Nº 43: El Espíritu Santo en las liturgias de Oriente

HORA DE GUARDIA
Boletín de la Asociación Guardia de Honor
Año V- Nº 43
Córdoba, 30 de mayo de 2009

El Espíritu Santo en las liturgias de Oriente
(Fragmento)
por Mons. Andrés Sapelak


El Espíritu Santo dispone los corazones a la Comunión

La ceremonia del agua hirviente que se hace inmediatamente antes de la Comunión es el símbolo más elocuente y expresivo, en la liturgia bizantina, de la acción del Espíritu Santo, con la cual Él prepara los corazones de los ministros y de los fieles a la Santa Comunión.

Después de la fracción del pan eucarístico el celebrante deja caer un trozo del pan celestial en el cáliz diciendo: “Plenitud del Espíritu Santo”. El diácono vierte en el cáliz, en forma de cruz, un poco de agua hirviente, bendecida por el celebrante, y dice: “Fervor de fe, lleno del Espíritu Santo”. Esto indica que el Espíritu Santo despierta, en los que participan de los sagrados misterios del altar, la fe viva, la esperanza firme, el amor hirviente de Dios. Con este fervor en los corazones, los ministros y los fieles participan de la santificadora Eucaristía.

El primer canto de los fieles, después de la comunión, es una expresión de la comunicación con el Espíritu Santo y con la Santísima Trinidad, a través de la Eucaristía: “Hemos visto la verdadera luz, hemos recibido el Espíritu celestial, hemos encontrado la verdadera fe, adoremos la Trinidad indivisible, porque ella nos ha salvado”.

Es expresivo y teológicamente significativo que en Oriente se usa conservar la Eucaristía en tabernáculos en forma de paloma, imagen del Espíritu Santo, que penden sobre el altar.



La acción vivificadora del Espíritu Santo en la administración de los Sacramentos

En la iconografía bizantina de la administración de los sacramentos domina siempre la figura del Espíritu Santo, en forma de paloma, que proyecta sus rayos de acción vivificadora sobre los que administran y reciben los sacramentos, ya se trate del bautismo, de la confirmación, de la Eucaristía o de cualquier otro sacramento.

Pero el sacramento de la confirmación es el don del Espíritu Santo por excelencia. Lo expresa claramente la fórmula bizantina: “Sello del don del Espíritu Santo”. Fórmula que fue adoptada recientemente también por la iglesia latina.

Es el sacramento que se administra en el nombre del Espíritu Santo y en él se reciben sus dones divinos, fortaleciendo al cristiano en su vida espiritual “para ser fuerte, firme e inquebrantable en la fe, en la esperanza, en el amor” (Oración de la confirmación).

La unción, con el santo crisma, de los miembros del cuerpo: frente, ojos, oído, boca, pecho, manos y pies-sede de los sentidos humanos- indican el campo de batalla que deberá enfrentar el cristiano: la carne con sus pasiones.

En las iglesias bizantinas este sacramento se administra juntamente con el bautismo, y también se da al recién bautizado y ungido por el Espíritu Santo, la comunión eucarística para una completa incorporación del hombre a Cristo y a su iglesia.



Los santos: obra maestra del Espíritu Santo

El fruto de la obra santificadora del Espíritu Santo son los santos de la Iglesia de Dios. La cumbre de la santificación es, después de la humanidad de Cristo, la toda Santa, la Virgen María, Madre de Dios, “más excelsa que lo querubines e incomparablemente más gloriosa que los serafines”.(Oración bizantina).

La fortaleza de los mártires, de los confesores y de todos los santos es la persona divina del Espíritu Santo, que habita en los cristianos como en un templo, enseña San Pablo.

Conscientes de esa realidad, las iglesias orientales bizantinas celebran el día de Todos los Santos el primer domingo después de la fiesta de Pentecostés. Así cierra la liturgia bizantina su ciclo pascual.



Hoy

El profundo contenido teológico del culto de las liturgias orientales a la tercera persona de la Santísima Trinidad, Dios todopoderoso, vivificante y operante en la iglesia, tiene una singular actualidad pastoral en este siglo de descristianización. Humanamente hablando se podría dudar de la eficacia de la iglesia en este siglo de la técnica, del progreso y del materialismo reinante. Los medios de comunicación social podrán intentar sofocar en la sociedad el espíritu cristiano. Pero en la iglesia continúa incontenible el dinamismo pascual de la Redención, por obra del Espíritu Santo que santifica, ilumina y cristianiza a los pueblos de la tierra, especialmente donde hay pobreza, sufrimiento, persecución, sed de justicia.

La conciencia de la presencia y del omnipotente dinamismo del Espíritu Santo, operante en cada alma y en toda la iglesia, debe ser causa de optimismo y de alegría para los cristianos de hoy y de todos los tiempos en su lucha constante contra el mal.