No. 48: Comenzar la tarea rezando...

Isabel La Católica leyendo sus Libro de Horas


HORA DE GUARDIA
Boletín de la Asociación Guardia de Honor
Año VI - No. 48
Córdoba, 18 de octubre de 2009
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Comenzar la tarea rezando… y abrir las fronteras
por Ramiro Pellitero

Instituto Superior de Cs.Religiosas-Universidad de Navarra
Fuente:
religionconfidencial
16 de octubre de 2009

Muchos –demasiados– cristianos desconocen las riquezas de la liturgia de la Iglesia. La liturgia no se limita a la Eucaristía –la misa– y los demás sacramentos. También está la “Liturgia de las Horas”, inspirada en oraciones que rezaban los justos del Antiguo Testamento y los primeros cristianos. Compuesta de himnos, lecturas y salmos, la Iglesia manda a los sacerdotes –entre otros– que la recen en nombre de todos los cristianos. Es lo que se ha llamado desde hace siglos “el Oficio divino” o “breviario”. Pero, obviamente, esa oración no está prohibida para los demás cristianos. Más aún, está aconsejada. Así lo dice el Catecismo de la Iglesia Católica: “La Liturgia de las Horas está llamada a ser la oración de todo el Pueblo de Dios… Cada uno participa en ella según su lugar propio en la Iglesia y las circunstancias de su vida… Se recomienda que también los laicos recen el Oficio divino, bien con los sacerdotes o reunidos entre sí, e incluso solos" (n. 1175).

En la “liturgia de las horas”, como expresa su nombre, hay oraciones para los diferentes tiempos del día. El himno de la hora tercia ­­–que corresponde al tiempo entre las 9 y las 12– es, por tanto, una buena oración para comenzar la tarea cotidiana. Precisamente sobre esto ha sido la meditación de Benedicto XVI el primer día de los trabajos del Sínodo de África.
El himno en cuestión comienza invocando al Espíritu Santo para ese momento, para ese “ahora”. Es, decía el Papa, como si pidiéramos que sucediera cada día el acontecimiento de Pentecostés: que el Espíritu recree de nuevo a la Iglesia –todos somos Iglesia– y al mundo. Después de la Ascensión, los apóstoles no se pusieron a organizar y hacer cosas, sino que esperaron al Espíritu Santo. Así deberíamos obrar cada cristiano y la Iglesia en conjunto, como los apóstoles: “Comprendieron que la Iglesia no se puede hacer, que no es producto de nuestra organización: la Iglesia debe nacer del Espíritu Santo. Al igual que el Señor mismo fue concebido por obra del Espíritu Santo y nació de él, también la Iglesia debe ser siempre concebida por obra del Espíritu Santo y nacer de él”. Y es que “sólo con este acto creador de Dios, podemos entrar en la actividad de Dios, en la acción divina y colaborar con él”.

A continuación el himno exhorta a que resuene nuestra confesión con fuerza a través de los labios, la lengua y los sentidos; y que nos transformemos por la caridad que hemos de manifestar hacia el prójimo. En estos tres términos se detuvo el Papa: confesión, caridad y prójimo.

En primer lugar explicó que el Espíritu Santo, al descender en Pentecostés posándose como lenguas de fuego sobre los apóstoles, les infundió la palabra correcta y razonable que les llevaba a la “confesión” de la obra de Cristo y por tanto el amor. Era lo contrario de la “confusión” que se produjo en la torre de Babel. Ésta nacía del egoísmo y la soberbia, y condujo a la profunda incomprensión de unos por otros. En Pentecostés, por el contrario, el Espíritu supera esa incomprensión y, a pesar de la diversidad de las lenguas humanas, siembra en cada uno “la lengua de fuego” que significa la acción de Dios que une para la vida: su palabra, su ciudad, la Iglesia en la que está presente la riqueza de las diversas culturas. “La Iglesia –señalaba el sucesor de Pedro– nunca es un grupo cerrado en sí mismo, que vive para sí mismo como uno de los muchos grupos que existen en el mundo, sino que se caracteriza por la universalidad de la caridad, de la responsabilidad respecto al prójimo”.

