de ellas podemos percibir la presencia de Dios y tender a Él, verdad, bondad y belleza absoluta. Saboreamos fragmentos de vida y de felicidad y anhelamos la plenitud total.

Dios nos ama de modo profundo, total, sin distinciones; nos llama a la amistad con Él; nos hace partícipes de una realidad por encima de toda imaginación y de todo pensamiento y palabra: su misma vida divina. Con conmoción y gratitud tomemos conciencia del valor, de la dignidad incomparable de toda persona humana y de la gran responsabilidad que tenemos hacia todos. “Cristo, el nuevo Adán – afirma el Concilio Vaticano II –, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación... con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre" (Const. Gaudium et spes, 22).

Creer en Jesucristo comporta también tener una mirada nueva sobre el hombre, una mirada de confianza, de esperanza. Por lo demás la misma experiencia y la recta razón atestiguan que el ser humano es un sujeto capaz de entender y de querer, autoconsciente y libre, irrepetible e insustituible, cumbre de todas las realidades terrenas, que exige ser reconocido como valor en sí mismo y que merece ser acogido siempre con respeto y amor. Él tiene derecho a no ser tratado como un objeto que poseer o como una cosa que se pueda manipular a voluntad, de no ser reducido a puro instrumento a ventaja de otros y de sus intereses. La persona es un bien en sí misma y es necesario buscar siempre su desarrollo integral. El amor hacia todos, además, si es sincero, tiende espontáneamente a convertirse en atención preferencial por los más débiles y los más pobres. En esta línea se coloca la solicitud de la Iglesia por la vida naciente, la más frágil, la más amenazada por el egoísmo de los adultos y por el oscurecimiento de las conciencias. La Iglesia continuamente reafirma cuanto declaró el Concilio Vaticano II contra el aborto y toda violación de la vida naciente: “La vida, una vez concebida, debe ser protegida con el máximo cuidado" ((Const. Gaudium et spes, 22 n. 51).

Hay tendencias culturales que intentan anestesiar las conciencias con motivos pretextuosos. Respecto al embrión en el seno materno, la ciencia misma pone en evidencia su autonomía capaz de interacción con la madre, la coordinación de sus procesos biológicos, la continuidad del desarrollo, la creciente complejidad del organismo. No se trata de un cúmulo de material biológico, sino de un nuevo ser vivo, dinámico y maravillosamente ordenado, un nuevo individuo de la especie humana. Así lo fue para Jesús en el seno de María; así lo ha sido para cada uno de nosotros, en el seno de la madre. Con el antiguo autor cristiano Tertuliano podemos afirmar: “Es ya un hombre aquel que lo será" (Apologético, IX, 8); no hay ninguna razón para no considerarlo persona desde la concepción.

Por desgracia, también después del nacimiento, la vida de los niños sigue estando expuesta al abandono, al hambre, a la miseria, a la enfermedad, a los abusos, a la violencia, a la explotación. Las múltiples violaciones de sus derechos que se cometen en el mundo hieren dolorosamente la conciencia de todo hombre de buena voluntad. Ante el triste panorama de las injusticias cometidas contra la vida del hombre, antes y después del nacimiento, hago mío el apasionado llamamiento del Papa Juan Pablo II a la responsabilidad de todos y de cada uno: “¡Respeta, defiende, ama y sirve a la vida, a toda vida humana ¡Sólo siguiendo este camino encontrarás justicia, desarrollo, libertad verdadera, paz y felicidad!” (Enc. Evangelium vitae, 5). Exhorto a los protagonistas de la política, de la economía y de la comunicación social a hacer cuanto esté en sus posibilidades para promover una cultura siempre respetuosa de la vida humana, para procurar condiciones favorables y redes de apoyo a la acogida y al desarrollo de esta.

A la Virgen María, que acogió al Hijo de Dios hecho hombre con su fe, con su seno materno, con el cuidado solícito, con el acompañamiento solidario y vibrante de amor, confiamos la oración y el compromiso a favor de la vida naciente. Lo hacemos en la liturgia – que es el lugar donde vivimos la verdad y donde la verdad vive con nosotros – adorando la divina Eucaristía, en la que contemplamos el Cuerpo de Cristo, ese Cuerpo que tomó carne de María por obra del Espíritu Santo, y que nació de ella en Belén, para nuestra salvación. Ave, verum Corpus, natum de Maria Virgine!

Nª 52: Santa Teresita y la devoción mariana

HORA DE GUARDIA
Boletín de la Asociación Guardia de Honor
Año VII- Nº 52
Córdoba, 4 de noviembre de 2010
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Santa Teresita y la Devoción Mariana
Fuente: Panorama Católico Internacional


Este año la solemnidad de Nuestra Señora del Rosario coincide con la fiesta de santa Teresita. Les hablaré, entonces, de la devoción mariana de Santa Teresita.

