Nº 42: La conversión de una delincuente





HORA DE GUARDIA
Boletín de la Asociación
Guardia de Honor
Año V - Nº 42
Córdoba, 8 de abril de 2009



Una conversión al recordar “Bendita sea tu pureza”



por el P. Juan Manuel Martínez
Fuente: El Observador


El sacerdote mexicano Juan Manuel Martínez, mejor conocido como Padre Trampitas-célebre por su excepcional labor evangelizadora entre los criminales del reclusorio de las Islas Marías, para lo cual ingresó en el lugar como preso voluntario—, cuenta este fuerte testimonio ligado a la Inmaculada Concepción de María.

Les voy a narrar la historia de Victoria, una presa que teníamos en las Islas Marías. Llegamos a tener 121 mujeres. ¡Ah, esas sí son malas! Yo creo que hasta el diablo les tiene miedo. Pienso que el mismito demonio, cuando las va a tentar, primero se encomienda a Dios para no salir golpeado. De recién llegado a las Islas Marías, a principios de 1949 había una mujer, chaparrita, muy mona por cierto, que cuando veía que se le quedaban mirando, decía:
— ¿Qué me miras?
Y lanzaba una pedrada. Era zurda, y muy buen pitcher.

En ese entonces la enviaron a un lugar llamado Aserradero, donde en ese tiempo estaban las personas que debían de siete homicidios para arriba. No había separación de hombres y mujeres, estaban todos juntos. Y de allá mandaron decir:
— Sáquenla de aquí, porque o nos mata o la matamos. Ya nos tiene a tres descalabrados.




Debido a que en las Islas Marías tengo libertad de ofrecer la Eucaristía por la intención que yo quiera, ese día la ofrecí por Victoria, y le dije a Nuestro Señor:
— Señor, llévatela, porque ya no la aguantamos aquí. A ver si Tú la aguantas por allá.




Salí de la Misa, me puse a un lado de las paredes del nuevo hospital que en ese entonces estaba en construcción, de tres pisos que eran muy altos. Estaba en la sombrita, acabando de rezar mi rosario, cuando de pronto voy viendo que se aproxima Victoria, saliendo de entre el bosque. Le dije:
— Eh, Victoria, ¿qué traes?
— Un uñero. Vengo a curármelo.
—Oye, te viniste sin permiso de allá, del campamento, ¿verdad?
— Sí, ¿y qué?
— Nada, nada. Pásale, pásale. Mira, están haciendo las curaciones arriba de la azotea porque únicamente allá hay agua; en los demás pisos están componiendo los tubos y todavía no se encuentran listos para dar servicio. Súbete.

Al ratito de haberse subido, comencé a oír, (yo estaba abajo):
— Hijo de tal por cual...
Entonces pensé: "ya se está peleando esta vieja loca". Y estaba yo mirando así para arriba y que la voy viendo venir por el aire. Miren, dié una vuelta completa todo su cuerpo y, finalmente, se estrelló en el cemento. Allí quedó.

Impactado por lo que había presenciado, le dije a Nuestro Señor:
— Oye, Señor, así no quedamos. Yo te dije que te la llevaras, pero en gracia de Dios.




Varias personas la envolvieron con una alfombra y a toda prisa la subieron al hospital donde iba a ser la sala de urgencias. Únicamente se encontraban unas cuantas mesas. Allí la pusieron. Llegó el doctor, la miró con detenimiento y después dijo que se hallaba en estado de coma. Respiraba, pero con mucha dificultad.
— No tiene remedio —aclaró el galeno—, pienso que tiene todos los huesos quebrados.

Me dirigí a la Virgen de Guadalupe porque... miren, nunca se me echa para atrás mi Reina:



— Madrecita linda, mira, pocas veces te pido con la urgencia de esta ocasión. Mira mis lágrimas; te ofrezco todos mis sufrimientos, enfermedades, limitaciones, angustias y momentos de soledad...



Todavía no terminaba de hacer mi oración, cuando repentinamente la voy viendo que abre los ojos.
— Oye, Victoria, no vengo a decirte que te confieses, ¿eh? Vengo a decirte que dentro de unos cuantos minutos, no horas, minutos, estarás frente al Tribunal de Dios.
— ¿Y qué, jijo de tal por cual le importa? ¡Lárguese a la fregada! —me contestó.




Ay, si vieran qué fea, le relampagueaban los ojos.
— No. Mira, Victoria, no seas así.

No hallaba qué decirle, y fue entonces cuando me acordé de que en cierta ocasión ella me platicó que fue educada con unas monjitas de un orfanatorio. Dije:
— Oye, Victoria, piensa en tu niñez. ¿Te acuerdas cuando estuviste interna en un orfanatorio para niñas pobres? De seguro comulgabas, ¿verdad?
— Claro, sino me bajaban la nota, monjas jijas de tales por cuales...

Y comenzó a hacer recuerdos. Pero me acordé que una vez me dijo que había sido congregante de la Virgen María, y eso me dio mucha seguridad, porque a una congregante fiel la Virgen María jamás la desampara.

— Mira, Victoria, también me dijiste que habías sido congregante de la Virgen María, ¿verdad?
— Sí, ¿y qué?
— De seguro que cuando recibiste la medalla hiciste una buena confesión y también comulgaste.
— Pues,... puede ser que sí —y comenzó a cambiar.
— Y cantaban en la congregación, ¿verdad? ¿Es cierto que cantaban el Bendita sea tu pureza?.

Lo primero que se me ocurría, le preguntaba. Ella se trasladó a su niñez y me contestó:
— Y a tres voces, Padre... ¡Si viera qué bonito!
— Ah, ¿y cómo termina ese canto, Victoria?— le pregunté.

Y comenzó a recordar moviendo los labios:
— No me dejes, Madre mía.



— ¿Cómo?
— No me dejes, Madre mía.
— Repítelo, Victoria, repítelo más fuerte; ésta es la hora en que la Virgen María te va a pagar esa Comunión que hiciste cuando recibiste tu medalla, cuando te consagraste a ella.

Y comienza de nuevo a cantar: ‘No me dejes, Madre mía, no me dejes, Madre mía’. De pronto, me arrebata el Cristo y dice:
— Padre, todavía estoy viva; confiéseme, Padre, confiéseme».

«No me dejes, Madre mía, no me dejes, gritaba". Ella lloraba y yo lloraba también.




Cuando terminé de darle la absolución, vi que disminuía la intensidad de su voz. Movió los labios pronunciando en silencio las mismas palabras: "No me dejes, Madre mía". Y allí quedó.

¡Qué misericordia tan grande la de Dios Nuestro Señor cuando un pecador se arrepiente!