La confesión, en perspectiva bíblico-cristiana, tiene dos significados. Ante todo, confesar los pecados, porque “sólo a esta luz podemos conocernos a nosotros mismos, podemos entender también cuánto mal hay en nosotros y, de este modo, ver todo lo que debe ser renovado, transformado. Sólo a la luz de Dios nos conocemos los unos a los otros y vemos de verdad toda la realidad”. Es con esa luz como debemos “ver” todas las realidades que se nos presentan, el ser humano y la realidad que nos rodea, los análisis empíricos de las ciencias, las noticias –cabría añadir– de los medios de comunicación. Por eso –continuaba el Papa– nos equivocamos si no nos damos cuenta de que “en la raíz de las injusticias, de la corrupción, hay un corazón que no es recto, hay una cerrazón respecto a Dios y, por lo tanto, una falsificación de la relación esencial que es la base de todas las demás”. Por eso decía San Agustín que la confesión cristiana es “hacer la verdad, ir a la luz”. Porque sólo si nos damos cuenta, con la luz de Dios, de nuestras culpas, podemos vivir en la verdad y participar en la verdad.

Otro significado de la palabra “confesión” es dar gracias a Dios, dar gloria a Dios, dar testimonio de Dios. Así, se habla de “confesar la fe” o evangelizar, anunciar a Dios, y de este modo, transformar el mundo. El cristiano debe confesar a ese Dios que, según San Pablo, no está lejos, sino que mora en el corazón del justo. A ese Dios que se nos da –subrayaba Benedicto XVI– gratuitamente (de hecho decimos que quien está en amistad de Dios, en justicia con Él, está “en gracia” de Dios). El cristiano debe confesar, testimoniar ante el mundo su fe, con su vida y con sus palabras.

En segundo lugar, la caridad. “Es importante que el cristianismo no sea una suma de ideas, una filosofía, una teología, sino un modo de vivir; el cristianismo es caridad, es amor”. Es cierto que Dios por una parte, es la razón eterna. “Pero esta razón es a la vez amor, no es matemática fría que construye el universo, no es un demiurgo; esta razón eterna es fuego, es caridad. En nosotros mismos debería realizarse esta unidad de razón y caridad, de fe y caridad”. Este es el último grado de la perfección del hombre, su verdadero desarrollo: llegar con la gracia de Dios a participar del amor de Dios. “Nuestra esencia se transforma en la caridad”.

Y, finalmente, el prójimo, que es el destinatario de la caridad: “La caridad no es algo individual, sino universal y concreto”. Como se ve en la parábola del buen samaritano, “la universalidad abre los límites que cierran el mundo y crean las diversidades y los conflictos”. En términos más concretos –recordemos que se estaban comenzando los trabajos del Sínodo sobre África, pero que esto se aplica también en todas partes y a cada uno de los cristianos– “debemos abrir realmente estas fronteras entre tribus, etnias y religiones a la universalidad del amor de Dios. Y esto no en teoría, sino en los lugares en los que vivimos, con toda la concreción necesaria”.

Buena lección: comenzar la tarea rezando… y abrir las fronteras, primero de nuestro corazón.

Nº 46: Indulgencias


HORA DE GUARDIA
Boletín de la Asociación Guardia de Honor
Año V- Nº 46
Córdoba, 30 de julio de 2009

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Indulgencias
por el Prof. Rodolfo Reynoso

Para entender la doctrina católica sobre las indulgencias, debemos detenernos en la doble dimensión del pecado: la culpa y la pena. El sacramento de la Reconciliación perdona sólo la culpa, no la pena. Esta última, es la satisfacción que debo ofrecer a Dios mediante la reparación, en cuanto sea posible, del "daño" que mi pecado, por personal que haya sido, ha infringido a la comunidad creyente.

De hecho, si los méritos de los Santos, unidos al Sacrificio pascual de Jesús, redundan en beneficio de todos, igualmente nuestros pecados, públicos o privados, "manchan" el Cuerpo Místico que es la Iglesia.
Si yo robo, y me arrepiento, me confieso, y se me perdona la culpa. Pero debo devolver lo robado ("reparar"), para satisfacer a la justicia divina (y a los hermanos que perjudiqué). Sólo así se me perdonará la pena.