Dos ideas predominan en su devoción a la Santísima Virgen:
una admiración y veneración inmensas para con Ella.
un recurso a María como el de una niña a su madre, con total confianza.

Hay que recordar la curación milagrosa que Nuestra Señora de las Victorias concedió a Teresita cuando todavía era niña. “De repente, la Santísima Virgen me pareció hermosa, tan hermosa, que nunca había visto nada más bello. Su rostro respiraba bondad y ternura inefables. Pero lo que me llegó hasta el fundo del alma fue la encantadora sonrisa de la Santísima Virgen. En aquel momento, todas mis penas se desvanecieron”.

Este acontecimiento está al principio de la devoción mariana de Teresita, sencilla como ella, totalmente confiada y llena de veneración.

Tenía también una especial devoción a una estampita de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro. Dirá, en su terrible agonía: “¡Oh Dios mío, oh Dulce Virgen María, venid en mi socorro !”

Un año después de la maravillosa sonrisa de María, escribió esta oración: “Querida Virgencita, haz que su Teresita no se atormente nunca más”. Pidamos a menudo la gracia de la paz interior, Dios es un Dios de paz. El diablo es un eternamente atormentado. Si sufrimos algo, sepamos sufrir sin atormentarnos, sin perder la paz interior, la cual acompaña siempre la cruz aceptada. Hay que refugiarse en el Corazón de María que es, decía Teresita, “la única fortaleza de la que el enemigo no nos puede expulsar”.

En los dos últimos meses de su vida, Santa Teresita tuvo dos pensamientos bellos y muy edificantes sobre la Santísima Virgen. Le dejo la palabra:


En el día 21 de agosto: “¡Cuánto me hubiera gustado ser sacerdote para predicar sobre la Santísima Virgen! Un solo sermón me habría bastado para decir todo lo que pienso a este respecto. (…) Para que un sermón sobre la Santísima Virgen me guste y me aproveche, es necesario que me haga ver su vida real, no su vida supuesta; y estoy segura que su vida real fue en extremo sencilla. (…) Sabemos muy bien que la Santísima Virgen es la Reina del Cielo y de la tierra, pero es MÁS MADRE QUE REINA , y no se debe decir que a causa de sus prerrogativas eclipsa la gloria de los santos, a la manera que el sol, al amanecer, hace desaparecer a las estrellas. ¡Dios mío, qué extraño es esto! ¡Una madre que hace desaparecer la gloria de sus hijos! Yo pienso todo lo contrario (¡de hecho las estrellas del manto de la Guadalupana se ven muy bien! Y no dijo la Virgen a Juan Diego: “Haz lo que te pido porque soy tu Reina”, dijo: “¿No estoy aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra y protección? ¿No soy yo la fuente de tu vida? ¿No estás bajo los pliegues de mi manto? ¿Bajo el cobijo de mis brazos? ¿Hay algo más que puede necesitar?” – Es realmente una Madre la que está hablando –. Creo que Ella aumentará en mucho el esplendor de los elegidos. Está bien de hablar de sus prerrogativas, pero no hay que pararse ahí; si en un sermón se ve uno obligado desde el principio hasta el fin a exclamar y hacer: ¡Ah, ah!, ya se tiene bastante. ¡Quien sabe si algún alma no llegará hasta a sentir desvío hacia una criatura tan superior, y se dirá: “Si esto es así, con tal de ir a brillar como se pueda en algún pequeño rincón”! Lo único en que la Santísima Virgen es superior a nosotros es que no podía pecar, que estaba exenta del pecado original. Pero por otra parte, tuvo menos suerte que nosotros, puesto que no tuvo ni tiene a una Santísima Virgen a quien amar. ¡Es una dulzura más para nosotros, y una dulzura menos para Ella! En fin, en mi cántico “Por qué te amo, ¡oh María!”, he dicho todo lo que predicaría sobre ella:


Viniste a sonreírme de mi vida en la aurora,
¡Sonríeme en la tarde…, que ya va oscureciendo…!
No temo el resplandor de tu gloria suprema,
He sufrido contigo, y ahora yo deseo
Cantar en tus rodillas, María, por qué te amo,
¡Y, repetir por siempre que soy tu hija, quiero…"


En el día 8 de setiembre, pocos días antes de morir, Santa Teresita escribió, al dorso de la estampita de Nuestra Señora de las Victorias, su última y audaz oración a Nuestra Señora:
“¡Oh María, si yo fuera la Reina del cielo y vos fueseis Teresa, quisiera ser Teresa a fin de que vos fueseis la Reina del cielo!”.