Nº 51: Los sacerdotes que abusaron de mí

HORA DE GUARDIA
Boletín de la Asociación Guardia de Honor
Año VI -Nº 51
Córdoba, 21 de mayo de 2010

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Los sacerdotes que abusaron de mí
por el P. Gustavo Caro
Fuente: Catholic.net

Cuando era muy niño, sin tener conciencia, sin libertad, sin poderme defender, uno de ellos me hizo hijo de Dios, heredero de la Vida Eterna, Templo del Espíritu Santo y miembro de la Iglesia, nunca podré perdonarle haberme hecho tanto bien.

Otro, insistió en mis años tiernos, en inculcarme violentando mi voluntad, el respeto por el Nombre de Dios, la necesidad absoluta de la oración diaria, la obediencia y la reverencia a mis padres, el amor por mi Patria y me enseñó la utopía de no mentir, no robar, no hablar mal de otros, perdonar y todas esas cosas que nos hacen tan mojigatos y ridículos....

Otro apareció aludiendo que el Espíritu Santo, debía venir a completar la obra comenzada en el Bautismo, que me harían falta sus dones y sus frutos, que ya era hora de que viniera en mi ayuda Aquél que me haría defender la Fe, como un soldado ¡Qué osadía hablar en términos tan bélicos!, hizo en esa época que cuidara mi alma de las del mundo, que fuera noble, leal y honesto...

Otro abusó dándome libros para leer, no le bastaban sus consejos, que hacían poner la mirada en la eternidad y vivir como extraños aquí en la tierra, ¿Quién sacará ahora de mi cabeza Los cuatro Evangelios?; ¿Las glorias de María?; ¿La Imitación de Cristo?; ¿Las Confesiones?; ¿Las Moradas?, etc., ¿Quién será capaz de curarme de todos esos tesoros que me marcaron para siempre?.

Otro abusó de mi ignorancia enseñándome cosas que no sabía; otro no hablaba, pero su vida virtuosa me inclinaba cada vez más a imitarlo. Hubo algunos que se aprovecharon de mí en momentos inesperados y me corrigieron, me alentaron y hasta rezaron por mí.

Otros, cuando yo ya estaba en un círculo del cual no podía salir, se empecinaron con mi naturaleza caída y me incitaron a recibir a Jesucristo en su Cuerpo y Sangre, para resistir a los embates del enemigo, para fortalecer mi flaqueza y santificarme cada día más.

Aunque para aquél que lea esta denuncia, le parezca que esto ya es demasiado y que más bien no se puede hacer, les digo que los abusos siguieron en aumento y todo pasó a mayores, cada vez que conocía a un sacerdote, se aprovechaba de mí con renovados métodos, reliquias, estampas, agua bendita, rosarios, bendiciones y oraciones de todo tipo, armaban una cárcel de tremendos beneficios que llegaron al límite de lo soportable.

Quiero dejar claro esta injusticia llena de perversidad y que atiendan a mi reclamo en esta denuncia, por que sé que algunos de ellos me estará esperando para seguir con esta iniquidad, sentado en un confesonario o a lado de mi cama cuando esté moribundo y aunque desaparezca seguirán abusando con sufragios por mi alma y súplicas de misericordia.

Quiero que se sumen a mi voz todos aquéllos que han sido víctimas de estos atropellos y se han sentido ultrajados por estas personas, pues sé que a otros los han unido en matrimonio, a otros le descubrieron su vocación, a otros hasta llegaron a ayudarlos materialmente o guardaron con llave en su corazón para siempre secretos tremendos de sus miserias humanas.

Cuidémonos gravemente de tratar con ellos, no les demos nuestros datos, no los miremos a los ojos, no les consultemos absolutamente nada, no sigamos ninguno de sus pasos, pues corremos el riesgo un día de caer en sus trampas y salvarnos eternamente.

Nº 50: Nª Srª de los Milagros de Santa Fe

HORA DE GUARDIA
Boletín de la Asociación Guardia de Honor
Año VI -Nº 50
Córdoba, 2 de mayo de 2010
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Nuestra Señora de los Milagros de Santa Fe

En 1634 de paso por la ciudad de Santa Fe (Argentina) rumbo a la Reducción de San Ignacio Miní, un artista de fina sensibilidad, el Hermano Luis Berger, a pedido de los Congregantes Marianos, accedió gustoso a pintar un cuadro que se llamó “de la Pura y Limpia Concepción”. Fue plasmada en un lienzo que mide 1,33 x 0,96 m y que actualmente se venera en el Santuario de Nuestra Señora de los Milagros de Santa Fe. Dos años más tarde ocurrieron los hechos prodigiosos que ahora relatamos.

Era el 9 de mayo y la pequeña ciudad iniciaba un nuevo día otoñal de arduas tareas. En el templo de la Compañía de Jesús, edificado sobre uno de los costados de la plaza mayor, el Padre Rector del Colegio y de la Iglesia, Pedro de Helgueta, oraba arrodillado frente al cuadro de Nuestra Señora, como todas las mañanas. Habiendo finalizado la Misa, alrededor de las ocho, el Padre levantó la vista hacia el cuadro y se sorprendió por lo que creyó era humedad del ambiente condensada en la pintura. Pero pronto comprendió que el brillo tenía un origen distinto.