Ahora bien, ¿qué ocurre cuando no puedo reparar el daño? Por ejemplo, quité la vida a alguien (aborto), y estoy verdaderamente arrepentido; me confieso, se me perdona la culpa, pero no puedo reparar el daño causado, pues no me es posible restituir la vida. En estos casos, la Iglesia me invita a realizar un acto piadoso o de caridad, proporcional con la falta, el cual, borra en mí la pena, consecuencia del pecado. A ese acto ella puede haberlo "indulgenciado", es decir, concedido que su realización signifique para mí, la remisión total (indulgencia plenaria), o de una parte (parcial), de la pena que merecí por mi pecado.

Cuando el sacerdote, al confesarme, me da la "penitencia", es decir la oración o acto que debo realizar después, es a los efectos de la remisión de la pena del pecado que está por ser perdonado en cuanto a la culpa por la absolución que me impartirá aquél.

La Iglesia, para conceder una indulgencia, recurre a su gran tesoro espiritual (los méritos infinitos de Cristo, los sobreabundantes de María, los innumerables de los Santos y justos de todos los tiempos), y los "aplica" a los fieles, vivos o difuntos, para la remisión de sus penas.
Las Almas del Purgatorio están, ciertamente en gracia de Dios, pues se les ha perdonado la culpa de sus pecados con el Sacramento de la Confesión. Pero como la muerte terrenal les llegó antes de que pudieran "reparar" su falta, la pena del pecado quedó en ellos, y deben "purgarla".

Pero a diferencia de los vivos, los difuntos por sí no pueden obtener la remisión de sus penas. Dependen de la oración de los vivos, y especialmente de los sufragios de la Madre Iglesia, que jamás los olvida.
Por esto, las indulgencias podemos ganarlas para nosotros o para los difuntos. Si obtenemos para ellos una indulgencia parcial, "aceleraremos", por decirlo así, su encuentro con Dios en la gloria. Si es plenaria, produciremos ese encuentro al instante, siendo "responsables" de que haya un nuevo habitante del Cielo.

Cada acto piadoso, obra de caridad, o el simple hecho de cumplir con mi trabajo diario con deseo de servir a Dios y al prójimo, o el sufrir las adversidades con paciencia (incluso una simple jaculatoria, todo, está de por sí indulgenciado parcialmente).

Hay oraciones, actos piadosos, días y circunstancias de la vida, por los que la Iglesia concede indulgencia plenaria:
El rezo del Rosario, el Vía Crucis, el aniversario de la recepción de algún Sacramento, la participación en la Eucaristía en una Iglesia el día de su Santo patrono o de su titular (por ej, el día de la Santísima Trinidad, en la parroquia que lleve ese nombre), el 2 de agosto (Porciúncula), el 2 de noviembre (esta indulgencia plenaria sólo puede ser aplicada a los difuntos).

Ahora bien, aunque la Iglesia no lo indique siempre, es condición indispensable para la obtención de la indulgencia plenaria, aparte del acto prescripto o del día fijado, cumplir con los siguientes requisitos, todos obligatorios en circunstancias normales:

-Confesión de los pecados ante un sacerdote en la semana anterior o el mismo día en que se quiere ganar la indulgencia. Podrá ser en la semana siguiente si estoy en gracia de Dios para cumplir el siguiente requisito:
-Comunión ese mismo día.
-Visita a una Iglesia: se sobrentiende, si voy a comulgar y no tengo ningún impedimento para acercarme al templo. De tenerlo, no es condición obligatoria.
-Rezo del Credo, del Padrenuestro y de una oración por las intenciones del Papa.
-Desapego al pecado: la firme intención de dejar los pecados graves que pudiere cometer habitualmente, y el rechazo de los veniales. El no previsto incumplimiento de esta norma (debido a la debilidad humana), no impide la obtención de la indulgencia plenaria.

El documento oficial del Vaticano que especifica minuciosamente las oraciones y actos, como así también los días en que se pueden ganar las indulgencias, y se explaya sobre el sentido y la razón de ser de ellas, se llama "Enchiridion indulgentiarum".

En conclusión, la indulgencia no equivale a la absolución pues ésta atañe a la culpa y aquélla a la pena. La "penitencia" dada por el sacerdote sí se refiere a la pena.

29 de julio, memoria de santa Marta, en el Año Sacerdotal.

Nº 45: Letanías de San Juan Bautista

Icono del nacimiento de Juan el Bautista

HORA DE GUARDIA
Boletín de la Asociación Guardia de Honor
Año V- Nº 45
Córdoba, 24 de junio de 2009

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In Nativitate Sancti Joannis Baptista
Por Rodolfo Reynoso

Hace más de una década compuse estas Letanías de San Juan Bautista, para rendirle homenaje como el más grande de los profetas, Precursor del Altísimo, en su nacimiento, en su vida y en su muerte.

Las letanías tienen "trasfondo" bíblico, y están inspiradas en las Sagradas Escrituras, en la liturgia y en la Tradición de la Iglesia. La introducción y la conclusión respetan el esquema fijo de todas las demás letanías. La oración conclusiva está tomada de la Colecta de la Misa vespertina de la Vigilia, que se celebra al atardecer del 23 de junio.

En el Año Santo 2000, como un signo concreto de veneración a este Magno Profeta, las llevé a la Basílica romana de San Juan de Letrán, a él dedicada. En dicha Basílica, Catedral de Roma, se encuentra el célebre baptisterio dedicado a Juan Bautista. En aquella ocasión prometí al Santo Precursor que, en honor suyo, las distribuiría en sus dos festividades anuales: ésta, la más importante, que celebra su Nacimiento, y la del 29 de agosto, que es la memoria litúrgica de su Martirio.

Letanías de San Juan Bautista
(Bíblicas, para la devoción privada)

Señor, ten piedad de nosotros
Cristo, ten piedad de nosotros
Señor, ten piedad de nosotros
Cristo, óyenos
Cristo, escúchanos
Dios Padre celestial, ten piedad de nosotros
Dios Hijo Redentor del mundo, ten piedad de nosotros
Dios Espíritu Santo, ten piedad de nosotros
Santa Trinidad, un solo Dios, ten piedad de nosotros

Santa María, Reina de los Profetas, ruega por nosotros
Santa María, nuestra Señora de la Visitación,

San Juan Bautista,
Profeta del Altísimo,
Precursor de Cristo,
Hijo de Zacarías e Isabel,
Juan, santificado en el seno materno,
Juan, de nacimiento admirable,
Juan, de vida intachable,
Juan, de muerte martirial,
Juan, de gloria inefable,
Juan, el más grande de los nacidos de mujer,
Nuevo Elías,
Voz que clama en el desierto,
Invitación a la penitencia y a la conversión,
Ejemplo de obediencia,
Modelo de vida contemplativa Pregonero de la Verdad,
Heraldo del Mesías,
Primicia de la Buena Nueva,
Amigo del Esposo,
Lámpara encendida,
Mensajero de esperanza,
Camino hacia el Cordero,
Palmera florida,
Grande como los cedros del Líbano,
Fuerte como el roble,
Duro como el mármol, .
Noble como el oro de Ofir,
Puro como la miel silvestre,
Esplendor del Jordán,
Anticipo del nuevo Bautismo,
Ánfora de agua pura,
Justicia de los oprimidos,
Protector de los débiles,
Riqueza de los pobres,
Guía de los catecúmenos,
Fortaleza de los bautizados
Testigo de la Luz
Antorcha de la Santa Iglesia

Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, perdónanos, Señor
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, escúchanos, Señor
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, ten misericordia de nosotros.

Oración
Dios todopoderoso,
concede a Tu Pueblo
la gracia de avanzar por el camino de la salvación
para que siguiendo las exhortaciones
del santo Precursor Juan
llegue seguro
a Aquel a Quien el gran Profeta
señaló como el Cordero de Dios,
nuestro Señor Jesucristo,
que vive y reina
por los siglos de los siglos.
Amén

Nº 44: Frente mundial laicista


HORA DE GUARDIA
Boletín de la Asociación Guardia de Honor
Año V- Nº 44
Córdoba, 15 de junio de 2009
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Frente mundial laicista
por Mons. Francisco Gil Hellín
Arzobispo de Burgos, España
Fuente: Alfa & Omega

Las últimas semanas han sido testigos de un virulento ataque contra el Papa por parte de instituciones internacionales, Gobiernos y medios de comunicación. Estamos, pues, ante la respuesta de un laicismo cada vez más radical, que no da ningún valor a la ética cristiana ni está dispuesto a contar con el cristianismo a la hora de buscar soluciones a los gravísimos problemas que aquejan a nuestra sociedad.