Incorporándose descubrió que de la mitad de la Imagen para arriba, la pintura estaba totalmente seca, mientras que hacia abajo corrían hilos de agua resultantes de innumerables gotas emanadas en forma de sudor. Siguió recorriendo con la vista hacia abajo y comprobó que el caudal ya estaba mojando los manteles del altar y el piso.

Al ver el asombro del sacerdote, varias personas que aún permanecían en la iglesia se acercaron y pudieron conocer lo que estaba ocurriendo. Comenzaron a embeber el agua en algodones y lienzos, mientras el número de fieles y curiosos crecía junto al júbilo y las exclamaciones. Las campanas de la Iglesia no pararon de repicar, para anunciar a todo el pueblo lo que estaba sucediendo. Pronto llegaron el Vicario y Juez Eclesiástico de Santa Fe, P. Hernando Arias de Mansilla; el Teniente Gobernador y Justicia Mayor, don Alonso Fernández Montiel; el General Don Juan de Garay-hijo del fundador- y el escribano del Rey, Don Juan López de Mendoza.

Subido en un banco, el propio Vicario tocó con sus dedos la tela del cuadro, procurando contener los hilos de agua que descendían, pero ésta continuaba manando copiosamente cambiando de dirección al contacto con la mano. Esto duró algo más de una hora, como lo atestigua el acta que se conserva hasta hoy en el Santuario. También se conserva una reliquia de los algodones tocados en el sudor y que besan agradecidos todos los fieles cada 9 de mes.

En las semanas, meses y años siguientes a este prodigio, comenzaron a sumarse otras numerosísimas manifestaciones del amor de Dios para con sus hijos. Las conversiones y curaciones más asombrosas fueron recopiladas por el Escribano del Rey. Así fue que los santafesinos empezaron a invocar a su Madre con el título de “Nuestra Señora de los Milagros”.

En pocos días, Monseñor Cristóbal de Aresti, Obispo de la Diócesis de Asunción del Paraguay -de la que dependía entonces Santa Fe-, reconoció el suceso extraordinario como auténtico milagro, pues según los requisitos establecidos por la Iglesia, se contaba con suficientes testimonios probatorios. En tal sentido las actas labradas, la calidad y cantidad de testigos y las reliquias conservadas por la gente que seguían obrando curaciones, daban fe de ello.

Antes de cumplirse el año de este suceso, el 22 de diciembre, el propio Monseñor Aresti pudo pasar por Santa Fe, camino hacia Buenos Aires, y certificar personalmente estos acontecimientos milagrosos.

Hacia 1660 se había completado el traslado de la ciudad a unos 80 kilómetros más al sur, al sitio que hoy ocupa. Diversas razones motivaron este desplazamiento, entre las que podemos citar las periódicas inundaciones, el constante acecho de los malones de aborígenes que tenían en vilo a los pobladores y las plagas de langosta que devoraban las pocas cosechas. En la nueva ciudad, que pasó a llamarse Santa Fe de la Vera Cruz, los padres jesuitas ocuparon el mismo lugar que tenían en Santa Fe La Vieja.

El templo actual, declarado Monumento Histórico Nacional, se terminó de construir en 1670. A su lado se encuentra el Colegio de la Inmaculada Concepción, de fecunda y dilatada trayectoria en la educación de la juventud. Con la expulsión de la Compañía de Jesús de las tierras españolas, y con las severas restricciones de mantener cerrados el Colegio y la Iglesia, el culto a Nuestra Señora de los Milagros se suspendió desde 1767 hasta 1862. Pero ante las insistencias de congregantes y feligreses, el Cabildo permitió retirar el cuadro de la Iglesia -cerrada al público- y trasladarlo a la Iglesia Catedral. Pero veinticinco años más tarde regresó con júbilo a su altar, con la llegada de los padres Mercedarios, quienes vivieron en el Colegio y se hicieron cargo de la Iglesia.

Tuvo que correr casi un centenar de años para que los Jesuitas volvieran a Santa Fe; sin embargo el amor a María y el agradecimiento a Dios por los milagros nunca se olvidaron.
Al cumplirse los 300 años del sudor milagroso, el templo de los Padres Jesuitas fue erigido como Santuario el mismo día que se realizó la Coronación Pontificia del Cuadro, el 9 de mayo de 1936 por el Papa Pío XI. Se cambió entonces su ubicación al centro del altar mayor. Presidió la ceremonia el Cardenal Santiago Copello y vinieron fieles y jesuitas de otras regiones del país.

La Santísima Virgen María, en su advocación de Nuestra Señora de los Milagros, fue declarada Patrona de la Provincia Argentina de la Compañía de Jesús.

Inmaculada Virgen María, Nuestra Señora de los Milagros,
Madre de Dios y Madre nuestra,
que tantas gracias y beneficios alcanzas de Dios
para los que te invocan
ante esta imagen de tu Purísima Concepción,
miranos benignamente
y extiende el celeste manto de vuestra protección
sobre toda la Iglesia.
Rogad por todos los cristianos,
dilatad y exaltad la Fe Católica por el mundo,
convertid a los pecadores,
afianzad la paz entre los pueblos,
conservad la inocencia de la niñez, la devoción fervorosa
de los que celebran con júbilo vuestra maternal protección
y dadnos a todos prosperidad conveniente
para la mayor gloria de Dios,
honra vuestra
y bien de nuestra almas.
Amén.