Este laicismo radical se ha ido incubando en Europa en los últimos decenios. El Papa lo denunció cuando todavía era cardenal. Con su agudeza característica señaló, ya entonces, que Europa ha iniciado un derrotero muy peligroso, pues, además de socavar sus raíces cristianas, está dilapidando la herencia de su humanismo. En lugar de escuchar estas sabias observaciones, Europa ha seguido escorándose hacia una ortodoxia laicista cada vez más radical, que algunos califican de cristofobia.

Estados Unidos se había mantenido más o menos ajeno a esta realidad, pero las fuerzas laicistas se han envalentonado cada vez más, intentando marginar a la Iglesia y etiquetar sus enseñanzas sobre el matrimonio y la vida como desfasadas y fanáticas. Cada vez va resultando más claro que la Iglesia y Benedicto XVI se enfrentan a un eje mundial laicista.

El mundo corre el riesgo de abrazar una nueva dictadura: la dictadura del relativismo. Tras la dolorosísima experiencia de las dos formas más recientes del laicismo radical –el socialismo marxista y socialismo nazista–, la Iglesia, lejos de replegarse, ha de salir a la plaza pública y ofertar, sin altanería pero sin complejos, su propuesta sobre el hombre, yendo a las raíces: qué sentido tienen la vida, la muerte y el sufrimiento; el valor y orientación de la actividad humana; su ansia infinita de autotrascenderse y de inmortalizarse; el anhelo de ser amado; sin olvidar que hoy, como siempre, el testimonio de amor y respeto hacia la persona humana, especialmente la más vulnerada, es una aportación irrenunciable para la Iglesia.

Nº 43: El Espíritu Santo en las liturgias de Oriente

HORA DE GUARDIA
Boletín de la Asociación Guardia de Honor
Año V- Nº 43
Córdoba, 30 de mayo de 2009

El Espíritu Santo en las liturgias de Oriente
(Fragmento)
por Mons. Andrés Sapelak


El Espíritu Santo dispone los corazones a la Comunión

La ceremonia del agua hirviente que se hace inmediatamente antes de la Comunión es el símbolo más elocuente y expresivo, en la liturgia bizantina, de la acción del Espíritu Santo, con la cual Él prepara los corazones de los ministros y de los fieles a la Santa Comunión.

Después de la fracción del pan eucarístico el celebrante deja caer un trozo del pan celestial en el cáliz diciendo: “Plenitud del Espíritu Santo”. El diácono vierte en el cáliz, en forma de cruz, un poco de agua hirviente, bendecida por el celebrante, y dice: “Fervor de fe, lleno del Espíritu Santo”. Esto indica que el Espíritu Santo despierta, en los que participan de los sagrados misterios del altar, la fe viva, la esperanza firme, el amor hirviente de Dios. Con este fervor en los corazones, los ministros y los fieles participan de la santificadora Eucaristía.

El primer canto de los fieles, después de la comunión, es una expresión de la comunicación con el Espíritu Santo y con la Santísima Trinidad, a través de la Eucaristía: “Hemos visto la verdadera luz, hemos recibido el Espíritu celestial, hemos encontrado la verdadera fe, adoremos la Trinidad indivisible, porque ella nos ha salvado”.

Es expresivo y teológicamente significativo que en Oriente se usa conservar la Eucaristía en tabernáculos en forma de paloma, imagen del Espíritu Santo, que penden sobre el altar.



La acción vivificadora del Espíritu Santo en la administración de los Sacramentos

En la iconografía bizantina de la administración de los sacramentos domina siempre la figura del Espíritu Santo, en forma de paloma, que proyecta sus rayos de acción vivificadora sobre los que administran y reciben los sacramentos, ya se trate del bautismo, de la confirmación, de la Eucaristía o de cualquier otro sacramento.

Pero el sacramento de la confirmación es el don del Espíritu Santo por excelencia. Lo expresa claramente la fórmula bizantina: “Sello del don del Espíritu Santo”. Fórmula que fue adoptada recientemente también por la iglesia latina.

Es el sacramento que se administra en el nombre del Espíritu Santo y en él se reciben sus dones divinos, fortaleciendo al cristiano en su vida espiritual “para ser fuerte, firme e inquebrantable en la fe, en la esperanza, en el amor” (Oración de la confirmación).

La unción, con el santo crisma, de los miembros del cuerpo: frente, ojos, oído, boca, pecho, manos y pies-sede de los sentidos humanos- indican el campo de batalla que deberá enfrentar el cristiano: la carne con sus pasiones.

En las iglesias bizantinas este sacramento se administra juntamente con el bautismo, y también se da al recién bautizado y ungido por el Espíritu Santo, la comunión eucarística para una completa incorporación del hombre a Cristo y a su iglesia.



Los santos: obra maestra del Espíritu Santo

El fruto de la obra santificadora del Espíritu Santo son los santos de la Iglesia de Dios. La cumbre de la santificación es, después de la humanidad de Cristo, la toda Santa, la Virgen María, Madre de Dios, “más excelsa que lo querubines e incomparablemente más gloriosa que los serafines”.(Oración bizantina).

La fortaleza de los mártires, de los confesores y de todos los santos es la persona divina del Espíritu Santo, que habita en los cristianos como en un templo, enseña San Pablo.

Conscientes de esa realidad, las iglesias orientales bizantinas celebran el día de Todos los Santos el primer domingo después de la fiesta de Pentecostés. Así cierra la liturgia bizantina su ciclo pascual.



Hoy

El profundo contenido teológico del culto de las liturgias orientales a la tercera persona de la Santísima Trinidad, Dios todopoderoso, vivificante y operante en la iglesia, tiene una singular actualidad pastoral en este siglo de descristianización. Humanamente hablando se podría dudar de la eficacia de la iglesia en este siglo de la técnica, del progreso y del materialismo reinante. Los medios de comunicación social podrán intentar sofocar en la sociedad el espíritu cristiano. Pero en la iglesia continúa incontenible el dinamismo pascual de la Redención, por obra del Espíritu Santo que santifica, ilumina y cristianiza a los pueblos de la tierra, especialmente donde hay pobreza, sufrimiento, persecución, sed de justicia.

La conciencia de la presencia y del omnipotente dinamismo del Espíritu Santo, operante en cada alma y en toda la iglesia, debe ser causa de optimismo y de alegría para los cristianos de hoy y de todos los tiempos en su lucha constante contra el mal.

Nº 42: La conversión de una delincuente





HORA DE GUARDIA
Boletín de la Asociación
Guardia de Honor
Año V - Nº 42
Córdoba, 8 de abril de 2009



Una conversión al recordar “Bendita sea tu pureza”



por el P. Juan Manuel Martínez
Fuente: El Observador


El sacerdote mexicano Juan Manuel Martínez, mejor conocido como Padre Trampitas-célebre por su excepcional labor evangelizadora entre los criminales del reclusorio de las Islas Marías, para lo cual ingresó en el lugar como preso voluntario—, cuenta este fuerte testimonio ligado a la Inmaculada Concepción de María.

Les voy a narrar la historia de Victoria, una presa que teníamos en las Islas Marías. Llegamos a tener 121 mujeres. ¡Ah, esas sí son malas! Yo creo que hasta el diablo les tiene miedo. Pienso que el mismito demonio, cuando las va a tentar, primero se encomienda a Dios para no salir golpeado. De recién llegado a las Islas Marías, a principios de 1949 había una mujer, chaparrita, muy mona por cierto, que cuando veía que se le quedaban mirando, decía:
— ¿Qué me miras?
Y lanzaba una pedrada. Era zurda, y muy buen pitcher.

En ese entonces la enviaron a un lugar llamado Aserradero, donde en ese tiempo estaban las personas que debían de siete homicidios para arriba. No había separación de hombres y mujeres, estaban todos juntos. Y de allá mandaron decir:
— Sáquenla de aquí, porque o nos mata o la matamos. Ya nos tiene a tres descalabrados.




Debido a que en las Islas Marías tengo libertad de ofrecer la Eucaristía por la intención que yo quiera, ese día la ofrecí por Victoria, y le dije a Nuestro Señor:
— Señor, llévatela, porque ya no la aguantamos aquí. A ver si Tú la aguantas por allá.




Salí de la Misa, me puse a un lado de las paredes del nuevo hospital que en ese entonces estaba en construcción, de tres pisos que eran muy altos. Estaba en la sombrita, acabando de rezar mi rosario, cuando de pronto voy viendo que se aproxima Victoria, saliendo de entre el bosque. Le dije:
— Eh, Victoria, ¿qué traes?
— Un uñero. Vengo a curármelo.
—Oye, te viniste sin permiso de allá, del campamento, ¿verdad?
— Sí, ¿y qué?
— Nada, nada. Pásale, pásale. Mira, están haciendo las curaciones arriba de la azotea porque únicamente allá hay agua; en los demás pisos están componiendo los tubos y todavía no se encuentran listos para dar servicio. Súbete.

Al ratito de haberse subido, comencé a oír, (yo estaba abajo):
— Hijo de tal por cual...
Entonces pensé: "ya se está peleando esta vieja loca". Y estaba yo mirando así para arriba y que la voy viendo venir por el aire. Miren, dié una vuelta completa todo su cuerpo y, finalmente, se estrelló en el cemento. Allí quedó.

Impactado por lo que había presenciado, le dije a Nuestro Señor:
— Oye, Señor, así no quedamos. Yo te dije que te la llevaras, pero en gracia de Dios.




Varias personas la envolvieron con una alfombra y a toda prisa la subieron al hospital donde iba a ser la sala de urgencias. Únicamente se encontraban unas cuantas mesas. Allí la pusieron. Llegó el doctor, la miró con detenimiento y después dijo que se hallaba en estado de coma. Respiraba, pero con mucha dificultad.
— No tiene remedio —aclaró el galeno—, pienso que tiene todos los huesos quebrados.

Me dirigí a la Virgen de Guadalupe porque... miren, nunca se me echa para atrás mi Reina:



— Madrecita linda, mira, pocas veces te pido con la urgencia de esta ocasión. Mira mis lágrimas; te ofrezco todos mis sufrimientos, enfermedades, limitaciones, angustias y momentos de soledad...



Todavía no terminaba de hacer mi oración, cuando repentinamente la voy viendo que abre los ojos.
— Oye, Victoria, no vengo a decirte que te confieses, ¿eh? Vengo a decirte que dentro de unos cuantos minutos, no horas, minutos, estarás frente al Tribunal de Dios.
— ¿Y qué, jijo de tal por cual le importa? ¡Lárguese a la fregada! —me contestó.




Ay, si vieran qué fea, le relampagueaban los ojos.
— No. Mira, Victoria, no seas así.

No hallaba qué decirle, y fue entonces cuando me acordé de que en cierta ocasión ella me platicó que fue educada con unas monjitas de un orfanatorio. Dije:
— Oye, Victoria, piensa en tu niñez. ¿Te acuerdas cuando estuviste interna en un orfanatorio para niñas pobres? De seguro comulgabas, ¿verdad?
— Claro, sino me bajaban la nota, monjas jijas de tales por cuales...

Y comenzó a hacer recuerdos. Pero me acordé que una vez me dijo que había sido congregante de la Virgen María, y eso me dio mucha seguridad, porque a una congregante fiel la Virgen María jamás la desampara.

— Mira, Victoria, también me dijiste que habías sido congregante de la Virgen María, ¿verdad?
— Sí, ¿y qué?
— De seguro que cuando recibiste la medalla hiciste una buena confesión y también comulgaste.
— Pues,... puede ser que sí —y comenzó a cambiar.
— Y cantaban en la congregación, ¿verdad? ¿Es cierto que cantaban el Bendita sea tu pureza?.

Lo primero que se me ocurría, le preguntaba. Ella se trasladó a su niñez y me contestó:
— Y a tres voces, Padre... ¡Si viera qué bonito!
— Ah, ¿y cómo termina ese canto, Victoria?— le pregunté.

Y comenzó a recordar moviendo los labios:
— No me dejes, Madre mía.



— ¿Cómo?
— No me dejes, Madre mía.
— Repítelo, Victoria, repítelo más fuerte; ésta es la hora en que la Virgen María te va a pagar esa Comunión que hiciste cuando recibiste tu medalla, cuando te consagraste a ella.

Y comienza de nuevo a cantar: ‘No me dejes, Madre mía, no me dejes, Madre mía’. De pronto, me arrebata el Cristo y dice:
— Padre, todavía estoy viva; confiéseme, Padre, confiéseme».

«No me dejes, Madre mía, no me dejes, gritaba". Ella lloraba y yo lloraba también.




Cuando terminé de darle la absolución, vi que disminuía la intensidad de su voz. Movió los labios pronunciando en silencio las mismas palabras: "No me dejes, Madre mía". Y allí quedó.

¡Qué misericordia tan grande la de Dios Nuestro Señor cuando un pecador se arrepiente!